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A B C literario Novela 24 de julio de 1998 Artículos La Princesa de Éboli Almudena de Arteaga Ediciones Martínez Roca. Barcelona, 1998. 186 páginas, 2.000 pesetas Los viajeros de Madrid Julio Llamazares Ollero Ramos. Madrid. 1998 160 páginas, 2.100 pesetas E NTRE la Historia y la leyenda anduvo siempre la figura de Ana Mendoza de la Cerda, Princesa de Éboli; entre acusaciones que la desacreditaron por participar en algunas de las más turbias actuaciones de la corte de Felipe 1 y recreaciones que mitifi 1 caron su perfil de mujer poco inclinada a limitarse a las pautas sociales. La una atribuyéndole una personalidad caprichosa y voluble, capaz de todo por conseguir sus ambiciosos objetivos de poder, y la otra, enmendándole la plana, enaltece su belleza, original y retadora a pesar de su ojo tuerto, lo que no impidió su distinción entre todas las mujeres que rodeaban al monarca y no evitó que la memoria popular la convirtiera en amante del propio Rey y de Antonio Pérez, uno de sus más altos dignatarios. Así las cosas, difícil es extraer, de cada una, la verdad de la vida y los hechos de la Princesa de Éboli, máxime cuando la verdad depende de la perspectiva desde la que se contempla la lejanía de tantos hechos ocurridos durante el reinado de Felipe II, una etapa fascinante para la Historia y las artes. Etapa que este año- en el que se conmemora el IV aniversario de la muerte del Reyha alumbrado, además de nuevas interpretaciones historiográficas sobre el Monarca, estudios sobre aquellos que cobraron protagonismo en la corte de los Austrias, y sobre el arte, la música y la poesía de aquel tiempo. Ocasión que se le brinda a la novela para que avive la memoria de la Historia sonsacándole sobre aquellos capítulos poco necesitados de una gran trama imaginativa para ser tildados de novelescos. Ocasión que aprovecha la historiadora Almudena de Arteaga (autora de La Orden Real de España y coautora de El toisón de oro para difundir otra versión de la acusada personalidad de Ana Mendoza, La Princesa de Éboli Nueva y novedosa, en el sentido de que por primera vez es ella quien toma la palabra y es su punto de vista el que desde el exterior, el conflicto de Flandes, y dentro, la preocupación de Felipe II por su sucesión dinástica, las rivalidades entre los Alba y los Mendoza... Y, sobre ellos, voces secundarias, encrespadas, como la del príncipe Garlos y don Juan, el hermano del f ey, o la del cardenal Granvela y el polémico Escobedo; y voces principales, leales a la corona, corno la de don Ruy Gómez de Silva, Príncipe de Éboli, y la de Antonio Pérez, el hombre con el que, muerto aquél, inició la Princesa la transgresora aventura sentimental que transformó su vida y su influyente posición. Pero eso es parte de la oscura trama contenida en R ECIENTE aún la publicación de su admirable libro de viajes, Tras- os- Montes (Un viaje portugués) Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) ha reunido en este volumen una selección de trabajos periodísticos aparecidos antes en la prensa escrita, inspirados por testimonios de extranjeros que en distintas épocas pasaron por Madrid. Por esta vez no ha viajado Llamazares. Otros lo han hecho antes por él. Éste se ha encargado de recordar y recrear las experiencias anotadas por ellos y poner por escrito, con amenidad y buen criterio, sus propios recuerdos de lector curioso. De manera que el autor leonés afincado en Madrid presenta esta selección de artículos como un ensayo de la visión que los viajeros extranjeros ofrecieron a lo largo de su historia de la ciudad y las gentes de Madrid un mosaico de lo que fue Madrid y una lectura histórica curiosa además de un homenaje a la ciudad en que vivo como si fuera un viajero desde hace la mitad de años que recuerdo según confiesa en el breve prólogo. En efecto, eso es este libro. Sus treinta capítulos, dedicados a otros tantos viajeros, proporcionan una visión diacrónica de Madrid a lo largo de su historia, desde el siglo XVI, en que escribe, con displicente mirada negativa, el romano Camilo Borghese, Nuncio del Papa Clemente VIH, hasta los testimonios y recuerdos mucho más cercanos de Neruda y Hemingway, mucho más cálidos también. Entre ios treinta hay viajeros de varia condición y cultura: militares, diplomáticos, botánicos, aristócratas, escritores y aventureros procedentes de Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, Irlanda, Rusia y América. Bastantes han alcanzado renombre, aunque por diferentes motivos. Así, el ¡lustrador francés Gustavo Doré, el donjuán veneciano Casanova, el infatigable vendedor de biblias George Borrow don Jorgito o el revolucionario soviético León Trotski. Algunos han llegado a convertirse en clásicos de la literatura de viajes, como el romántico inglés Richard Ford, autor de Band- BookforTravelers in Spain libro considerado por Gerald Brenan como la mejor descripción de un país extranjero de la historia de la literatura británica En el grupo de los escritores destacan, además, el gran memorialista francés Duque de Saint Simón, el poeta parisino T. Gautier, el maestro de la novela de intriga Alejandro Dumas, el poeta chileno Pablo Neruda, que escribió en el Madrid republicano sus encendidos versos de España en el corazón y el novelista norteamericano Hemingway, apasionado de España y de algunas de nuestras manifestaciones culturales. Entre todos configuran un amplio abanico de perspectivas en su visión plural de Madrid y sus alrededores, sus gentes y sus costumbres, sus fiestas y monumentos, sus espacios atractivos y sus deficiencias acusadas. Suelen coincidir en su llegada por campos desolados y cada uno habla de la Villa y Corte según le fue en ella y de acuerdo con su capacidad de observación, desde una ciudad fea y sucia o colorista, festiva y hospitalaria, hasta un lugar de Intrigas y arbitrariedades favorecidas por el despotismo de la clase dirigente y la ignorancia del pueblo. Ángel BASANTA La autora nos acerca a un personaje femenino atractivo, próximo y humano, que narrando su vida ofrece su tiempo, y en él la justificación de sus acciones domina sobre los hechos que relata, más centrados en sus vivencias y emociones que en el ajetreado escenario político del momento. Así nos acerca a la novela de un personaje femenino atractivo, próximo y humano, que narrando su vida ofrece su tiempo, y en él la justificación de sus acciones. Lo que no ofrece, con el mismo acierto con el que se recrea a esta figura, son grandes respuestas para quien guste servirse de la novela y, a la vez, ahondar en la Historia, pues si por ella pasea manejando con exactitud datos y anécdotas, se trata de un paseo apresurado (que va desde 1540 a 1592) por el que suena. 12 esta novela, más llena de intrigas tomadas del ajetreo político de entonces que forjadora de una intrigante peripecia novelesca ideada para sostener la atención del lector. Que, por otra parte, la tiene, sin duda, pues la merece el relato de la protagonista, ágil, dinámico y preocupado, sobre todo, de ofrecer la otra cara de aquella realidad que excluía a las mujeres de los asuntos de Estado. Desde ese ángulo cuenta la Princesa la frustración de su padre al nacer ella, su única hija, y no un varón que le sucediera; su obsesión por agradarle con actuaciones propias del otro género y la progresiva confirmación de su talante, autosuficiente, rebelde con las normas y contrario a limitarse a su papel de mujer. También, desde ese lado, narra las vivencias de la reina Doña Isabel, tercera mujer del Monarca, su angustia por complacer al Rey con un heredero, y su muerte en el parto de su segunda hija. Ésta y otras de su misma condición dan vida al retablo femenino destacado en un discurso que abarca poco más de cincuenta años narrados por la recurrente fórmula- en este subgénero de la novela- de fingir que nos lega su memoria íntima, desvelada, aquí, sólo ante la menor de sus hijas, al final de su vida, desde su confinamiento en Pastrana, donde, el Rey la envió por razones oscuras y nunca nombradas, razones que se siguen disputando la Historia y la leyenda. Pilar CASTRO