Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Primera palalipa HILSOS 15 N espectro recorre el mundo del arte: la obra falsa, ta tela o la talla o la tabla tramposa que finge ser de quien no es. En ocasiones, los falsos parecen cebarse en determinados pintores. Por ejemplo, en Rembrandt, o por ejemplo, tam- bien, en Van Gogh. Estas plétoras falsarias no dependen sólo de la oferta, quiero decir, del número de manos inclinadas a dar gato por liebre. En igual o mayor medida, la crecida de ios falsos reconocidos, o de los cuadros presuntamente auténticos y puestos luego en tela de juicio, depende deja demanda. O sea, de la disposición de los contemporáneos a amusgar tos ojos y. rectificár la imagen recibida de un estilo o un, pintor La prueba más dramática ríos ja ofrece la célebre Comisión Rembrandt, fundada en 1968. La Comisión, entró a saco en el legado histórico de Rembrandt y lo sometió a una cura de adelgazamiento, de resultas de la cual el holandés se quedó en los huesos. Fue descaliffcado el Hombre con el yelmo dorado de Berlín. Se fue también por el desaguadero Eí jinete por laco de ta colección Frick, atribuido contra todo pronóstico a Wiilem Drost. Pareció que Rembrandt iba a reducirse a ta raíz cuadrada de Rembrandt. Y luego, dé repente, tras la sístole, vino otra vez la diástoie. En 1993 se produjo un cambio en la cúpula de ia Comisión, asumió e! rnándo Ernst van de. Wetering, y encoritraron el camino de vuelta muchos de los Rembrandt a tos que ia Comisión había enseñado previamente el portante. El jinete polaco ha sido rescatado de nuevo hace unos meses; con todos los honores. La Comisión afirmó que la factura dei lienzo era un poco rápida, y que eso ia había desconcertado. Pero el cuadro es un Rembrandt, un Rembrandt de cajón. ¿Cabe deducir algo de este episodio? Sí. Es lícito llegar a la misma conclusión que Gary cada generación se forja sus propias ideas, con las que, retrospectivamente, recrea a tos pintores pretéritos. Si hay documentos de por medio, bueno. Si no los hay, vale más tentai- se la ropa y confiar en el ojo y el instinto. Ni el análisis dendrocroriológico, ni los rayos X, ni las restantes eutrapelias técnicas, son puerto seguro. No sin ieron, en entreguerras, para detectar ios patéticos vermeer que había pergeñado Van Meegeren. Los expertos confiaron en su ciencia más que en su gusto, y salieron trasquilados. U tante, es La jarra con catorce girasoles adquirido por la compañía Yasuda en 1987 por casi 25 millones de libras. ¿Es o no es de Van Gogh el lienzo? El que se atreva a oficiar de Sherlock Holmes no saldrá del laberinto. Van Gogh sacaba réplicas de sus cuadros: Van Gogh hablaba de ellos en su correspondencia, con frecuencia alta aunque no infaliblemente; además, fue falsificado por sus amigos y protectores, sobre soportes de la época y en el estilo natural de la época. La lista de posibles falsarios de Van Gogh es pintoresca: incluye a Schuffenecker- coleccionista y pintor fracasado- al doctor Gachet a Duret- un crítico- a Murer un pastelero aficionado al arte- a Gérard- una disGípuia de Gauguin- e incluso, a una dama indigente llamada Blanche Derousse, á ta que el excéntrico Gachet, en sus ratos libres, enseñaba a pintar. Añádase a esto que Van Gogh no vendió en su vida arriba de dos o tres cuadros, y que por tanto no existen documentos de compraventa, y podrán hacerse una idea de lo intrincado de la madeja. ¿Qué hacer entonces? La mejor receta, agotadas las evidencias objetivas, es acudir a ia gente del oficio. O sea, a los pintores. Tal vez no acierten a identificar con exactitud la autoría de la pieza, pero sabrán distinguir, desde luego, entre las que son buenas y las que son malas. Inspira más confianza esta modesta aproximación que tas especulaciones bizantinas de tos expertos, basadas en reflexiones tales como el tamaño de los lienzos, su historia individual- Van Dorn ha defendido la autenticidad de la Arlésienne del d Orsay argumentando que su estado defectuoso deriva de que fue enrollada en un paraguas con el fin de sacarla de ta Alemania de Hitler- o incluso el atuendo de las personas efigiadas. Una última observación: no nos obsesionaría si ta firma que adorna un cuadro es o no genuina, si este hecho no tuviera una contrapartida económica. El valor en dinero de la obra X, por excelente que X sea, se reduce a la décima parte si, en lugar de ser de Van Gogh, no es de Van Gogh. ¿Cuál es la dimensión estética de esto? Cero. Por una vez, tiene razón Duchamp. Existe un fetichismo del arte, que se paga en monedas contantes y sonantes. La famosa taza de urinario de Duchamp, por cierto, no es la original. La original se perdió, y lo que vemos es otra pieza de la misma serie industrial. ¿Cuánto pagaría el museo de Füadelfia por ta verdadera prístina e indistinguible que, con toda seguridad, acabó en una escombrera? Lo resbaladizo del terreno ha vuelto a ponerse de manifiesto a propósito de Van Gogh. El caballo de batalla, en este ins- Alvaro DELGADO- GAL