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ABC Cultural Memorias Una vida viajera Rudyard Kipling. Algo de mí mismo para mis amigos conocidos y desconocidos Prólogo y traducción de Alvaro García. Pre- Textos. Valencia, 1998. 248 páginas, 2.750 pesetas. tulias. Se diría (y tendría su lógica) que el propio escritor, tan pendiente siempre de conquistar la atención del lector, era el primer interesado en hablar de sus cuarenta años de vida viajera y en silenciar ios treinta restantes de vida sedentaria. Lo del interés de Kipling por el lector lo digo porque en este libro desliza aquí y allá fragmentos de su pensamiento literario, y en un momento dado reconoce la deuda que tiene contraída con el periodismo, que fue el que le enseñó precisamente a centrarse y pensar en el lector Asimismo da a entender que su creación literaria está presidida por la búsqueda de la máxima expresividad, de palabras con peso, sabor y, si hacía falta, olor Algo de mí mismo no es ajeno a ese mismo interés y esa misma búsqueda, y es de agradecer la sencillez y la sabiduría narrativa con que el viejo Kipling nos da su particular testimonio de su época. r V UDYARD Kipling murió JL L en enero de 1936 a la edad de setenta años, dejando inacabado este volumen de memorias de título largo y complicado. Hasta ahora, de Algo de mí mismo existía en España solamente la versión de Mariá Manent, que, incluida en las obras completas del autor, fue al parecer objeto de serias mutilaciones por parte de la censura franquista. Por suerte, la siempre primorosa editorial Pre- Textos ha decidido recuperarlo para el lector español, ofreciéndolo por primera vez en versión completa, en una traducción por otro lado intachable, obra del poeta Alvaro García. Hablar de Rudyard Kipling es hablar de viajes, exotismo y aventura, de esas experiencias ahora imposibles que nutrieron la fantasía de varias generaciones de niños (y que aún ahora lo siguen haciendo, aunque sea por medio de Walt Disney y sus dibujos animados) Hablar de Kipling es, por ejemplo, hablar de un británico nacido en Bombay que, cuando bucea en su memoria más remota, rescata el recuerdo de cierta mano infantil que apareció un día en el jardín de su casa, seguramente porque se le había caído a algún buitre de los que acudían a devorar a los muertos que eran expuestos en una explanada cercana, de carácter sagrado. Con recuerdos como éste, ¿qué necesidad de inventiva tiene el escritor? Haré un breve repaso de su viajera existencia: desde su India natal Kipling fue enviado por sus padres a Inglaterra, donde vivió primero con una familia que le sometía a numerosos castigos y humillaciones, y después en un internado del que siempre encarecería su sentido de la disciplina y del compañerismo. De allí, cumplidos los dieciséis años, regresó a la India, donde trabajó como periodista en el Punjab y en Allahabad y publicó sus primeros relatos. Muy poco después, con apenas veintitrés años, se instalaría de nuevo en Inglaterra, pero en esta ocasión ya como escritor famoso, objeto al mismo tiempo de insidias y adulaciones. Una gripe le llevó a Italia, de la que salió en dirección a Ciudad del Cabo, Australia, Tasmania, Nueva Zelanda... Sólo en el último momento (al igual que le ocurrió a Marcel Schwob) tuvo que renunciar a su propósito de llegar a Samoa a saludar a su idolatrado Stevenson. Algo más tarde se casó e inició con su mujer una vuelta al mundo que le llevó a Canadá y a Japón, donde el viaje se frustró debido a la quiebra del banco que administraba su fortuna. En lu 12 de noviembre de 1998 gar de regresar a Gran Bretaña, el matrimonio Kipling optó por instalarse en una granja de Nueva Inglaterra, donde el escritor concibió Capitanes intrépidos. Unos cuatro años después, Kipling estaba en Sudáfrica, participando activamente en la propaganda probritánica en la Guerra de los Bóers, y de allí volvió a Inglaterra en busca de un hogar para su mujer y sus hijos, hogar que abandonaría brevemente en 1906 para realizar una nueva visita a Canadá y en 1907 acudir a Suecia a recoger el premio Nobel. M UCHOS y muy largos son, como puede verse, los viajes de los que Kipling nos habla en Algo de mí mismo. Es en torno a ese año de 1907 cuando abandona el relato de su propia vida, y lo curioso es que la muerte interrumpiera la redacción de sus memorias justo en el momento en que le tocaba hablar de esa segunda mitad de su vida en la que, ya asentado en Inglaterra, todos esos viajes alrededor del mundo fueron sustituidos por unas visitas más rutinarias y menos apasionantes a los distintos clubs de los que el escritor era miembro y en los que tenía establecidas sus diferentes, llamémoslas así, ter- ERO, ¿cuál fue su época? Sin duda, como él mismo recuerda, fue la de los primeros automóviles y la de los inicios de la telegrafía sin hilos, pero sobre todo fue la del último esplendor del Imperio Británico, de esa cultura victoriana de la que el propio Kipling se erigió en heredero natural. En todos los imperios suele ocurrir que los valores tradicionales se conservan mejor en las colonias que en la metrópoli, y por eso no debe extrañar que fuera precisamente Kipling, un británico de la India que pasó largos años en Sudáfrica, quien con su vida y con su obra acabara representando el espíritu de esa Inglaterra eterna que empezaba a languidecer con el cambio de siglo. Rudyard Kipling reverenciaba las formas de vida de la metrópoli y consideraba que todo inglés, y en general todo hombre blanco, tenía la misión superior de llevar la cultura occidental a los pueblos más atrasados. El problema es que eso, a lo que siempre se había llamado civilización, empezó a llamarse simplemente colonialismo, y que Kipling ha quedado tradicionalmente asociado a esa noción del imperialismo británico. En Algo de mí mismo las huellas de ese espíritu trasnochado carecen por completo de importancia, y lo que uno agradece es precisamente que Kipling fuera tan irremediablemente British que no pudiera resistirse a la bendita y muy británica costumbre de escribir sus memorias. IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN P 13