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ABC Cultural Poesía La realidad imaginaria Juan Antonio Masoliver Rodenas. Los espejos del mar La Palma. Col. Tierra del Poeta. Madrid, 1998. 44 páginas, 1.040 pesetas. rotos, la atmósfera constante de muerte, evidencian que mito no supone idealización: sólo relato que, irracionalmente, persigue la raíz. Vuela un pájaro. De niño un pájaro en el cielo se quedó en mi retina para siempre la mención del origen yuxtapone los tiempos. de modo que el móvil presente es sólo huella, eco del pasado. Los poemas se construyen mediante un montaje de cortes temporales diversos, que siempre están habitados por un nudo fijo, inmune al cambio. Así, por ejemplo, cuando se habla de la llegada de la vejez, pese a las duras imágenes que la describen, la referencia sigue siendo la misma: Miro su sombra en las paredes sucias que fueron las paredes de la infancia. En los suelos de arcilla de los sueños Las cosas no se miran directamente, sino a través de su reflejo en el mundo mítico: mientras aquéllas son sombras, éste se manifiesta con materia compacta: paredes, arcilla. Pero el montaje no es tan sencillo como esta perspectiva bifronte, sino que gira hasta constituir lo que Ildefonso Rodríguez, refiriéndose a La casa de la maleza, llamó tiempo ovillado: tiempos que se enredan sin una clave que permita ordenarlos linealmente. Su efecto de abismo, de pérdida de solidez de los objetos y los hechos, crea una vida imaginaria y sin lugar: la borrachera en una taberna de Roma donde nunca se estuvo, la invitación a bailar que se formula a alguien que falta. Y, a la vez, cualquier suceso es doble de otro anterior: la separación amorosa repite el desarraigo infantil y por eso es cada vez inevitable; incluso la muerte no viene de frente, pues se vivió ya en la muerte materna. El contenido de la vida resulta, entonces, del malestar de ese tiempo giratorio, malestar que va elaborando el mito del mundo perdido con tanta más fuerza cuanto más irreversible se sabe su pérdida, Por eso un poema se atreve a decir: fuimos reales en las ciénagas de la felicidad pues aquellos días que se evocan felices, aun faltos de suelo y atravesados de pérdida, habrían sido reales, fuente para la fabuladora y dolorosa mirada hacia atrás. La irrealidad no es una evasión- escribía Masoliver en un lejano artículo sobre Gil de Biedma Camp de I Arpa, 1976) sino una realidad más profunda de la que no poseemos el signo pero sí la conciencia de que existe un signo Buscarlo, dentro de la espiral imaginaria, es quizá la energía que nutre su voz. MIGUEL CASADO 19 de noviembre de) J UAN Antonio Masoliver (Barcelona, 1939) es uno de esos poetas que parecerían no existir, sin sitio en las clasificaciones, nnarcado por la publicación tardía de su primer libro de poemas El jardín aciago, 1986) y por la poca afinidad de sus versos con los que se escriben alrededor. Y eso que tales versos han crecido al lado de su obra narrativa, de una serie de valiosas traducciones y, sobre todo, de un trabajo crítico- sobre poesía y novela- ejercido con valor de referencia durante tres décadas: una figura intelectual nada común entre nosotros. Al abrir Los espejos del mar, vuelve a oírse su voz característica: Hay un camino de yerba seca: muerta. Y en el camino una casa abandonada Es el mismo espacio de sus tres libros anteriores, la misma casa que dio título a La casa de la maleza (1992) la que se siente como origen absoluto. Pero se ha producido una notable depuración: la densidad opresiva de antes, su humus espeso de sensaciones, el ritmo áspero y las abruptas caídas y abandonos, el léxico crudo que evocaba el descubrimiento infantil de los tabúes verbales... todo ese abigarrado cuerpo se despoja ahora hasta dar con la llaga limpia que respiraba en él. La herida, el punzante dolor de aquel mundo no han cambiado: pero su sencillez los hace también reflexivos, como si pudieran volverse hacia sí, verse y pensarse. En esta nueva temperatura, las sensaciones se reiteran- del moho y el lodo, de los charcos y los pájaros, de la luz, el vello, la tierra húmeda- y en el paisaje que componen, en desolación, se adhieren con la viscosidad de lo vivo; sus símbolos apuntan a la vez a una remota experiencia y a un interiorizado fondo tradicional, tan convertido en propio que ei anterior peso de Eliot se va haciendo imperceptible. El mundo de Masoliver remite obsesivamente a un mito del origen, a la manera de Pavese: lá memoria de la infancia elaborada y tabulada como núcleo personal. Pero la materia de este núcleo es fragmentaria, hecha de jirones, de modo que es su precariedad- el llanto solitario, la aridez de la luz, la vacía espera- lo que se ofrece como mito de un fundamento que nunca llegó a darse. Los juegos de los hermanos en el jardín, los gritos de los adultos, las amenazas, los cacharros 8 ¡jEha producido una notable depuración: la densidad opresiva de antes, su humus espeso de sensaciones, el ritmo áspero y las abruptas caídas y abandonos... todo ese abigarrado cuerpo se despoja ahora hasta dar con la llaga limpia que respiraba en él