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ABC Cultural P eí o sa LQg sonetos más hermosos Elisabeth Barrett Browning. Sonetos de la dama portuguesa Traducción, carta introductoria y notas de Adolfo Sarabia. Ilustraciones de FrederickA. Mayer. Edición bilingüe. Hiperión. Madrid, 1998.246 páginas, 1.500 pesetas. en 1833) serafín y otros poemas (1838) Poemas (1844, volumen que incluye algunas de sus piezas más célebres, como La muerte de Pan El grito de los niños denuncia de la cruel explotación de niños en las minas de carbón; La corte de la Lady Geraldina y Catalina a Camoens y Un drama en el destierro (1845) Pese a la musicalidad verbal de algunos de los versos contenidos en los citados títulos, pese al apasionamiento, extrema sensibilidad y sincera preocupación humanitaria de la autora, ninguno de estos libros y de retórica. Las notas de Adolfo Sarabia, al final del libro, aportan una clarísima, útil y, en opinión personal, conveniente, información al lector sin resultar agobiante. La traducción, en versos libres de catorce sílabas, mantiene una pulcra fidelidad al original cumpliendo con una opción que ha sido, es y seguirá siendo objeto de discusión y polémica: ¿debe la traducción poética sacrificar fidelidad al contenido del verso original a favor de intentar reproducir su musicalidad, metro, rima, etcétera, en el idioma al que se traduce? I U o me atrevo a guardar Á. para mí mismo los sonetos más hermosos escritos en cualquier lengua desde que se publicaron los de Shakespeare dijo Robert Browning tras leer el manuscrito de Sonnets from the Portuguesa, colección de cuarenta y cuatro composiciones escritas por su mujer, Elisabeth Barrett, y a él dedicadas. Cabe la ligera sospecha de que el amor por la esposa no fuera ajeno al extremado elogio de Browning; sin embargo, dejando de lado a Shakespeare, no hay duda de que, para los lectores de hoy, los mencionados sonetos de Elisabeth Barrett constituyen una de las muestras más exquisitas de la poesía inglesa moderna. Elisabeth Barrett dio a leer a su marido ios Sonnets from the Portuguese en 1848, en Florencia, donde se instalaron dos años antes, tras casarse en secreto y huir de Inglaterra (del padre de Elisabeth concretamente) Y, más que dárselos a leer en busca del juicio crítico de su compañero, se los entregó, a modo de regalo, con intención de aliviarle del depresivo estado en que lo había sumido la muerte de su madre. De hecho, Elisabeth Barrett había empezado a escribir los mencionados sonetos tres años antes, en Londres, a raíz de haber conocido y entablado un estrecho vínculo con Robert Browning, un entonces joven poeta con quien, en contra de todo pronóstico (ella tenía cuarenta años) y de la voluntad de Mr. Barrett (viudo y padre de ocho hijos educados para vivir solteros en la casa paterna) acabaría por casarse. En aquel año de 1845, cuando ambos escritores se conocieron, Elisabeth llevaba más de veinte años enferma a resultas de una caída de caballo sufrida a los quince, y vivía recluida en la casa paterna, dedicada a la lectura y a la escritura, actividades a las que se entregaba con ardor entre dolores, profundos decaimientos y otros malestares que el opio y la morfina aliviaban. Era ya una poeta célebre, festejada y reconocida en Inglaterra, y era tenida por mujer sumamente culta e inteligente. Sus conocimientos literarios y filosóficos no eran comunes en una mujer de la época. Y aunque tuvo un padre que alentó vivamente la vocación literaria de su hija (hecho tampoco común en aquellos años) todo indica que las aptitudes poéticas de Elisabeth no eran sólo producto de la educación recibida, ya que a los ocho años leía a Homero en griego, a los doce se deleitaba leyendo libros de metafísica, a los catorce escribió un largo poema. La batalla de Maratón, que su padre dio a la imprenta, y, a los veinte. Ensayos sobre el hombre y otros poemas (entre ellos, curiosamente, uno dedicado a Teresa, esposa del general Riego) Siguieron una traducción de Prometeo encadenado, de Esquilo, Poemas misceláneos (ambos publicados 19 de noviembre de 1998 hubiera procurado posteridad a Elisabeth Barrett. La grandilocuencia, la excesiva sentimentalidad, y la sobrecarga de referencias a la cultura clásica ahuyentarían al lector actual no especializado en el estudio de la poesía inglesa victoriana. Si hoy en día leemos a Elisabeth Barrett es, sin lugar a dudas, gracias a ese libro de sonetos dotado de una luminosidad, de una transparencia y de una ligereza en verdad conmovedoras y vivificantes. La presente edición de los sonetos de Elisabeth Barrett, con prólogo, traducción y notas de Adolfo Sarabia, ofrece al lector una nueva oportunidad para adentrarse en los exquisitos versos de una poesía amorosa que, como es la de esta autora, pervive gracias a que surgió exenta de cualquier tipo de condicionamiento a la época y que sólo cumplió con el peaje debido a la intensidad emocional desnuda de artificios En opinión personal, depende del resultado obtenido a partir de cada una de las dos opciones. La traducción de los sonetos de Elisabeth Barrett publicada por Carlos Pujol Sonetos del portugués, Planeta, 1989) en endecasílabos, no era- no podía ser- literal, pero conseguía reproducir una cadencia extraordinaria, y el resultado era excelente. La edición que ahora nos ocupa ha optado por otros recursos y ofrece una lectura también feliz. Respecto al título, Sarabia se ha inclinado, basándose en la correspondencia de Robert Browning, por traducir portuguesa (Browning llamaba mi portuguesa a su mujer, aludiendo al poema de Barrett Catalina a Camoens en lugar de portugués (del idioma) opción adoptada por Pujol y, anteriormente, por Esther de Adreiss. A N A MARÍA MOIX 11