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24 dejuKodel 998 ABC literario Novela El café de Qúshtumar Náguib Mahfuz Edición de Isabel Hervás Jávega. Destino Barcelona, 1998. 196 páginas, 1.900 pesetas L café de Qúshtumar es para Náguib Mahfuz (para sus personajes) el centro del mundo. Poco importa si ese afé existe en la realidad. Qúshtumar es, al modo de un paisaje, un café, un espacio del alma, uno de esos decorados en los que nos sentimos, y probablemente estamos, a salvo de todo (a salvo de casi todo en el caso de IVIahfuz) Un café donde desde hace setenta años se reúnen día a día cinco amigos: veremos a cuatro y oiremos al quinto, el que narra, pero es uno de ellos, de manera que a veces tenemos la sensación de estar asistiendo al complejo desarrollo de un solo personaje. Una narración breve, escueta, pero apretada de referencias históricas, que trata sobre la amistad y el tiempo, sobre la escorredura de la vida y de los sueños. Una narración sencilla, tan sencilla que en ella parece que no tienen cabida otra cosa que esa amistad que nada ni nadie ha conseguido dañar en 70 años. En 70 años cambia todo, el paisaje, los grupos familiares, la fortuna. Sólo permanece la amistad, lo que empuja a esos personajes a reunirse todas las noches en el café Qúshtumar. Inolvidables personajes: un hedonista, un pequeño funcionario, un poeta, un comerciante al que la suerte acompaña... Amigos que para algunas cosas actúan como una rara fratría, sin padecer ni hacer padecer las servidumbres de éstas, porque esos cuatro, esos cinco muchachos, más tarde ancianos, actúan según sus conciencias, su temperamento, siguiendo la guía de sus sueños. Son amigos de esos que van juntos de la cuna a la sepultura, aunque pertenezcan a diferentes clases sociales, por encima de los prejuicios en una sociedad cerrada, a pesar de que el río de la vida los separe de continuo, a pesar de que ese mismo río separe a sus protagonistas de sus sueños y los deje, pasajeramente, en la orilla obligada de la amargura. Cuatro, cinco amigos, que sin embargo ni viven ni piensan de parecido modo, porque para sentarse en el café no hace falta; hay algo por encima de las ideas de ocasión, de las convicciones religiosas incluso: el afecto, el vivir profundo de la existencia, el deseo de compartir, de mostrarse el mundo. Ahí el sentido profundo de la amistad que lo sostiene. Rara lección de tolerancia, de humanidad al cabo, ésta de Mahfuz. Lección hermosa, irónica, melancólica. de quien trata de entender el mundo y se vuáve sabio casi, casi, a pesar suyo. Amigos que comienzan compartiendo su descubrimiento del mundo, su conciencia de que éste cambia, para compartir de seguido el despertar al patriotismo, el sexo, el amor, y más adelante las zozobras políticas, metafísicas, los entusiasmos y los desengaños y, sobre todo, el río del tiempo, la forma, el modo en el que el tiempo colabora a esos desengaños y a esas frustraciones radicales. Sólo la amistad sobrevive. Esta última novela de Mahfuz es un relato bellísimo, emocionante, acerca de la amistad como una de las formas de responder a ese Mi vida no sé en qué se ha sostenido de Garcilaso. Una novela estupendamente prologada, además, por la propia traductora, Isabel Hervás, que nos ofrece datos precisos acerca de la novela y de su entramado, y una impecable lectura. Gonversaxíiones íntimas Ingmar Bergman Traduc. de Marina Torres. Tusquets. Barcelona, 1998. 154 páginas, 1.800 pesetas E U N cineasta escribiendo novelas- ya ha publicado varias- y que reincidió en 1996 con estas Conversaciones íntimas que ha llevado al cine una de sus actrices habituales, Liv Ullman. Buena literatura, apresurémonos a decirio, no es un capricho de aficionado, pero la narración se cuenta como a través de una cámara, todo es visual, todo se sitúa en el espacio, se mueve, eso sí, con lentitud y en medio de las cortas y terribles frases de los diálogos de Bergman, para lo que podamos ver. La historia es muy de su estilo, con mujeres fuertes y atormentadas, y hombres débiles Miguel SÁNCHEZ- OSTIZ que se destruyen a sí mismos, que viven en la desazón, la duda y la inseguridad; también ellas son desasosiego y dolor, pero se sobreponen a lo que juzgan inevitable, convivir con el deber y la frustración, y su simulacro de ánimo sereno permite que el mundo vaya funcionando sin más tormentas que las interiores, mientras en Suecia parece que no pasa nada. Hay un adulterio en el mundo clerical de la iglesia luterana (al que pertenecía el padre de Bergman) el marido es coadjutor, el amante estudia teología para ser clérigo también; el matrimonio tiene tres hijos, y conocemos además a una abuela muy lúcida que no teme a las verdades, a un tío que hace de confidente y que es pastor y a la amiga de la niñez, diaconisa y misionera. Todo queda en la familia y en su sofocante círculo eclesiástico. No es de extrañar que Anna Akerblom sufra algo moral, y Bergman, muy sutil en su análisis, plantea en seguida ese drama sordo y como al ralentí que se desarrolla en varias escenas del año 1927; después damos un salto hacia atrás, a 1925, despejando retrospectivamente cualquier incertidumbre: Anna ya sabe que no tiay salida. Otro capítulo, en 1934, nos lleva a las consecuencias de todos esos hechos, no ha pasado nada, al menos nada visible, aunque el lector sabe mucho más. Ha pasado todo sin turbar la quietud aparente; y esa mezcla, quizá muy escandinava. de sexo, sentimiento de culpa, puritanismo, vacío, obsesión, ansia de libertad sin límites y conciencia exigente hasta el máximo, desemboca en el tremendo episodio de los comulgantes: el anciano pastor, a punto de morir, nos define a lo Bergman su visión de un Dios lejano, acaso sin fe, pero inesquivable y vivo, como una gran pregunta más allá de la muerte. Casi toda la obra está hecha de retazos de conversaciones íntimas que según se desprende del texto es la expresión usada por nuestro admirable reformador Lutero, proponiendo un sustituto a la confesión sacramental que rechazó; no conocía muy bien a los humanos dice tristemente el pastor, estas confidencias no le bastan, se desnudan los corazones, pero no se liberan de su peso agobiante. Un falso desenlace, que sirve de epílogoprólogo conduce a una época muy anterior, 1907, cuando Anna va a hacer la primera comunión; su conflicto matrimonial está lejos aún, pero en germen vemos ya las contradicciones irresolubles de la protagonista que, después de muchas crisis, no pueden darle la felicidad; sólo una imitación muy discreta y bien educada del sosiego. No hay buenas soluciones, parece decirnos Bergman, ni para la vida ni para la muerte, pero hay que comportarse como si las hubiera. Con toques muy delicados, los personajes se perfilan sin nada excesivo en sus palabras o en sus actitudes, salvo los estallidos de dolor y de rebeldía que hay que acabar reprimiendo. Alguien se lanza a un amor culpable e irresistible que no puede ser verdad, y el autor reflexiona sobra todo eso con una explicación que pone en boca del joven Tomás: Tenemos que dar a nuestro amor unas proporciones gigantescas para justificar laque hacemos. ¿Y si nuestro amor no soportase semejante carga? Así es, los sentimientos son mucho mayo- Sin aspavientos, aunque con una intensidad que sobrecoge, Bergman entra y sale desengañadamente de esta historia dejando una estela de amargura y comprensión humana res, más fuertes que la debilidad humana, y no tarda en advertirse el fracaso inevitable de los grandes sueños. El marido es tan tonto y mezquino que le puede ocurrir cualquier cosa, y el amante es un joven que tampoco da para mucho, pero es Anna sobre todo la que no va a estar a la altura de su desmedida ilusión. Sin aspavientos, aunque con una intensidad que sobrecoge, Bergman entra y sale desengañadamente de esta historia dejando una estela de amargura y comprensión humana. Carlos PUJOL 15