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ABC Cultural Cien libros del siglo La libertad y el vacío Robert Musil El hombre sin atributos (1930- 1933) L SALVADOR GiNER A lucidez lleva a la melancolía. Sobre todo en nuestros días. En ningún otro de ios tiempos pasados ha sido menester que ese vago sentimiento de tristeza se haya tenido que entremezclar con la ironía para que no nos sintamos del todo derrotados, para que no debamos abandonar todo esfuerzo por salvar lo que por salvar queda. Me refiero a una ironía sin desesperación, que deje algún lugar a la buena fe y otro poco a la confianza en que la razón tiene algo que decir y hasta algunas posibilidades de imponerse de cuando en vez. El hombre sin propiedades suele traducirse al castellano como El hombre sin atributos, y al inglés como El hombre sin cualidades, tal vez en ambos casos para que nadie confunda la palabra germana Eigenschañ con la de propiedad en su sentido de posesión de bienes materiales. Pero la buena traducción de Der Mann ohne Elgenschaften sería la de El varón sin propiedades. (De mujer no se trata, dado que el alemán tiene una palabra, Mensch, que quiere decir ser humano, de cualquier género) Sea cual sea su título más idóneo, esa novela es, a mi entender, la mejor ilustración literaria de la ironía como lucidez melancólica. Y quizás por ello, entre otras cosas, haya sido encasillada en lo que ha dado en llamarse novela de ideas Pero todas las grandes novelas que en el mundo han sido, lo son también. Y la de Musil no lo es ni más que cualquiera a las que no osaríamos referirnos con el epíteto de novela de ideas. El hombre sin atributos es el último producto de ese milagroso mundo vienes que, nacido en torno a 1890, pereció de repente en 1918. Por ello esa novela es irónica hasta en la fecha de su redacción, posterior a la Gran Guerra, y en la de su publicación, en Berlín, de 1930 a 1933. Es, como quien dice, una obra postuma. No del autor, que murió refugiado en Ginebra, en 1942, mientras se cumplían en derredor suyo los peores temores sobre la infinita estupidez de que ha sido capaz nuestra civilización, sino del tiempo ido y perdido. De él da insuperable testimonio su novela sin dejar de ser la mejor profecía del mundo que a la sazón se avecinaba, y que es ya el nuestro. Nadie que se sumerja en el mundo tragicómico de la prebélica Kakania musiliana puede sentir que de ella nos separe distancia moral alguna. (Lo mismo sucede, naturalmente, con El buen soldado Schweik de Jaroslav Hasek, un libro aún más hilarante, si cabe, que el primer volumen de la novela de Musil. La de Hasek es ciertamente otra de las obras mayores del siglo, compuesta no en alemán, sino en checo, pero en el mismo ámbito cultural. El picaro y a la vez bueno de Schweik es, además, prueba fehaciente de que existe la reencarnación, pues no 12 de noviembre de 1998 tiene. El espíritu de nuestro tiempo es no tenerlo. De tantas cualidades y propiedades que poseemos, no tenemos ninguna. El mismo Musil, a la vez ingeniero, militar, psicólogo y filósofo, con su tesis doctoral sobre el físico Ernest Mach, con sus inclinaciones positivistas y místicas a la vez, y con el fuerte influjo de Nietzsche a cuestas, estaba en inmejorables condiciones para encarnar en su propia vida, o en la de su héroe, Ulrich, el hombre sin propiedades. Éste, a fuer de tenerlas todas, sufre la falta de certidumbre moral que hoy nos asedia. Es una incertidumbre que Musil sabe subrayar magistralmente con la contraposición entre Ulrich y el simpático asesino, el amable psicópata Moosbrugger, a quien la sociedad nunca acaba de condenar. Con la muerte de Satanás, y la del Mal, más que con la de Dios, está claro que no nos queda más remedio que medicalizar la culpa, y declarar dementes a nuestros criminales. Los terroristas, al sanatorio. Menos mal que Musil nos hace reír, y no llorar, con las peripecias del buen asesino Moosbrugger, sus psiquiatras, sus carceleros y el debate de periodistas que de todo hablan sin saber nada de nada. El otro contraste subyugador es, naturalmente, el de Ulrich y su deliciosa hermana Clarisse, que se me antoja, literariamente, una de las mayores cabriolas de la literatura que conozco. La delicadeza de una relación a la vez de independencia y dependencia, de redescubrimiento fraterno y de enamoramiento que jamás alcanza el precipicio incestuoso y sin embargo lo insinúa con la mayor elegancia vjenesa (ésa sí, sin parangón en esta época de fatuidad mediática) ilustra mejor que nada la disolución de todos los valores, la erosión de todas las certidumbres. Poner en el centro Zush de una obra de arte el tambaleo del mayor tabú erótico y demostrar a un tiempo que sin su mantenimiento no es posible más que el de reír. Bien es verdad que a medida que caos no es el menor de los logros de esta exavanza la anchurosa e inacabada novela hacia traña novela. la última de sus ironías y su mayor verdad sobre la vida moderna, es decir, su final abierto, el Sin- duda algunos hallarán en ella la discusión tono grotesco, festivo y sardónico de la Kakania sistemática y poliédrica de los temas principainicial va relegándose al trasfondo. El desvaneles de nuestros días, de sus perplejidades macimiento progresivo de sus comienzos cómiyores. Otros, los más sutiles análisis del alma cos, los de una Kakania que ya no es un trahumana en su condición moderna. Pero no sunto de la vieja Austria, sino toda esta civiliserá menor la cautivadora fuerza que poseerán zación nuestra, yerma de propiedades y para más de algún lector los rasgos presuntacualidades, convertida en circo mediático, da mente más superficiales- ¿tal vez por lo divertipaso lentamente a la seriedad templada con la dos? -del retablo musiliano: sus generales boque culmina. nachones y cultos, sus burgueses entre tímidos y osados, sus nobles de capa caída, su imperio El hombre sin atributos nos muestra la vaga kakánico (del acrónimo K und K, real e imperial, anatomía de una civilización que lo es todo y no en alemán) que no es ni austríaco, ni húngaro, es nada. (Sobre todo ahora que dicen que nos ni bohemio, ni balcánico, sino todo lo contrario. agobia la mundialización, cuando lo que nos Pasen, señores, pasen. La sociedad sin atribuagobia es el latiguillo, más que su realidad. Por tos les espera. De hecho, por si algún distraído eso anda nuestro mundo tan sediento de idenno lo sabía, moran ya ustedes en ella. tidad y habla de ella sin parar, porque no la cabe duda de que en él palpita el mismísimo corazón de Sancho Panza) Tampoco puede nadie dejar de asombrarse ante la capacidad de Robert Musil, como artista, de percatarse, hace tantos decenios ya, de la banalidad de una modernidad que desmenuza la vida sumiendo nuestra libertad, nuestro deseo de ser- eso que ahora se llama vanamente identidaden el vacío de las ilusiones perdidas. Por fortuna, mientras tanto, ese mismo lector no deja 27