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20 de febrero de 1998 A B C de lasarles LONDRES FRANGÍS BACON, EN SU PROPIA TIERRA A UNQUE murió en 1992 convertido en el más grande pintor británico del siglo, y aunque desde entonces dos retrospectivas gigantescas le han rendido homenaje en París y Munich, sólo ahora ha organizado su amigo y célebre crítico David Sylvester una exposición importante en su propio país. Quizá en esta tardía decisión haya algo de justicia poética; el propio Bacon despreció el mundo cultural británico íntimamente y fue vituperado por sus compatriotas (dicen que Margaret Thatcher, en una frase cuya autoría ella nunca ha reconocido, habló de él como de ese horrible hombre que pinta cuadros es- pantosos Hayward Gallery South Bank Hasta el 5 de abril Londres forma definitiva, aunque no siempre se define de un modo claro ni único, Por eso muchas de estas figuras humanas son brumosas, sus contornos poco nítidos, como diluidos por una mancha de pintura que quiere plantear la ambigüedad las manos sobre las rodillas hacia una expresión exageradamente masculina de una figura cuyos hombros se han ensanchado. En otros cuadros no es posible determinar la sexualidad de la figura humana representada. En casi todos la pintura en sí misma se vuelve una protagonista en la medida en que irrumpe sobre la figura humana para deformar su contorno o manchar su nitidez, como si en esa mancha estuviera encerrada una verdad aún más poderosa que en la figura humana. Un tríptico de cabezas que forman una secuencia entre nihilista y trágica termina con la imagen de un hombre quebrado. Pero la irrumpir un objeto inesperado. En Figura descansando con una aguja hipodérmica esa jeringa juega un papel muy misterioso. El pintor explicó muchas veces que el uso de jeringas, servía para clavar, ¿fijar las figuras de manera más firme a la realidad, en este caso para clavar la carne a la cama Aquí, la destrucción está en ese pequeño detalle que ata el ambiente irreal de la figura misma a la realidad de la cama. La muestra incluye autorretratos, estudios de desnudos y retratos de amigas como Henrietta Moraes o Isabel Rawsthorne, o de su amante George Dyer, cuya muerte le afectó mucho, y algunos estudios de la figura del Papa, que le obsesionó. Bacon usó muchas reproducciones de liguel Hay que decir, en honor a Sylvester, que la exposición no hace ninguna concesión para reconciliar a Bacon con su país y que es fiel a lo que el propio Bacon fue: un artista violento y desgarrado, con un fondo muy oscuro donde anidaba una angustia esencial de la que a veces se desprendía una agresividad hacia el mundo circundante propio de quien no había nacido para la felicidad ni pintaba para ella. La exposición, a diferencia de las retrospectivas, ha decidido escoger sólo un aspecto de la obra de Bacon, aunque se trata quizá del principal: la figura humana. Estos cinco trípticos y dieciocho lienzos pintados entre 1943 y 1986 atrapan en toda su terrible grandeza a este pintor atormentado por el problema de la identidad, incluyendo una de sus afluentes, la sexualidad, y la muerte. Disociada de sus famosos paisajes y retratos, en los que el uso del color era la nota dominante, esta selección es una menos seductora pero sin duda más genuina muestra de la entraña íntima del pintor. El cuerpo humano plantea en Bacon el problema que acompaña al ser humano desde su infancia: la relación del cuerpo con el mundo ajeno, la identidad, que nace del cuerpo pero adquiere una expresión espiritual, y se enfrenta al mundo exterior para encontrar su i 1 1 1 t iU- í H. 9 i- mmSobre estas líneas, Henrietta Moraes (figura descansando con una aguja hipodérmica) (198 X 145) de 1963. A la derecha, Figura en movimiento (198 x 147,6) de 1978 KK 4 gE Ws m g ff j Si J H fe como valor fundamental de la identidad. El propio Bacon vivió una relación traumatizada con su sexualidad. De él ha dicho Sylvester que podía ser el más femenino de los hombres y el más masculino también y en el tríptico titulado Autorretrato de 1985- 86, lo vemos transitar de una pose femenina y delicada con las piernas cruzadas y ¡dea de la derrota es transmitida no tanto por la cabeza inclinada sobre una almohada, los hombros encogidos o el alarido que sale de la boca abierta, sino por la forma en que la pintura está desparramada sobre la figura misma. Porque esa mancha no tiene nada de gratuito: ella es desintegración, destrucción. De pronto, en un cuadro puede Ángel, Velázquez o Degas, y en otros casos encargó fotografías para usar como modelo. Aunque él no sentía ninguna atracción por el desnudo femenino, sus desnudos femeninos, muchas veces inspirados en Henrietta Moraes, tienen la misma pasión e intensidad que sus desnudos masculinos, buena parte de los cuales fueron inspirados por Dyer. En ambos casos el uso de la fotografía fue primordial. Alvaro VARGAS LLOSA 37