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24 de julio de 1998 A B C literario Relatos Novela Tango Miguel Ángel Serrano Premio José María de Pereda. Pre- Textos Valencia, 1998. 104 páginas, 1.500 pesetas Traficantes de belleza Zoé Valdés Planeta. Barcelona, 1998. 236 páginas, 2.400 pesetas E L tango es un baile que se ejecuta en pareja, como el matrimonio. La mayoría de las letras que acompañan la música de tango son de una tristeza irrevocable. A estas dos claves para tiaber jugado Miguel Ángel Serrano (Madrid, 1965) al escribir su primera novela, titulada Tango con la que el año pasado obtuvo el premio de Novela Corta José María Pereda, convocado por el Gobierno de Cantabria. Como en su anterior edición- en que resultó premiada La irresistible nariz de Verónica de Ignacio GarcíaValiño- el jurado se decantó por un interesante y desgarrador retrato de nuestra contemporaneidad, a la vez que por el texto de un joven autor. En Tango se aborda el problema de la desmembración de la pareja- ¿los bailarines? -que han dejado de escucharse- ¿de escuchar la música? hasta sucumbir ante el egoísmo y la soledad. Y si el baile del tango, según reza el Diccionario de la Academia, es de pareja enlazada lo que aquí se enlaza no son las extremidades sino los discursos de ambos: el de, él, Fernando, marido infiel, y el de ella, Clara, la esposa que abandonó el hogar y se llevó a la hija común para lanzarse a los brazos de Alvaro, estereotipo del poderoso, quien, además, es el jefe de Fernando. Ambos discursos se yuxtaponen: el de Clara es cronológicamente anterior, toma forma epistolar- aunque a medida que avanza se parece más a un diario- y se desarrolla durante algunas semanas de otoño y de principio de Invierno, para acabar la noche de fin de año. Y en Nochevieja Fernando monologa sobre su situación. El recurso que ha ideado su autor para ponerlo a hablar- qué difíciles de justificar son siempre los soliloquios- es original, pero no demasiado verosímil: la grabación por parte de él en el contestador de su ex mujer de un largo, larguísimo mensaje- calcule el lector: 66 páginas de mensaje- mientras bebe sólo para emborracharse. Es original, sí, pero endeble, sobre todo por su inverosimilitud, y pese a que el autor, consciente de ello, trata de hacer que su narrador se justifique- varias veces admite saber que el mensaje no se está grabando, pero sigue hablando, porque en realidad asistimos a un monólogo interior que no busca más receptor que el propio emisor, como queda claro al final. Además, y puesto que varias veces se nos ha dicho que el personaje bebe- durante toda la noche, porque cuando va a callar dice que está amaneciendo- se echa en falta que su retórica, acuse los efectos del alcohol: que se vuelva más incoherente o más trivial. Así puede interpretarse el arranque de ira final, en el que arremete contra la esposa, pero se echa en falta el especial énfasis del autor, el único que puede otorgarlo. En la segunda parte de la novela, la que corresponde al diario- o a las cartas- de Clara, el punto de mira argumental recae en la figura de la hija de ambos, a quien su madre se llevó consigo y que se convierte en la víctima Inocente del conflicto al que ha permanecido ajena. Tal vez se cargan mucho las tintas del dramatismo, sobre todo a medida que se acerca el final de la novela, pero pese a ello, el resultado es valioso, y la historia se cierra sobre sí misma con éxito y es inclemente con sus protagonistas, como cabía esperar. Después de todo, un tango sin drama- sin derrotados- sería menos tango, o acaso sería otra cosa. Care SANTOS A UNQUE desde la solapa del libro se sugiere la lectura de estos cuentos como una novela fragmentada, unida por el hilo conductor de la belleza que atrapa a los personajes, traficantes de sí mismos y de sus desesperanzas, en realidad el único tema que encontramos de unión es esa presencia del argumento cubano, de los personajes que viven dentro y fuera de la isla, pero que la llevan en su interior, como una condena a perpetuidad, en una mezcla contradictoria de emociones y sentimientos, unidos a Cuba como a la madre de la que nunca uno se libera. La cubanidad, si se nos permite el término, está presente como una esencia obsesiva a lo largo de estas narraciones, pero la Cuba que nos ofrece Valdés se desvela con pocos misterios: es el tópico anticastrista oficial el que, venga o no al caso, reaparece en los cuentos. En esta recopilación de 15 cuentos, de extensión vahada y de escritura muy irregular, se deja entrever la capacidad de tabulación de la autora, su innegable procedencia cubana, que traspasa cada uno de los relatos con desigual suerte, cuya impresión final es decepcionante. Posee en Traficantes de belleza una extraordinaria facultad de captación de todo tipo de registros lingüísticos, un buen oído de cazadora verbal, configurando una escritura ciclónica, en el sentido que arrasa con todo tipo de usos del lenguaje, modismos populares cubanos y literarios, la lengua viva y barriobajera. Pero esta facultad que en principio abundaría en una mayor riqueza estilística ofrece el resultado contrario, atrepella el potencial poder de husmeador del lenguaje que la escritora posee, porque adolece de depuración, de co- herencia interna, defraudando las expectativas del lector. Valdés parece creer que en la elaboración literaria del relato sirve la acumulación caótica, a la manera que Baroja entendía la novela, como un saco donde cabe de todo, y eso podría ser un signo estilístico, un sistema acumulativo barroco, que tanto ha enriquecido la escritura hispanoamericana. Pero aquí se produce una práctica disonante de la escritura que no confluye en un continuum que adquiera ligazón interior dentro de la disparidad. El resultado es confuso, antiliterario. Frente a la frase de intención más lírica, nos encontramos con la vulgaridad más extrema, el tópico más manido. En La prima de Vera personificación femenina de la primavera, nos topamos con frases de este tipo: Sorprende su regocijo, la prima de Vera posee una alegría tan fuera de lo común que da miedo, lo trastoca todo como si se apoyara en una varita mágica Cuando la prima de Vera se va, viene otro huésped, un chiquito jodedor y sudoroso que obliga a retirarse a las playas, a burlarnos de los peces de colores y que responde al mote de Ver- Ano, (sic) Parece más esta colección de historias una suma de apuntes primeros de la autora que no ha elaborado. El mundo que aquí se plantea se centra en personajes femeninos en su mayoría, donde las relaciones interpersonales se producen con los hombres de una manera discontinua, pero que siempre están en lugar destacado. Siguiendo una moda muy recurrente en la escritura de mujeres actuales, son inevitables una serie de pasajes de índole erótica, como receta habitual para sostener la supuesta atención del lector a, que resultan gratuitos. Así, en Traficante de marfil, melones rojos la narración que abre el libro, podemos encontrar un ejemplo, que conduce a la inverosimilitud de las situaciones de los diálogos entre los personajes. La mezcla de ficción y realidad, la superposición de atmósferas, desde el rodaje de una película en la plaza de la Catedral de La Habana, hasta las escenas en la playa, de la jovencita jinetera Beatriz, con el vendedor de melones y un misterioso personaje denominado el Contemporáneo, que resulta ser Rimbaud, van urdiendo un triángulo erótico con escenario de playa con palmeras, y estos encuentros tan explícitos no enlazan con la mejor literatura de este género, sino que hace decaer la narración hasta puntos alarmantes. Valdés posee una capacidad fabuladora nada desdeñable, una habilidad que debería cuidar más, y no debiera permitirse, parafraseando el título de su libro, traficar con la belleza que sus narraciones podrían poseer. Beatriz HERNANZ Dos superstárs para ei verano I ARUNDHATI ROY El dios de las I CARMEN MARTIN GAITE Irse de casa ANAGRAMA 13 I pequeñas cosas