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Primepa wSsím LAfiUBIRA U DÉLAS CIENCIAS NA áspera polémica enfrenta últimamente a algunos científicos con sociólogos de ciertas escuelas; es ta llamada guen- a de ias ciencias (de la sociedad y la naturaleza) A primera vista podría parecer una simple querella entre gremios, tan sólo una escaramuza en la pugna de dos grupos por demostrar quién debe tener mayor prominencia social. Pero es mucho más que eso. Se trata en realidad de un episodio bien expresivo de la tensión entre ta Modernidad y sus críticos, como muesfra la alineación de hipermodemos y posmodemos en los bandos más extremos del debate. El eje de la discusión es el valor que se ddse dar at conocimiento científico- o al conocimiento huniano en general- y a la objetividad de las concepcicaies del mundo. O sea, que se ocupa de cuestiones tdes como si es o no posible hacer afirmaciones seguras o llegar a principios éticos de aceptación universal. l. as respuestas que demos a esas preguntas y a otras parecidas van a condicionar ta cultura del XXI. Es mucho, pues, lo que va en el envite. La cosa empezó cuando sociólogos de algunas escuelas, sobre todo de Edimburgo, empezaron a propagar la nueva de que el conocimiento científico no es más que un convenio entre colegas, un simple constructo cultural que det 3 e abandonar cualquier pretensión de objetividad. La ciencia sería tan sólo un sistema comunal de creencias con mucha menos base que lo que se suele suponer. Un adalid de esta idea es Andrew Pickering, quien en su libro sobre los físicos de partículas eiar ntales Constructing quarics dice de nrKJdo provocativo: Al formarse una visión del mundo, nadie está obligado a tener en cuentatoque dice la dencía del stgb XX Algunos científicos responden airados, convencidos de que la ciencia busca y encuentra verdades que son objetivas porque se pueden comprobar en cualquier momertto medíante e qserimerrtos reproducibles por otras personas y sometidos a toda clase de críticas y controles. Alejados de los dos extremos, muchos de ellos (y también otros sociólogos) admiten que la ciencia no puede explicarlo todo, pero sí están convencidos de que ofrece verdades últimas, si bien parciales, sobre el mundo. Aunque nunca se llegue a enunciar algo qué pueda llamarse la verdad del universo- o sea, la teoría final y definitiva que lo explique todo- la cantidad de cosas que sabemos objetivamente sobre la nrateria, fa vida o el hombre aumenta sin cesar. Se trata de verdades que permanecen ya establecidas de modo objetivo, ¿Alguien puede dudar de que las, leyes de Newton describen el comportsmiento real de los planetas o de que los cromosomas con- tienen la molécula de la herencia biológica? Es cierto que la ciencia es una empresa humana, imperfecta e incluso falible y que tiene sus aspectos patológicos- debidos a lo difícil que es entender cómo se comporta la materia o a condicionamientos socioculturales- Pero to que ignoran quienes la ven como un mero constructo cultural es que el método científico impone un sistema colectivo de control que acaba detectando y eliminando los errores o los convenios sin fundamento. Gracias a ello, ta comunidad de los científicos llega a ser más objetiva y fiable que cada uno de sus miembros. Nótese que el eterna incluye, en particular, ia repetición de los e) rimentos y el análisis de ias teorías por parte de investigadores de las escuelas rivales y hasta enemigas. Asf se explica el acuerdo tan atto que se llega a alcanzar sofcire las leyes de la naturaleza, incluso entre quienes habían partido de opinbnes muy distintas. Los partidarios de ta ciencia como mero convenio cultural forman un conglomerado que incluye a posmodernos y a p r o f e de la inseguridad ética, del reta isnru o del pensamiento débil. Desde esas premisas se llega sin s t l o a ia actitud deprimida de quienes no creen que podamos fiamos de ninguna de nuestras afirmaciones ni hacer pronunciamientos éticos independientes de las particularidades culturales. El sistema heredado de ta Ilustración se basa en que sí podemos hacer tales cosas. Por ello, las actitudes débiles de ese tipo ponen en peligro mucho de lo que la Modernidad tiene de irrenunciabte; por ejemplo, los derectios humanos, la libertad de opinión y de pensamiento; o sea, la base de ia d TKKracia Hay que actuar de otra nnanera. Es cierto que la ciencia del XIX y la primera mitad del XX fue extrapolada con frecuencia hacia una visión excluyente de otras aproximaciones a la realidad, como el arte, ta literatura o lafilosofía, con un peligroso deslizamiento hacia un mundo donde el hombre se siente extraño. Ocurrió así por dos motivos: el supeditar todas las facultades mentales al razonamiento lógico (el sueño de ia hipótesis fuerte de la Inteligencia Mficial) y la visión lineal, mecánica y previsible de la historia, establecida por el éxito de ta dinámica newtoniana (pensemos en el marxismo o en los colonialismos) Necesitamos vivir tos ideales de la Ilustración de una manera más consciente y auténtica, y eso pasa por repensar el papel de la ciencia en el mundo de hoy. Para ello se requiere hacer un ejercicio de sutileza, mientras que negar objetividad al satjer cáenlffico es cosa bien tosca e infundada. No es el camino a seguir, porque no lleva a ninguna parte. Mejor dicho, sí lleva, pero a donde nadie querría estar. Antonio FERNÁNPEZ- RAÑADA