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ABC Cultural NINGUNA razón justifica el hecho de utilizar una retrospectiva para proseguir el impulso por mitificar a Pollock, y convertirlo en un dios, en un objeto de devoción y alabanza Arriba, Figura estenográfica, de 1942. A la izquierda. Bosque encantado, de 1947 para que pudiera contemplar en persona, si es que nunca antes lo había hecho, las propiedades del granero? Esta fallida decisión no hace sino alentar a quienes buscan hacer de Pollock un santo artístico, un mártir del expresionismo abstracto, y de sus exposiciones, menos un ejercicio histórico- crítico que un santuario de peregrinación. Aunque este impulso romántico por ensalzar la personalidad del artista suele darse con la mayoría de los creadores, en el caso de Pollock resulta especialmente aberrante. A diferencia de muchos otros artistas, Pollock no fue un intelectual. Basta con ver la película de Namuth para darse cuenta de que el artista no tenía mucho que decir ni sobre la Importancia de sus innovaciones técnicas, ni sobre el arte en general. Pinto para expresarme es una de las pocas frases completas que salen de boca de Pollock durante la célebre cinta (otras son nunca había pintado sobre vidrio y ya terminé Pollock fue un gran pintor, un gran maestro de su oficio, pero nunca fue un pensador. Supo hacer drips pero nunca pudo articular una teoría estética que relacionara su hallazgo con problemas culturales más amplios. Supo pintar rayas- y l o hizo de una manera magistral- pero no pudo relacionar su práctica con la historia, la filosofía, la política, o cualquier otra disciplina. Y esta falta de profundidad intelectual- basta comparar a Pollock con el constructivista ruso Alexandr Rodchenko- es precisamente la razón por la cual la celebración simplona y el culto de adoración hacia la personalildad del artista que lleva a cabo la muestra del Museo de Arte Moderno resulta tan aberrante. RUBÉN GALLO Pollock- 1953, Cherry Orchard- lucen aún más impresionantes cuando sus enormes volúmenes resuenan entre sí. Pollock pintaba en grande, y parece ser que la retrospectiva del Museo de Arte Moderno de Nueva York no escatimó detalle alguno para demostrar la grandeza en todos los sentidos, de Pollock. A pesar de la elegancia de la instalación, sin embargo, hay un gran problema con esta muestra: parece ser que a los comisarios Karmel y Varnedoe se les pasó la mano con la grandeza. Sí, Pollock fue un gran pintor; sí, uno de los elementos principales de su obra es la inmensidad de la escala; sí, hay que pensar en grande para que estas enormes telas luzcan en la instalación. Pero ninguna de estas razones justifica el hecho de utilizar una retrospectiva en un importante museo de arte internacional para proseguir el impulso por mitificar a Pollock, y convertirlo en un dios, en un objeto de devoción y alabanza. Resulta verdaderamente molesto que lo primero que ve el visitante de la muestra, antes de haber podido contemplar siquiera un cuadro, sea una enorme fotografía mural del artista con pincel en mano. Esta foto 12 de noviembre de 1998 -así como toda una serie de detalles poco serios de la exposición- no hacen sino perpetuar el estereotipo romántico del artista como el héroe solitario que, armado de su pincel y de sus pinturas, se propone luchar contra la tela y contra el destino para expresarse Encontramos el ejemplo más obvio y más injustificable de este tipo de mitificación e Idolatría en la peregrina decisión de incluir en la muestra una reconstrucción a escala del granero que Pollock utilizaba como taller. El granero original se encuentra en East Hampton, Long Island, a un par de horas en auto de Manhattan, y hasta ahora alberga las instalaciones de la Fundación Pollock. Se trata de una estructura de madera sin nada de particular: es un granero como tantos otros graneros que aún se encuentran en tantos pueblos del noreste de los Estados Unidos. ¿Por qué, entonces, preocuparse por reproducir, tabla por tabla y clavo por clavo, el interior de una estructura tan poco extraordinaria? ¿No hubiera sido mejor- y más económico- obsequiarle a cada visitante con un pasaje de tren a East Hampton, o a cualquier otro pueblo cercano, 31