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ABC Cultural Narrativa El niño y las palabras Yabra Ibrahím Yabra. El primer pozo Traducción de María Luz Comendador y Luis Miguei Cañada. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. Madrid, 1998. 316 páginas, 1.950 pesetas. modelo del esfuerzo y la gracia por alcanzar la dignidad de vivir. Dignidad que se logrará mediante la entrega a los libros, a la verdad que alienta en las palabras como instrumento a su alcance tanto de conocimiento como de poder y belleza. Una experiencia que, en la Palestina de los años veinte (donde la compra de un cuaderno y un lápiz, imprescindibles para aprender a escribir, era un terrible quebranto para la economía familiar) supone acceder a un mundo que lo alejará de la miseria. Yabra Ibrahím relata en El primer pozo una suma de experiencias que fioy, en esta España tan aséptica, más pendiente de los tipos de interés que. de la educación, resultan casi exóticas, tan distantes como si pertenecieran a un mundo ya superado. Pero ahí, justamente, reside el mayor interés de estas memorias de un niño palestino, en ese valor admirable de la educación, lograda contra toda adversidad, y con el peso sobre la espalda de los medios más precarios. Leer El primer pozo, por tanto, es una exigencia, casi una forma de fervor, si no se quiere renunciar al valor terapéutico de la lectura, a la superación de un destino trazado por la pobreza que anticipaba el olvido y que, sin embargo, se doblega ante la fuerza inusitada de las palabras: Sentado en la estera, oía fuera los patos y el cacareo de las gallinas mientras leía palabras que sentía encenderse en mi cerebro con el fulgor del oro y de las gemas Aunque no cabe situar este libro en la excelencia de las obras literarias, posee, no obstante, esa cualidad magnífica de situar al lector frente a la sospecha de su propio privilegio. Tal vez ya no recordemos cómo y cuándo aprendimos a leer. Y es probable, incluso, que nuestras experiencias nada tengan que ver con la historia de la inocencia perdida y del afán por superarla que nos cuenta Yabra Ibrahím en su autobiografía. Pero nunca está de más que alguien venga a recordarnos que saber leer también es una conquista. FRANCISCO SOLANO N O le falta razón a Yabra Ibrahím cuando declara que la mayoría de los escritores de memorias, desde la noche de los tiempos y en la literatura de todas las naciones, tienden a evitar la infancia, tal vez debido a su particular dificultad. Cierto, la autobiografía de la niñez, en sentido estricto, es una empresa imposible. La memoria nunca está quieta, constantemente selecciona y construye sus propios asombros, pero nunca recupera la luz de la infancia. San Agustín, que, además de inventar el género autobiográfico, reveló también el abismo del yo, lo dejó bien claro: Mi infancia ha muerto, pero yo estoy vivo Este vigoroso enunciado anticipa las repetidas palabras de Wordsworth, el niño es el padre del hombre tan premiosas y, a la vez, tan consoladoras y útiles, que ningún pedagogo habrá dejado de citar. Conocer, relatar dar vida otra vez al niño que fuimos, sólo es posible mediante la evocación de su condición, nunca a través de sus vivencias, puesto que esas vivencias, para nuestra desgracia, siempre serán una reconstrucción. No obstante, éste ha sido el fervor al que se ha entregado el novelista, poeta, crítico de arte, pintor y traductor Yabra Ibrahím Yabra (Belén, 1920- Bagdad, 1994) al abordar sus primeros años. i Sji- r t. lf: -v i -v. i5: J- 1 J. S. i v V 1 TJ K Lo que escribo aquí- dice Yabra Ibrahím en el prefacio- es puramente personal y puramente infantil La narración, en efecto, termina cuando el autor, con trece años, se traslada con sus padres a Jerusalén, pero la historia no es puramente personal, pese a su autor, sino que se instala en el texto como un Ser mujer en Egipto NawaI el Saadawi. La mujer que buscaba Martínez Roca. Barcelona, 1998. 160 páginas, 1.800 pesetas. F GUADA, una mujer en la treintena que vive con su madre y trabaja como química en un ministerio kafkiano, se despierta una mañana para darse cuenta de que su vida ya no tiene ningún sentido. Su amante Parid ha desaparecido y desde que, por primera vez en años, no acudió a la cita semanal de los martes en el pequeño restaurante, la vida cotidiana de Fouada se ha convertido en una pesadilla. Como una posesa se echa a andar por las calles de El Cairo para buscar al amado, asaltada constantemente por vivísimos ensueños en los que repasa el pasado, desde su infancia de niña no querida por el padre, el trauma de la ablación o el descubrimiento del propio cuerpo femenino, hasta las conversaciones con el progresista Parid, que le abren los ojos para la realidad social que la rodea. ¿Cuándo ocurre todo esto? No lo sabemos, la amarga odisea de Fouada es atemporal, la ciudad que recorre podría ser El Cairo actual, o 12 de noviembre de 1998 cualquier otra metrópoli. Los personajes apenas están individualizados, existen más allá de meras circunstancias en una alegoría sin compromiso sobre la represión y el fundamentalismo políticoreligioso, y la novela está escrita con laconismo extremo. Así que, muy al contrario de lo que dice el texto de contraportada. La mujer que buscaba no es la historia de una mujer fascinada por la química y obsesionada por descubrir el misterio que envuelve el mundo de los sentimientos ni mucho menos. Es la nada sentimental historia de una pérdida cruenta que provoca una paulatina enajenación de la protagonista, a la que su condición de mujer no le deja ninguna salida. Encuadrarla por ello en la casilla de la literatura feminista, sin embargo, tampoco le haría justicia porque, como La caída del Imán o Dios muere a orillas del Nilo, también la presente novela, traducida ahora al castellano y al catalán, contiene una denuncia social más amplia. Su autora, NawaI el Saadawi (1937) la editó en árabe en 1969 y sabe de qué está hablando. Tras la publicación de su estudio Mujeres y Sexualidad en 1971, sus libros fueron prohibidos en Egipto y fue cesada como directora general de Sanidad. Fundadora y actual presidenta de la Asociación de Solidaridad de las Mujeres Árabes, fue encarcelada en 1981 y tuvo que exiliarse después a Londres. A pesar de ello, es la esperanza en un futuro mejor la que la impulsa a escribir, esperanza que también despunta al final de La mujer que buscaba, cuando Parid escribe en su carta de despedida: No te aflijas, Fouada, y no llores. Las palabras están en el viento, más allá de las paredes, están vivas y penetran en los corazones con el aire mismo. Estoy seguro de que llegará el día en que caerán los muros y las voces volverán a ser libres para hablar CECILIA DREYMÜLLER 15