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ABC Cultural somos exhibicionistas, nos gusta asombrar a los oyentes con nuestro virtuosismo, conseguir el aplauso incondicional de las plateas. Estoy seguro de que si Usted me escuchara tocando la Tormenta de su Pastoral (la programo a menudo en mis giras) temblaría y se asustaría tal como lo haría delante de una orquesta real. Su muy devoto F. Liszt Querido señor Liszt: Le agradezco su detallada y argumentada respuesta. Entiendo que su tiempo es muy distinto al mío. Sin embargo, permítame expresar mi deseo de que un día sea posible reproducir de alguna forma el sonido de la orquesta y hacer superflua esa práctica de la transcripción. Me gustaría ver algunas de sus composiciones. Comentan que se toma muchas licencias formales. Lo mismo decían de mí... L V. Beethoven Querido señor Beethoven: Respeto sus opiniones. No me tome por megalómano si creo que, aún cuando sea posible reproducir con algún aparato el sonido de una orquesta, mis transcripciones seguirán tocándose. Y ya que estamos en tema de arreglos, te anticipo el disparate que un colega mío, un tal Godowski, quiere acometer: componer unos estudios sobre los Estudios del Sr. Chopin. ¿Se imagina Usted si alguien se pusiera a escribir de nuevo su Patética o su Appassionata para hacerlas aún más difíciles? ¡Eso sí sería una locura! F. Liszt El mundo a través del piano E L siglo XIX fue testigo de una serie de transformaciones musicales nacidas, en su mayor parte, del acceso de la burguesía al disfrute musical culto. Uno de los símbolos de esa transformación lo constituyó la hegemonía del piano en salones, pequeños auditorios y centros de enseñanza musical. Con este símbolo llegó, también, el virtuoso como fenómeno de multitudes. Liszt resume la mayor parte de este nuevo fenómeno. Los nuevos públicos veían el mundo musical a través de su piano y lo que era práctica obligada si se quería acceder fácilmente al repertorio sinfónico, es decir, la transcripción a piano, cobraba en él forma y hechuras de ejercicio trascendental, así como de servicio a la música que amaba y se esforzaba por dar a conocer. La transcripción de obras sinfónicas o lincas para piano constituyó un fenómeno de tal importancia que llegó a proyectarse peligrosamente hacia la dirección contraria. Esto es, cualquier estudiante de composición basaba hasta tal punto su conocimiento del repertorio sinfónico en la transcripción que no era difícil rastrear en el esqueleto de ias obras sinfónicas un esquema pianístico subyacente. Transcribían los estudiantes de música, pero también transcribían las señoritas que hacían del piano su ventana al mundo social; y también los jóvenes cultivados para los que tocar el piano era lo que ahora hablar inglés o defenderse con el Windows 98. En muchos casos, la transcripción era para cuatro manos y la delicia de sentarse en la misma banqueta cuando se trataba de intérpretes de sexos diferentes proporcionaba momentos de aproximación cuya intensidad se nos ha hecho tan borrosa como la propia práctica musical. Pero, por encima de la espuma del fenómeno social, la transcripción para piano constituía un grado de acercamiento a la obra transcrita tan notable que, al ir desapareciendo ha precisado del desarrollo de nuevas disciplinas, especialmente el análisis, en la formación del compositor o del teórico. En cuanto a la afición, ha sido la reproducción mecánica la que ha hecho obsoleto un ejercicio que tiene en su haber un repertorio tan amplio como olvidado. Muchas transcripciones bien tocadas tienen un aroma y una claridad que sorprenden. Es el caso de los Conciertos de Brandenburgo, de Bach, transcritos por Max Reger y, por supuesto, las sinfonías de Beethoven inmortalizadas por un Liszt generoso, ampuloso y genial. Su escucha actual se nos aparece tan moderna como esa arquitectura en la que sus elementos funcionales constituyen la única decoración. JORGE FERNÁNDEZ GUERRA Liszt 12 de noviembre de 1998 47