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A B C literario Bajo! a máscara de la inocencia se pueden esconder, en ocasiones, tanto la maldad como el simple goce de existir. La soledad o la plenitud. La alegría, el juego, el desengaño. Tal vez por eso, Elvira Lindo ha decidido bucear en! a inocencia en su primera novela, El otro barrio (Ollero Ramos) Manoiito Gafotas, su creación más popuiar, se retira del escenario y en su lugar asoma Ramón Fortuna, huérfano de ferroviario, hijo único perfecto de unas vecinas sin hijos que resulta ser un joven sin piedad 27 de marzo de 1998 Ramón Fortuna! e tiene dicho su abogado que no Ina ble de! asunto con nadie que no sea él o la psicóloga o el asistente social que a diario da un golpecito en la puerta, asoma la cabeza, y pregunta, qué tal, Ramón, cómo lo llevas. Pero a Ramón Fortuna le sobran ya esos consejos, ha aprendido a medir sus palabras, a años luz está de aquel Ramón Fortuna al que iVlarceio Román, su abogado, dijo: Chico, tú eres un imbécil Eso en su momento le violentó, la verdad, pero ahora, viéndolo todo tan clai- o, sintiendo como si alguien hubiera encendido por fin la luz en su mente, Ramón Fortuna piensa, es verdad, era un imbécil, ahora soy un tío con misterio, con una historia a mis espaldas y un pasado que ocultar, eso no lo puede decir cualquiera. Ha pasado menos de un mes desde que conoció a Marcelo pero para Ramón han pasado muchos años, más correcto sería decir que ha vuelto a nacer. Nada que ver con aquel chico de la calle Payaso Fofo, huérfano muy temprano de un ferroviario, pero lo menos parecido a un huérfano de Díckens, rodeado de madres, la de verdad y las postizas, su hermana y las dos vecinas de abajo, las Eche- por Echevarría- Todas amparando al que casi no conoció a su padre, supliendo la falta, algodonándole. Hijo único, con una hermana quince años mayor que él, hijo único de unas vecinas sin hijos, de una madre viuda: hijo único por los cuatro costados. Dónde queda aquel Ramón Fortuna ai que las madres planchaban e ¡traje del Rayo para que fuera como un hincha impecable a e a su equipo. r Ramón ¡es decía adiós desde la esquina a aquellas ocho manos maternales que asomaban por las ventanas del tercero y el cuarto, que hacían lo imposible porque creciera feliz, aunque era fácil porque la verdad es que tuvieron mucha suerte con él. ¿Qué chaval de hoy se acerca después del partido, vestido de hincha aún, a la pastelería a comprar dos bandejas de bartolillos para el postre de sus mujeres? Ese chaval sólo podía llamarse Ramón Fortuna, o Mamón, como le bromeaban sus amigos de verle tan atendido y tan atento. Y era verdad, Mamón, Mamón, así hubieran tenido que registrarle el día que nació. Mamón de ocho pechos para una infancia que, de no ser por lo que ocurrió, no se hubiera acabado nunca. Pero todo esto no quiere decir que él estuviera exactamente incómodo en esa inmensa cuna que le había regalado la vida, aunque ahora re 26 Elvira Lindo publica su primera novela EL OTRO BARRIO cuerda, cuando ya es otro Ramón, que alguna vez se sintió distinto al resto de sus amigos. Alguna vez como la de aquellos carnavales del año pasado, en los que enfundado en el perfecto disfraz de Eduardo Manostljeras que le habían confeccionado las Eche, y abrazado a Valentín y al gordo de Minnesota, tuvo la sensación de tocar por fin el futuro, la gloria, el centro de la Tierra. Lo sentía mientras avanzaba en aquella procesión humana y desmadrada que subía una Avenida de la Albufera sin tráfico. Todos del mismo barrio, del mismo equipo y cantando a voces aquel himno a la solidaridad local: Somos del Puente Vallecas, no nos metemos con nadie, quien se meta con nosotros, ¡aupa! Nos cagamos en su padre. Ei mundo era armónico para Ramón en aquel momento, hasta que en la esquina, su esquina, la del Pa yaso Fofo con la avenida, descubrió entre el público a las cuatro hembras de sus ojos, que ie saludaban enternecidas, con esa sonrisa que se dedica a los niños cuando hacen una travesura perdonable. A Ramón se le heló! a canción en los labios, pero venció la ligera incomodidad interior para saludarlas con su mano- tijera, y volvió a su verdadera naturaleza, la de huérfano de por vida, hijo postumo, niño eterno, aunque a principios de año fuera a cumplir ya dieciséis años. Su descenso al lado salvaje de la vida había durado menos que un viaje en ascensor. Nunca hubiera hablado con nadie de estas cosas de no ser porque ahora el nuevo Ramón tiene una sesión diaria con la psicóloga, otra con el asistente social, y las visitas de su madre, su hermana, y una de las Eche, porque la segunda Eche, la segunda Eche ya no está entre nosotros. Todos quieren saber dónde estuvo ese fallo terrible que fue alimentando en este pobre chico una personalidad asesina y vengativa, en qué momento aquella personalidad armoniosa se desdobló y fue criando en el más absoluto de los secretos a otro Ramón que carecía de piedad alguna. D E tanto rebuscar en el pasado, Ramón ha descubierto lo que jamás creyó sentir, lo que nunca hubiera sospechado: que fue un niño infeliz, abrumado por la sobreprotección, castrado por falta de referentes masculinos y acomplejado por el tamaño de su pene (se ha acostumbrado a llamario así de tanto hablar con la psicóloga, no le parece lógico decir polla delante de ella) ¿Hay algo en tu cuerpo que no te guste, Ramón? -Bueno, como a todo el mundo. Es que no creo que tenga importancia para usted. -Para mí todo lo que me cuentes tiene importancia. -Quiero decir que no me parece normal contarle a nadie... -Tampoco se puede decir que esta situación en la que nos encontramos sea muy normal, ¿no crees, Ramón? No, no es normal, no es normal esta nueva vida en la que todo el mundo le pregunta aquello que él nunca se preguntó a sí mismo. Elvira LINDO