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A B C literario Novela 27 de febrero de 1998 Relatos Si tú supieras Antonio Gómez Rufo Ficcionario. Barcelona, 1997. 173 páginas, 2.200 pesetas ASÍ como no es casual que puje por salir en la novela la variante de ia historia de amor o desamor oficial, de encuentros y desencuentros situados en la otra orilla, que lleve años apareciendo entre anecdóticas insinuaciones que no la hacían explícita y, sin embargo, la fueron propagando como tópico antes de admitirla como argumento despegado de io establecido, sí lo es que en los últimos meses coincidan en el mercado diferentes versiones de esa variante, dos de ellas dignas de mención por regalar al lector dos buenos argumentos y dos grandes razones para no pasar desapercibidas. La primera: que el amor no es sólo un motivo más de los muchos que frecuenta la novela actual, sino el eje sobre el que giran los personajes y sus circunstancias. La segunda: las protagonistas son ellas -como ellos lo fueron para Puig o Bayly- mujeres que aman, que sienten la culpa de un orden no admitido, que lo pierden... lo que no debería constituir noticia cuando se trata del amor y de su única regla: amar. Pero lo fue Con la miel en los labios de Esther Tusquets, y lo es ahora en esta última entrega de Antonio Gómez Rufo. Y entre ambas, muy diferentes, la curiosa coincidencia de una protagonista llamada Andrea en el escenario urbano de la Barcelona contemporánea. Aunque si lo mejor de aquélla era el inteligente y sutil modo de encuadrar esa historia de acontecimientos íntimos en el marco de un grupo de universitarios de aquel tiempo en que la libertad era un secreto y un anhelo, lo mejor de ésta es el primer plano de una mujer herida discurriendo sobre ios detalles de su desamor y su desamparo, en un tiempo de libertades ya conquistadas y de deseos que siguen siendo un secreto y un anhelo. Ya en los más de diez años que lleva este escritor (Madrid, 1954) entregado a la narrativa, otras mujeres corroboraron su capacidad para recrear con mimo el perfil emocional fea casos como el de Andrea, io consigue: no sólo un relato desmitificador y veraz de esa realidad acotada por condiciones que le impiden manifestar lo que a este lado es la evidencia de sentimientos fáciles, aunque contradictorios. También logra calar en todos los matices de una historia realista, de gestos humanos y situaciones reales. Y entregarnos una versión sencilla y sin acentos graves, cuidada y exigente con cada pormenor de los que ambientan el clima interior de la protagonista, y con la construcción de una trama difícil de mantener y solucionar sin caer en la recreación de situaciones tipificadas, por conocidas. El olivo y el acebuche Vincenzo Consolo Traduc. de J. C. Gentile. Muchnik, 1997 179 páginas, 1.800 pesetas C El autor logra calar en los matices de una historia realista. Y entregamos una versión cuidada y exigente con cada pormenor de los que ambientan el clima interior de la protagonista menino, pero pocas tan bien definidas como Lin Lizhou o esta Andrea, a quien corresponde la expresión inacabada de ese Si tú supieras paralela a la que en su día pronunciaron los versos de Cernuda cuando hablaron de Los placeres prohibidos y acabaron la frase con un si el hombre pudiera decir lo que ama Así este argumento busca atender únicamente a ese personaje a quien se le han dado pocas oportunidades de expresar desde ella misma cómo se siente el otro lado en una historia que siempre es la misma. Y, sin desatender la geografía social, humana y urbana de esa Barcelona que se presta como escenario indiferente 14 y no por ello menos verdaderas. Cierto que son tópicas las circunstancias que Informan la vida de Andrea: esas rarezas de la adolescencia que se insinúan en ninguna atención prestada a los chicos, unos padres que la confunden con sus prejuicios, el rechazo social, el deseo de ser otra, la soledad como imposición para no registrar más culpas en un inventario de razones privadas. Pero no lo es la forma en que se aborda esta variante del fracaso. Andrea andando la noche por las calles de Barcelona al tiempo que desanda una historia reciente y de la que no acaba de salir. Caminando le da nuevas oportunidades al recuerdo de Carmen, a las señales que desde el principio anunciaban el final, a su sometimiento a una pasión resuelta en dos noches por semana y discutida con las circunstancias de esa mujer casada y con dos hijos. Andando va dilatando las horas con la intensidad de los recuerdos vividos, sólo unos meses que duraron siglos. Y sola avanza hacia la madrugada, deshilvanando un pasado que guarda relación con sus sentidos, no con su memoria. Así se va haciendo su relato, con la complicidad de otra voz que es la que pone acotaciones a su estado; nos sitúa en el azul de la noche y la penumbra el color de su vida; y se acompasa a los tonos y los tiempos de ese paseo que es acción simulada, no para arrastrar rencor por haber amado, sino para buscarse en la dirección de sus sentimientos diciéndose cosas que nunca se dijo. Pilar CASTRO OMO quien lanza una y otra vez los dados, Vincenzo Consolo (Sant Agata di Militello, 1933) anota los resultados dispares de sus tiros. Como quien busca, sin lograrlo, el ansiado quinteto de ases, este escritor, considerado uno de los mejores de su natal Sicilia, se enfrasca en un viaje literario que (como se anuncia en la solapa del libro) no es ni ensayo ni novela; ni cuento y sólo vestigios de poesía, agrego yo. A pesar de estar editado en la colección Pensamiento de Muchnik, El olivo... que agota porque parece escrito de espaldas mientras se sube una escalera de caracol, tampoco encaja en tan marcada definición. Después de subir hasta El olivo el lector debe, sin el consuelo de Consolo, bajar, también de espaldas y corriendo, las mismas escaleras, hasta encontrarse con el otro extremo de la metáfora: El acebuche En el trayecto hallará 17 capítulos, discursos interruptus alegorías, o como mejor les parezca, agrupados en un collage impresionista y amargo. Utilizando a discreción la primera, segunda y tercera persona, además del narrador omnisciente, estos relatos que no lo son, no obstante, narran, queriendo abarcar casi todo un pasado visto con añoranza desde estas páginas, en las cuales Ulises (emblema del eterno retorno) Pausanias, Empédocles, Goethe y los Cíclopes, Pirandello, D Annunzio, Píndaro, Eliot, Virgilio, Caravaggio (uno de los retazos más logrados en este retablo) se confunden los unos contra los otros en lugares que alcanzan un protagonismo por encima de la anécdota. El pasado es el verdadero protagonista de este melancólico enredo. El pasado visto desde sí mismo, desde el presente, pero sin futuro. No es un libro mal escrito. Las imágenes suelen ser logradas y, por instantes, alcanzan belleza y brillo. Pero es un libro incómodo para el lector; tan complicada es su lectura como el esfuerzo que hacemos por interpretar las caprichosas formas de un caleidoscopio. Al final se infiere, con cierta vaguedad, que ha estado dando vueltas por el mito de la serpiente mordiéndose la cola y que ahora se apura por engullir la historia del hombre, o peor: la historia de la cultura del hombre que no sabe vivir en el aquí y ahora y que piensa, dolor para él, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Consolo, de 64 años, debutó a los 30 con La ferita deH aprile No podemos decir que su obra sea extensa, ya que se dio a conocer en 1976 con II sorriso dell lgnoto marínalo y, hasta la presente edición, suman siete los libros publicados. En 1992 ganó el premio Strega con De noche, casa por casa cuya edición española, en 1993, también estuvo a cargo de Muchnik. Lo que sí queda demostrado en este libro es que Consolo conoce la cultura, tanto local como universal, y la emplea a fondo. De entrada- en el título- se aprecia que maneja muy bien los símbolos y con ellos intenta dar por sentado el contraste entre el bien y el mal. Este esfuerzo, a mi entender, y a pesar del lirismo innegable de algunos pasajes, queda muy por debajo de las intenciones del autor y de las expectativas que pueda despertar con la sugerente y a veces socorrida motivación mitológica. María Elena CRUZ VÁRELA