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19 de junio de 1998 ABC literario Novela Habíame, musa, de aquel varón Dulce Chacón Plaza Janes. Barcelona, 1998. 169 páginas, 2.300 pesetas E S ésta la tercera novela de la escritora extremeña Dulce Chacón (1954) quien inició su carrera literaria desde la poesía: Querrán ponerle nombre (1992) Las palabras de la piedra (1993) y Contra el desprestigio de la altura (premio de Poesía Ciudad de Irún, 1995) La secuencia de publicación anual de sus tres primeras novelas: Algún amor que no mate (1996) y Blanca vuela (1997) junto a la que hoy comentamos, una trilogía sobre el tema de la huida, puede inducir a una cierta precipitación. En realidad, en esta obra la autora busca plantear dos huidas paralelas de distinto signo, ambas teñidas por rasgos de sentimentalidad. La primera parte de la obra desarrolla una historia triangular de escasa entidad, artificiosa y poco convincente, dado el desarrollo de la trama. Advertiremos, ya hacia el final de la novela, que ha servido como introducción a otra narración paralela: la de la emigración clandestina marroquí y argelina a España, el racismo asesino que aquí quedará impune. No era sencillo ensamblar las historias. Y los costurones resultan más que evidentes. Chacón acierta abiertamente en la segunda parte, por desgracia la más breve; porque sabe, desde una perspectiva femenina y sensible, hacer patentes los sentimientos y la trágica historia de la dulce Aisha, empleada, junto a su marido, en el cortijo de Aguamarina, la residencia de un productor de cine, uno de los vértices del triángulo amoroso. Sin embargo, pese a la tan positiva Matilde, el eje principal del relato, deslumbradora por su exquisita belleza, inteligente y sensible, culta sin exceso, intuitiva, discreta, valiente y sentimental, no resulta del todo plausible la amistad y la confianza que se establece entre ambas. escenas siempre protagonizadas por Matilde. Las reacciones de Adrián, quien comparte la cama de su deseada esposa, a cambio de que, cual Sherezadhe, ésta se limite a irle contando la azarosa peripecia de Aisha, hasta dormirse, resultan tan ingenuas como pueriles. La novelista ha elegido como voz narradora la del marido, siempre forzada, quien confiesa, mientras lee la cruel carta de despedida de su esposa, que la amaste porque era hermosa. No habías necesitado conocerla para amarla No debe, pues, extrañarse de que su mujer elija al atractivo productor de cine que ha de resultar, además de soltero y sin compromiso, delicado en las relaciones, respetuoso y atento a los mínimos deseos de la dama. Aumenta la acción de la novela con la fiesta en la playa, en la que Aisha y sus compañeros no acaban de integrarse, y la sombría irrupción de los ultras que asesinan, con el inexplicable odio que caracteriza a los violentos racistas, a las dos parejas norteafricanas. Adrián escribirá su historia tras el perí- odo de duelo según el rito musulmán. El texto está contrapunteado por fragmentos de poemas de Adonis. La obra viene a demostrarnos que el tema de los inmigrantes, la tragedia real de las pateras y de la clandestinidad en el trabajo puede constituir una poderosa fuente de inspiración novelesca, aquí tan sólo parcialmente desvelada. Joaquín MARCO Humor Memorias del marqués de Sotoancho Alfonso Ussía Ediciones B. Barcelona, 1998. 230 páginas, 2.500 pesetas O sabemos si los fangos tóxicos de Bolidén habrán llegado a las aguas del Guadalmacín, que fluye como la vida sin remolinos por la finca del marqués de Sotoancho. Ya nos contará, cuando saque el segundo tomo. Los años de lluvias son buenos para la cosecha de la remolacha, lo que equivale a buen humor, y es de esperar que por fin haya contraído matrimonio a sus sesenta y tantos años, o al menos haya conseguido preñar a alguna plebeya con ayuda de Viagra. Por perpetuar la raza, más que nada. El marqués no es como uno de esos personajes de Lampedusa que ven con estupor cómo su mundo se desmorona, porque su mundo sigue igual que siempre, salvo por pequeños trastornos eventuales. Por otra parte, hay. que cuidarse de confundir a un rancio aristócrata de la baja Andalucía con un señorito jerezano, aunque a primera vista pudieran existir semejanzas, sobre todo en esa dicción de boca bisbiseante que llega a producir el consumo de vinos finos. Pero lo que en uno es un sentido de la prepotencia mamada en la bodega, en el otro es un sentido natural de la autoridad heredada desde si- N Pero el mundo, apenas entrevisto, de las dificultades de los marginados norteafricanos, viviendo sin papeles, reuniéndose en secreto para hurtarse a la expulsión de las autoridades, la nostalgia por sus costumbres, constituyen las mejores páginas de la novela. Si la autora hubiera ampliado esta zona y hubiera dejado para mejor ocasión los desamores de una pareja vulgar que, tras dos años de matrimonio, acaba en fracaso, habría conseguido una novela de mucho mayor impacto. Pero los desaciertos de Adrián, un marido que pretende ser guionista de cine, deslumbrado por el dinero que ha de reportarle, diseñado como un ser tímido, de escasas luces en el trato, infantil y plano en sus reacciones dan, tal y como se exponen, para muy poco. La figura tópica de Ulises, el productor, se manifiesta tan interesado por el guión de una película- aunque sospechemos que es la excusa para llegar hasta Matilde- que se muestra capaz de abandonarlo todo y pasarse dos meses en su cortijo de Aguamarina, acompañado por el posible director de cine y coguionista y su antipática mujer (una clásica figura de perversa según los queridos filmes melodramáticos de Bette Davis) Chacón enlaza el nombre de Ulises con la simbología de la Odisea y la novela de Joyce. De este ensamblaje nacerá un guión que se transcribe en parte. El único rasgo de lucidez del productor será renunciar al proyecto, porque el desarrollo de la trama amorosa es pueril y poco convincente. Las escenas de la cueva marina y el primer beso no dejan lugar a dudas sobre la filiación rosa del relato, a lo Concha Espina; pese a que se insista en la sensualidad en algunas glos, que permite imponer la jerarquía sin perder una confraternización familiar con el vasallaje. Ussía, que posee una pluma ágil, chispeante y puñetera, cuando no se pierde en Inflamados arrebatos pasionales a los que le lleva su afición por la política, ofrece lo mejor de su talento cuando nos brinda su facilidad para la ironía y su reconocida capacidad satírica. Se encuentra a sus anchas cuando disecclona con elegancia las vetas de la sociedad que mejor conoce, tan dominada tantas veces por esnobismos, prejuicios y cursilerías. Como escritor es un poco esa oveja negra, el chico díscolo que suele aparecer en las mejores familias, pero al que todo se le perdona porque en el fondo es un pedazo de pan, guapo y simpaticen. Los avatares de la vida del marqués están retratados con cariño, hasta con cierta complicidad con un universo de rara fauna en extinción, ensimismada en un mundo cerrado de autocomplacencla. Ajeno a la vorágine y a la iniquidad del exterior, aferrado a unos valores inertes, que aún en su conservadurismo terrenal permiten que florezcan sentimientos liberales en el buen sentido. El hombre es de escasas luces, lo cual no impide que tenga sus inquietudes. Disfruta siendo quien es y del patrimonio que ha recibido, sin avergonzarse de la dependencia que tiene hacia su anciana madre, con la que convive en tensa y amorosa armonía. Mira la sociedad que le rodea con interés y distancia, y reflexiona midiendo las cosas por el rasero de sus valores ancestrales. Lo suyo no es tanto una torre de marfil como unas lindes que rodean el microcosmos inexpugnable de su existencia no exenta de pequeños dramas, como la muerte de Lady Di. El mérito de Ussía es lograr que una aparente vida anodina acabe siendo una sucesión desternillante de episodios en los que el marqués convierte en trascendentales acontecimientos sus pequeñas peripecias. Todo un ejercicio de estilo eñ búsqueda de la sustancia eterna de la clase ociosa. Sotoancho no es un resto parasitario de un pasado próximo a extinguirse por la modernidad de las costumbres y los acuerdos internacionales. Es el último rebelde que se resiste a la mediocridad de los usos comunes. Un héroe, al fin y al cabo, de una cultura marginal. Jorge BERLANGA 15