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A B C literario Biografía 19 de junio de 1998 Ensayo La rueda de la vida Elisabeth Kübler- Ross Traduc. de A. Bríto. Ediciones B. Barcelona, 1997. 382 páginas, 2.700 pesetas URANTE los dos últimos años, y debido a una serie de embolias, he dependido totalmente de otras personas para mis necesidades más básicas. Cada día lo paso esforzándome por pasar de la cama a una silla de ruedas para ir al cuarto de baño y volver nuevamente a mi cama Lo único bueno de acercarme con tanta lentitud a la transición final de la vida es que tengo tiempo para dedicarme a la contemplación. Supongo que es apropiado que, después de haber asistido a tantos moribundos, disponga de tiempo para reflexionar sobre la muerte, ahora que la que tengo delante es la mía Quien así de dura y sencillamente se expresa en la autobiografía que motiva la presente reseña es la doctora Kübler- Ross, creadora de la tanatología, especialidad médica centrada en la experiencia personal del morir. Frente a una Medicina que rechaza fóbicamente la muerte, Elisabeth Kübler- Ross no ha dudado en hacer de ella, como todas las religiones y la mayor parte de las metafísicas, el momento de mayor trascendencia espiritual para el individuo. La autora comienza su libro con el relato de la destrucción de su casa, en el estado norteamericano de Virginia, el 6 de octubre de 1994, a manos de uno de esos grupos oscuros que encuentran su valor en el linchamiento y su justificación en los prejuicios más arcaicos. La idea de crear un centro de atención para bebés infectados de sida no pudo ser llevada a cabo, debido a la presión de los lugareños, que disparaban a sus ventanas, mataban a los animales de la granja, proferían amenazas y atacaban sus propiedades. Al final consiguieron que su odiada doctora, la Señora de la I luerte y el Morir desapareciera de allí. Res- Lo excelso y lo raro Carlos Ortega Huerga y Fierro. Madrid, 1997. 292 páginas, 1.800 pesetas D dico. Tampoco sabrá este hipotético no- lector que desde muy joven se ocupó de ayudar a los damnificados de la Segunda Guerra Mundial en Polonia o Checoslovaquia, ni en la experiencia que adquirió viajando por países destruidos sin pensar en otra cosa que en las necesidades de la gente. La autora estudió Medicina, con la idea de ser pediatra, en su ciudad natal, sufragando sus propios gastos como auxiliar de laboratorio. Casada en el año 1955 con un compañero neoyorquino, fijaron en Norteamérica su residencia y allí tuvieron a sus dos hijos, tras sufrir varios abortos espontáneos. C ONOCIDO es el episodio en que Rilke, paseando en soledad frente al mar, escucha en el murmullo del viento los primeros versos de sus futuras Elegías de Duino ¿Quién, si yo gritara, me oiría entre los coros de los ángeles... Gadamer subrayó cómo este gran estilo nacido del viento fue tan poderoso que hizo retroceder a toda una época invadida por el estruendo de la industria y la propaganda. Aunque la experiencia de Rilke no resulta inaudita en la poesía de Occidente, pues la palabra poética parece un don concedido únicamente a seres excepcionales capaces de una fanática espera y un estado de vigilancia hasta conseguir oír esa melodía de palabras memorables allí donde el resto sólo percibe ruido. Este hecho es el tema de meditación de Carlos Ortega. Bajo la apariencia de comentarios críticos a la obra de varios autores, los ensayos aquí reunidos tienen como hilo conductor esa revelación milagrosa de la gracia poética en el seno de un mundo mezquino. En el libro destaca una afortunada colección de estampas biográficas dedicadas a poetas atrapados en una existencia de pesadilla. Entre otras, se evoca a Georg Tralk, creador de un sobrio hechizo verbal logrado a partir de una vida marcada por la toxicomanía, las relaciones incestuosas con su hermana y la experiencia bélica de 1914, que le conduce al suicidio en una clínica psiquiátrica. Y junto a él, la dramática genialidad de un Georg Büchner, muerto a los 24 años víctima del tifus tras dejar obras maestras como La muerte de Danton y la siniestra candidez de Robert Walser, capaz de elogiar el habitáculo que le tocó en suerte en el manicomio de Waldau. En cada instantánea se aprecia el mismo contrasentido trágico de un esplendor poético que procede de una profunda experiencia del mal. Ortega rehuye dar una explicación psicológica a ese antagonismo e indaga en respuestas de carácter metafísico. De hecho, sus consideraciones sobre los poemas de la locura de Hólderlin siguen de cerca la exégesis metafísica de Heidegger implícita en todo el libro, aunque el autor ha preferido situar en el centro de sus reflexiones un comentario a la Ética de Spinoza y un ensayo sobre el pensamiento de Simone Weil. Será este último él que mejor ilumine sus estimaciones sobre la experiencia del mal y la escritura. Weil sostiene que durante el acto de creación del mundo. Dios se vacía de su condición divina, de modo que sus criaturas poseen sólo una divinidad falsa- un espejismo de divinidad- en un universo desprovisto de bondad y abandonado a la desdicha. Sólo hay una forma de recuperación de lo sagrado: el vaciamiento del hombre de su ser. El padecimiento humano debería conducir a una autorrenuncia de la persona hasta lograr una neutralización del yo. Más que esta teología, emplea la cosmovisión de Weil para esclarecer su concepción de lo lírico, que surge cuando el poeta abdica de sí mismo y se niega en una extrema renuncia. Sólo en ese estado puede escuchar un lenguaje auténtico donde se celebra una misteriosa alianza entre la verdad y la belleza, entre la poesía y el pensamiento: un pensamiento lírico transcendente. Con ello, estamos ante una de las principales legitimaciones doctrinales de la poesía metafísica en la lírica actual. Rafael FUENTES Kübler- Ross ha hecho de la mueirte el momento de mayor trascendencia espiritual para el individuo. Quizá sea esta autobiografía la última obra que sale de sus Tríanos pirarían aliviados ante el denso humo del fuego que prendieron. Es bastante improbable que alguno de esos desalmados haya leído este libro. Por él podría enterarse que Elisabeth Kübler- Ross nació en Suiza el día 8 de julio del año 1926, junto con otras dos hermanas, en el seno de una familia acomodada de Zurich. Tuvo que enfrentarse duramente a su padre, que reservaba para ella un destino de secretaria, cuando le comunicó su voluntad de ser mé 24 Ella se hizo psiquiatra, psicoanalizándose en el Instituto de Chicago, y él neurólogo. En 1976 se divorciaron, en parte por la falta de credibilidad que para él tenían las investigaciones de su esposa, que empezaba a sufrir una polémica fama. Pero Elisabeth Kübler- Ross había encontrado su camino. Valientemente, no duda en contar sus experiencias con entidades espirituales, señala sus errores y alerta sobre el peso de la fama. Ella cree firmemente que la muerte no existe más allá del abandono del cuerpo, ese capullo del que sale la mariposa. Una imagen que vio profusamente representada en el campo de concentración polaco de Maidanek y que, desde la Grecia clásica, representa al alma. Con el tesón que ha caracterizado su vida, la doctora Kübler- Ross no ha parado en su ser icio a los moribundos y sus familiares, investigando en profundidad las fases que todos atravesamos al sentirnos tocados por la muerte- negación, ira, pacto, depresión y aceptación- y la liberación que experimentamos al cruzar el umbral. Como dice la autora en este libro, que probablemente sea el último que sale de sus manos: La única finalidad de la vida es crecer. La lección última és aprender a amar y a ser amados incondicionalmente Enrique GALÁN