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ABC Cultural ¿Por qué? -preguntó el médico. -Porque supongo que puede ser una molestia. Nada de eso. -No, no quiero molestar, -Pero si a mí no me molesta usted nada. -Qué sé yo. -Puede usted tener la seguridad de que es cierto lo que digo. Volvimos a ta cuesti de la guerra española. -La nuestra es una guerra sin cuartel como todas las luchas civiles. Yo iría a una guerra internacional en donde le puede matar a cualquiera una bomba de avión o de gases asfixiantes, pero a una guerra civil, no, no. -No lo comprendo, -Pues sí, debe usted comprenderlo. Lo que a mí me ocurriría es que, cuando las cosas se torcieran, me hallaría COTÍ que todo el mundo tendría en la cartera su pasaporte y su billete en el barco para marchar lejos, y yo rx) lo terKlría. pwque nadie me lo habría procurado, y, sin comerlo ni beberio, me en- se habrían ocupado de mí en sus periódicos para denigrarme. Ocurría b de siempre, todo era un reflejo de la extraña idea que tiene el español de los escritores, sobre todo el político. El escritor no puede vivir de su oficio, pero opina. Y aquí está lo grave. Desde el momento en que opina es responsable. El escrita ha dicho que c r que it a a llover, han pasado días y ha llovido demasiado: pues que el escritor se vaya a trabaja y a quitar los charcos, mientras el obrero consciente o el político están en eí café o en su casa, charlando y diciendo necedades. Son ideas de bosquffnano. Los países pobres no pueden tener ciencia. Todavía hace cuarenta o cincuenta años se podía seguir a paso lento la marcha de ta investigación científica. Hoy creo que eso es imposible, porque la técnica física, química o histológica es muy cxxnplicada y muy cara. Ya. desde hace veinte años, casi todos los descubrimientos proceden de los Estados Unidos y de Inglaterra es decir, de países ricos, los únicos que pueden tener el Aquí París E r, v si Y K- i. -í í í. r- -T, Qua d 9 Jtsra (192 Q, de Rk rtk Baroja contraría en una situación angustiosa. Ya le he dicho, acepto el peligro de la bomba de avión o de los gases asfixiantes, de la mina que estalle en el campo, pero el peligro de la guerra civil, eso nunca. La broma y ta crueldad del canallita que juega con el prisionero, de ninguna mawra... ni hablar. En la guerra europea me tratarían como corresponsal de una manera automática, en (a guerra civil rx) Pensaba asi porque en París veía llegar a todas horas gente cx) n dinero, con los gastos pagados y billete en un barco para trasladarse a Aniérica, A mí nadie me ofreció nada por el estilo. ¿Por qué iba yo a servir a una gente a quien no debía la merK) r atención? ¿Era que tenía ideas parecidas a las suyas? De ningur manera. De ser así, rto 12 de noñ ntu de 1998 máximum de medios para consagrarlos a la investigación, h 4 adie duda de que hay una serie de cosas incongruentes en la sociedad, y que ahora, por lo menos, no se puede someterío todo a una lógica general. El ejército, como todo, está lleno de contradicciones, pero ¿hay algo que no to esté? Porque usted es comunista y probablemente rusófilo. ¿Cómo es esto posible? Usted dirá: Es que allí están haciendo algo bueno, y se necesita un ejército- Lo misnx) dicen en Francia, en Inglaterra y en los Estados Unidos, Yo creo que todas esas teorías justicieras valen muy poco. Cuando triunfan, corrió han triunfado en Rusia, dicen sus p idarios: Ahora necesitamos ejército y soldados porque si no se nos tragarían. l Pío Baroja que escribe estas páginas memorialísticas es el que vive refugiado en París, sobre todo en su segunda estancia parisina, entre 1938 y la primavera de 1941, hasta muy pocos días antes de que París fuese declarada, el 19 de junio, ciudad abierta por el general Weygand, y abandonada a merced de los alemanes que don Pío no llegó a ver porque cuando entraron en la ciudad él ya hacía días que estaba en Bayona, El París que aparece en este libro es un París vivido, escrito en et día a día, y es un París recordado, al tiempo cíe su publicación por vez primera, en 1955, un año antes de su muerte, y vuelto a recorrer en tos vericuetos de la memoria de lo vivido y en las cuartillas escritas desde su refugio de la Ciudad Universií ia Para Baroja los de París son los días del exilio, de un curioso exilio, entre voluntario y forzoso, que no tuvo nada de dorado, scm los días de la zozobra personal, de la precariedad material, de la melancolía intensa y del afxebato de quien ve la vida como pérdida y callejón sin salida, pero aún saca fuerzas para escribir páginas líenas de vigor. Baroja tiene más de sesenta años, se encuentra achacoso y carece de unos medios sostenidos de ganarse cómodamente la vida, ha perdido su casa de Madrid, el ambiente de Vera de Bidasoa le resulta irrespirable y no puede aunque lo intenta marcharse a América como hacen otros para huir de la guerra y de la muerte. Baroja vive en la Casa de España de la Ciudad Universitaria en condiciones más bien precarias, es testigo de las idas y venidas de los funcionarios de la República que escapan a Annérica con los billetes pagados, escribe artículos para La Nación de Buenc Aires, escribe también páginas novelescas- Laura o la soledad sin remedio. Susana o los cazadores de moscas, páginas de El hotel del cisne que se cruzan aquí, en este libro, de manera enigmática y recorre París a pie, como había hecho en otras ocasiones, pero curiosamente no se entusiasma demasiado con el libro de uno de sus amigos de esos días, el poeta Léon- Paul Fargue, que acaba de publicar una soberbia guía del vagamundos de la ciudad. Le Piéton de París i 93 Ta! vez los días no están para hacer de fíáneur, para recorrer librerías de viejo, mercaditlos, tabucos, para ir al encuentro de tipos raros, para ser observador y sólo observador de la vida. El aire del día es otro, es gris, es hostil, es azaroso, la época y los avatares que va viviendo como testigo involuntario y forzoso a la vez le resultan a Baroja ininteligibles y amenazantes a partes iguales, y aunque todo ello acabe con fortuna en los papeles- por pura fidelidad a su vivir para contarlo- aunque tenga y mantenga amigos y relaciones en esos días turbios, hay algo más en estas páginas que fa mera crónica de una época incierta. La arena de los días traza un autorretrato lleno de melancdía, de añoranza, de fragilidad y de entereza a la vez: un Baroja que tiembla y a pesar de todo, a pesar de atravesar los malos tiempos, los de la incertidumbre, crea y espera estoico sin esperar en nada, leal a sus sueños y a sus ideasMIGUEL SÁNCHEZ- OSTIZ 17