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ABC Cultural -ÍÍ. Í, Fernández de Molina: la pintura sin lienzo El sueño del colibrí es el título de la exposición con la que la galería Rayuela presenta en Madríd, a partir de mañana, la obra reciente de Javier Fernández de Molina (Badajoz, 1956) un artista que ha sabido conquistar para la pintura los territoríos del silencio y de lo inefable, de la expresión que alza el vuelo más allá de los límites del lienzo. Abstracción y figuración se funden en un mismo trazo sobre las vibrantes superficies de los óleos de Fernández de Molina, creaciones que liban de la realidad sin posarse en lo real, como el colibrí protagonista de esta serie ONVIENE el tema al gesto. Nunca la C pintura fue espacio para efectos, para ganar posiciones amables ante una imagen, sino el lugar desde donde permitir que una visión surja, apoderándose de unos materiales. El pintor ensaya entonces una figura paciente, en espera de lo inesperado que pueda venir de una disposición material más o menos azarosa. No se separa mucho de las técnicas de adivinación, en las que tras arrojar unos objetos, se los inquiere sobre el sentido del orden que han formado, aprendiendo así no un orden particular, sino la forma en la que cualquier orden pueda crearse. La última serie de pinturas de Javier Fernández de Molina (Badajoz, 1956) explora bajo el título El sueño del colibrí (Galería Rayuela. Claudio Coello, 19. Madrid. Hasta finales de diciembre) una obsesión que hace años definieron unos versos de Alonso- Bartol: la pintura se pinta más allá de que ios colores acotan el espacio, no el sueño El trabajo de Fernández de Molina no se refiere a alguna realidad que representar: representa, se pone como espacio desde donde una ficción puede ser creada, toma el gesto de pintar como tema y apoya mediante imágenes su conveniencia. Como un demiurgo humilde, extrae de los movimientos sedimentados del fondo una configuración extraña que el gesto acentúa. De su azar sale un vuelo que se detiene en forma. No es gratuita la figura del pájaro, como no lo es el que las formas tengan la apariencia de un poso, como no lo era que las recurrencias a signos anteriores revolotearan alrededor de esta idea de levedad, de gesto que se congela en materia. Así sucede en sus series taurinas, en sus series flamencas, en la repetición de las formas fluidas de aguas, peces, flores. Una forma leve que se deposita- caedesde el vuelo de un gesto sobre una superficie, queriendo conservar la liviandad que la ha construido. La opacidad de la materia deja paso en sus composiciones a la semisombra de la acuarela, a la transparencia conceptual de cualquier solidez. Del mismo modo, la opacidad del trazo que baila sobre el fondo surge como memoria del paso de una mano, del sobrevuelo del cuerpo que ha con 12 de noviembre de 1998 38