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ABC Cultural I Líquidos del cuerpo u Isabella Santacroce. Destroy Traducción de Mercé López Arnabat. Anagrama. Barcelona, 1998. 142 págs. 1.300 ptas. Virginie Despentes. Perras sabias Traducción de María José Fuñó. Anagrama. Barcelona, 1998. 210 págs. 1.500 ptas. Elegidos para la pesca Sebastian Junger. La tormenta perfecta Traducción de Cari Baena. Debate. Madrid, 1998. 248 páginas, 2.500 pesetas. E E L mundo de los fluidos corporales ha dado mucho jugo en la literatura de este siglo. Por reacción al pudor previo, se consideró un territorio a explotar y, después de los padecimientos heroicos de Joyce, Miller o Burroughs, la veda quedó abierta para todos y lo antaño vergonzante se convirtió en un material a considerar, incluso atractivo, sobre todo cara al comercio. Estas dos novelas entran de lleno en un paisaje de compraventa de cuerpos aderezado con el consumo de diversas sustancias psicotrópicas; entran en el juego adolescente de la provocación a las mentes bienpensantes- como si estas hipotéticas almas candidas leyeran semejantes escritos- y pueden considerarse reflejo de una determinada condición social, de marginamiento y desprecio por los valores establecidos. Sin embargo, son textos muy distintos, con planteamientos formales opuestos. Destroy es la segunda novela- tras Fluo (1995) -de la joven italiana Isabella Santacroce. Sin duda, hay bastante de retrato, más que generacional, de un determinado grupo de gentes que reniegan del modo de vida estándar por estos pagos y, sin las alternativas revolucionarias o reformistas que con tan poco seso han destrozado sus mayores (desde el comunismo a los libertarios de los sesenta) consumen la doctrina punk del no futuro. Hay drogas de diversa química y diseño, una joven italiana en Londres que trafica con su cuerpo o lo regala sin la menor ilusión, música, dentro del género, a la moda (Hole, Nick Cave... diversos personajes que se cruzan en su camino dejando muy poca huella y una soledad feroz doliente y asumida. Estructurada en capitulitos, todos ellos con la marca destroy en la cabecera, la trama apenas avanza, no por ineptitud, sino por la certeza de que no es posible una historia, sino sólo fragmentos con algunas relaciones entre sí. Frases breves, juegos de contrapunto. Hace ya bastante, Beckett ofrecía sus vagabundos de vuelta de todo, con una desesperación lúcida que incluía dosis de humor y de radicalidad formal. Aquí la rabia por la pérdida de algún paraíso no nombrado- el bienestar de la publicidad, quizá- y el afán de llamar la atención empañan algo una aventura literaria sin duda interesante. Virginie Despentes (1969) publicó no hace mucho una novela con el poco ambiguo título de Fállame (Mondadori) Parte de un grupo social con más pretensiones que el de Destroy (la prostitución es uno de los primeros comercios de la humanidad, aquí organizada, se entiende como negocio) Y construye un thriller, por el que corren sangre y semen en abundancia. Sus modelos son la literatura pornográfica y la novela negra; es quizá más avezada al seguir el primer género que el segundo; su escritura es a un tiempo torpe y convencional. El nihilismo que posee a su heroína admite tratos y estrategias de supervivencia hasta sucumbir a una pasión efectista que la destroza. Las dos novelas están narradas en primera persona y, si duda, se nutren de las experiencias vitales de sus escritoras. Las imitaciones y trucos de Perras sabias quedan lejos de la intensidad, a veces pueril, de Destroy. LUIS MARIGÓMEZ N el ámbito de la creación literaria importa poco si lo que se narra, expone o interpreta mana de sucesos realmente acaecidos. Incluso los libros de memorias son fruto de una depuración y de una aplicación de la poética que inevitablemente los distancia de la pura experiencia. En definitiva, hay tanto arte en el autorretrato de un pintor como en las memorias de un escritor. Y en ambos casos lo de menos es el parecido. Para los lectores o escritores de literatura, claro. Están después, y a menudo mezclados con ellos, los curiosos y estudiosos de mil disciplinas, los que desde hace siglos vienen buscando Troya o los molinos de viento. Y están también aquéllos para los que la realidad necesariamente debe superar a la ficción, o al menos ofrecer argumentas igual de ricos. Estos últimos son los periodistas. Autores que sin duda tienen su público, como revela el que la frase basado en hechos reales se utilice habitualmente como reclamo publicitario. Sebastian Junger es periodista, y fiel a su oficio nos ofrece en La tormenta perfecta la historia, muy en el estilo norteamericano del término story, del temporal que en 1991 azotó la costa nordeste de Esta- dos Unidos y la zona pesquera de los Grandes Bancos y que aún recordamos por el naufragio del Andrea Gail. Junger echa mano para ello de elementos y recursos literarios, y se aprecia claramente la enseñanza de Tom Wolfe y su nuevo periodismo a la hora de recrear escenas y situaciones. No cabe duda de que Junger ha leído Elegidos para la gloria. La información sobre lo sucedido durante la tormenta, no sólo al Andrea Gail sino en general a la flota, es exhaustiva, pero resulta aún más interesante la descripción que realiza de la industria pesquera del pez espada, su historia y peculiaridades. En este libro uno puede aprender mucho, con datos y con el ejemplo de hechos reales, sobre esas pesquerías, las tormentas y las distintas formas de zozobrar o de sobrevivir en alta mar. Siempre y cuando, claro, sea capaz de resistir la cruel traducción. Quizá no aprenda tanto sobre el mundo y los seres humanos. Pero para eso ya están Melville, Stevenson, Conrad, London, Hodgson o, en España, el Aldeoca de Gran sol. Autores sin hechos reales a los que guardar fidelidad, ceñidos sólo a la sabiduría y la belleza. A la literatura. ANA SALADO El mar de la aventura Patrick O Brian. Contra viento y marea Traducción de Aleida Lama Montes de Oca. Edhasa. Barcelona, 1998. 360 páginas, 2.900 pesetas. SI que éste es el mar. Es enorme comenta un personaje al llegar a un barco. Con un mar y un barco boga una novela. El mar es inmenso, homogéneo e hinchado de olas. En el barco reducido se hinchan el orgullo de los hombres, su civilización de agilidad y cobardía, sus atuendos, sus gestos. Palafox, el muchacho que organiza la novela, la empieza dejando su aldea y la cierra volviendo a su aldea. En el intermedio se ha hecho hombre y, junto con otros hombres, ha conducido un cascarón por las desmesuras de la Naturaleza y de la Historia. Que O Brian sugiera esa desmesura sin una reflexión directa, que la imparable actividad de sus personajes pase las páginas con tanta discreción, que una novela de acción tan desbordada sea a la vez tan íntima, justifica a quienes consideran que O Brian es el mejor autor de novela histórica. En septiembre de 1740, el Comodoro Anson, con una tripulación harapienta y unos navios desastrosos que la tripula- A ción no sabía manejar, se puso a hostigar a los españoles. Tras largas penurias, su único barco superviviente, el Centurión, capturó un riquísimo galeón. Anson, rico de experiencia y oro, es hoy una leyenda británica. A la sombra de su mito viajan los personajes de O Brian. Es una pena que la editorial española haya empequeñecido el título original, casi homérico: El océano dorado. O Brian publicó esta aventura en 1956. Después se convirtió en un autor de culto. Con él, la literatura inglesa, un poco añeja, un poco admirable, recupera a destiempo el pulso biológico de la aventura en la fórmula casi zoológica que acuñó el gran Stevenson: dos partidas de piratas se disputan un tesoro en tierras lejanas. Si no fuera porque sus batallas forman ya parte de las fantasías de los internautas, O Brian, admirable y anticuado, sería un perfecto autor de la admirable pero hoy anticuada literatura inglesa del siglo XIX. AGUSTÍN JIMÉNEZ 12 de noviembre de 1998 14