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kiiC literario Greg orio M a r a ñ ó n escribe a Pío Baroja 27 de marzo de 1998 AMIGO BAROJA Hoy viernes se cumplen treinta y ocho años de amistad cómplice y profunda que cuajó en la muerte de Gregorio Marañón. En este 98 en una correspondencia de la que ofrecemos una el que tanto y a tantos se homenajea, la significativa muestra. Al tiempo, Francisco Marañón efeméride sirve para recordar la relación que Pérez Gutiérrez analiza cómo La busca admiró y quiso al autor de unió al ensayista con Pío Baroja. Una A NTES que a la generación del 98, Pío Baroja pertene. cía, a juicio de Marañón, a una singular categoría entre sus españoles predilectos: la de aquellos en cuyos libros iiabía aprendido a leer Era un grupo nutrido y diverso, pero todos ellos convenían en la auténtica debilidad que por ellos sintió desde sus años de adolescente. Es probable que el nombre de Baroja le llegara muy pronto, como el de algunos de sus compañeros de promoción, cuando aún eran jóvenes y apenas empezaban a ser conocidos. Por sus respectivos epistolarios nos consta que Galdós y Menéndez Pelayo sabían ya quiénes eran, recibían sus primeros títulos, y seguramente los comentaban delante del jovencísimo Gregorio en la tertulia madrileña de don Manuel Marañón o en las tardes veraniegas en el jardín de San Quintín, en Santander. De los hombres del 98 alcanzaría a tratar a tres de ellos: Unamuno, Azorín y Baroja. A Unamuno llegó a considerario como un padre. A estos otros dos los admiró y los quiso cálidamente. De los tres, como de todos los de su generación, repetiría Marañón que habían sido hombres no sólo de inmaculado desinterés, sino de intachable gravedad de conducta En su relación con don Pío, prolongada hasta los últimos instantes de su vida, se trasluce además una especie de ternura. No sabemos en qué preciso momento se conocieron. El primer intercambio epistolar que se conserva entre ellos está fechado en 1931. Un artículo de Baroja da pie a Marañón a que le escriba a propósito de un personaje singular (el hermano Juan aludido por aquél, y Baroja le agradece su carta. Ambos textos permiten suponer, por su tono de familiaridad, que ya se trataban. Pero la asiduidad de su relación debió de establecerse con ocasión de la elección de don Pío como académico. De hecho, Baroja creía recordar muchos años después que había visto por primera vez ai doctor cuando lo de la Academia así se io dijo a Marino Gómez- Santos. Marañón apoyó 24 aquélla incondicionalmente y procuró desvanecer algunas suspicacias del novelista. Dentro de la Docta Casa parece que no había habido oposición determinada a la elección. Fuera, en cambio, habían surgido voces, en concreto de algunos jóvenes ateneístas que acusaban a Baroja de traición a lo que se consideraba su fisonomía literaria antiacadémica y populista Un poco más adelante- agosto del 34- le pone unas letras desde su lugar de veraneo en las Landas: Si tengo una tarde libre le iré a hacer una visita, pues no conozco su casa... Y concluye: ¿Y su discurso? Es probable que adivinara los apuros del escritor en el trance de pergeñar una prosa académica Efectivamente, en carta del 1 de septiembre desde Vera le contará que se ha puesto a escribir dos discursos: uno erudito y otro... bajoriano Se decidirá por el segundo. Eso sí; quería que le contestara don Gregorio. Se lo había indicado ya en carta de junio. Y se lo había sugerido su amigo Azorín. Aparte de las numerosas referencias al escritor vasco a lo largo de su obra, Marañón se ocuparía de él en tres ocasiones: en 1934, al contestar a su discurso de recepción en la Real Academia Española; en un artículo de 1937, desde el exilio, publicado en La Nación de Buenos Aires; y en otro titulado Extraño mundo después de una última visita a Itzea, en 1954. Son páginas que merece la pena releer, por su lucidez y por su emoción. El discurso se pronuncia el 11 de mayo de 1935, y la fecha vuelve comprensible que el hombre del café como le llama Marañón, se sintiera alertado por io que bien podía interpretarse como apostasía de Baroja, no sólo a su antiacademicismo, sino incluso a su condición de escritor anarquista de insobornable individualismo. Pero no había nada que temer. Baroja, bajo su frac, seguía siendo el escritor de la calle el gran escritor para el pueblo. El escritor de estilo sencillo, humilde y descuidado superior en sus diálogos incluso a Galdós, inimitable en el ritmo invisible de la prosa. Pesimista como todos sus compañeros de generación, pero no antipatriota, sino todo lo contrario, con el patriotismo áspero y exigente de un Gajal. Y por encima de todo, fiel a sí mismo. Y A tenemos a don Pío de flamante académico, asiduo al principio de las sesiones de los jueves, pero que muy pronto dejaría de asistir a ellas por una doble razón: a su madre se le hacía duro no esperarte a cenar, y a él hacer en soledad su cena. Lo cuenta Pérez Perrero en su insuperada biografía. Pero no dejaba de interesarse por asuntos académicos, sobre todo si tenían que ver con amigos que admiraba. Del 7 de junio de 1935, a menos de un mes desde su ingreso en la Academia, se ha conservado una carta a Marañón que tiene su gracia y no disimula algún toque socarrón. Le comenta al doctor las razones dadas por Ortega para su negativa a aceptar ser elegido académico. Ignoramos lo que aquél le escribiera al remitirle la carta del amigo común. Pero es sabida la también común admiración de ambos por él, sin menoscabo de los peros que J sistimos a la decadencia física de Baroja en la alteración progresiva de su hermosa letra, menuda y regular. Dentro de unos días cumplo 82 años- le escribe en su última misiva, del 20 de febrero de 1955- y la memoria y la imaginación se pierden en el aire como el humo del tabaco Baroja le pondría a Ortega en sus Memorias. En cuanto al filósofo, no le gustaban las Academias, por más que le gustaran algunos, pocos, de los académicos. En este epistolario tan discontinuo, la última carta conservada de Marañón corresponde a junio de 1936. Acababa de leer la última novela de Baroja, El cura de Monleón Le ha impresionado el despertar tardío a la vida del protagonista; pero la descripción barojiana del trasfondo social le devuelve a la realidad española: frente a los beligerantes irracionales, Baroja se cuenta entre la minoría de los que conservan libre su conciencia. Las peregrinaciones de don Pío desde el comienzo de la guerra civil, de Vera a París, de París a Basilea, de Basilea a Vera, y de nuevo de Vera a París, hasta su regreso definitivo a España, nos fueron relatadas minuciosamente por Pérez Perrero, por Julio Caro Baroja y por Gómez- Santos. En las cartas supervivientes de don Pío a Marañón podemos identificar las inquietudes y hasta las hambres de quien sólo se sentía en su casa en Vera o en Madrid. Se conservan dos cartas de Baroja, desde Basilea, a donde había acudido invitado por su amigo de los viejos tiempos, el escritor suizo Paul en busca de alguna posibilidad de colaboración en periódicos. Dirigidas a Marañón, que reside desde principios de 1937 en París, tienen fecha de junio y julio del mismo año y expresan el desaliento del escritor que no puede escribir con la indiferencia que él quiere frente a las pasiones extremas desatadas por la guerra civil y sus ecos en Europa. Ya está pensando en regresar a España, debatiéndose entre el temor a la censura aquí o seguir viviendo un tanto miserablemente allí, al tiempo que enumera sus calamidades físicas. Nos conmueve la queja, tan barojiana del hambre que pasa: El estómago anda mal. Desde hace un año come uno muy mal Se han perdido las cartas correspondientes de Marañón, expresamente aludidas por el novelista. Desconcertado y sin poder hacer