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A B C literario Artículos 20 de febrero de 1998 Crónica Un baúl lleno de gente (Escritos sobre Pessoa) Antonio Tabucchi Traduc. P. L Ladrón de Guevara. Huerga Fierro. 188 páginas, 1.700 pesetas La agenda de los amigos muertos Raquel Heredia Plaza Janes. Barcelona, 1998 181 páginas P ESSOA es un hombre al que desconocemos por el exceso que fue su vida, exceso de discernimiento, de reflexión, de destino. Pero lo vamos desconociendo incluso como escritor, afectada como está su obra por esa enfermedad contemporánea de la bibliografía. Es curioso que él, que soñó hacerse rico y se vio abocado a una vida gris de oficinista, haya creado a su alrededor una babel de palabras, el quinto imperio de la crítica. Para hablar hoy de Pessoa no sólo habría que velar sus textos, como don Quijote sus armas, sino compartir su mundo íntimo. Sólo siendo cómplices de lo que Pessoa fue se puede entender a lo que Pessoa dio voz: a algo profundamente humano. Algo de eso ha debido de hacer Antonio Tabucchi, porque a tenor de lo dicho por algún amigo incluso físicamente se parece cada vez más a nuestro poeta. En lo literario, sin embargo, las opiniones no son tan unánimes: algunos hablan de un saqueo y una banalización de la tradición pessoana; otros, más entusiastas, lo ven como su más valioso continuador. En el fondo, Tabucchi se finge Pessoa para encontrarse consigo mismo, fiel a lo que dijo Alvaro de Campos de que fingir es conocerse. Sus nociones del juego de personalidades, del revés de la realidad, del equívoco, de la mistificación o de la máscara, utilizadas a lo largo de su obra, tienen que ver con Pessoa y con gran parte de la literatura que se desarrolló en nuestro siglo. En Un baúl lleno de gente se reúnen sus ensayos sobre el creador de los heterónimos. El libro, desigual, nos invita ai deslumbramiento y al goce en muchos de sus juicios, a la vez que a la disensión. El lirismo de Pessoa fue fundamentalmente de carácter dramático, por eso la cuestión de la heteronimia posee un componente de dramatización literaria (sin que sea insuficiencia o presunción como quiere Tabucchi) de dramatización psicológica, y hay en esa heteronimia una estrategia teronimia fatalismo psicológico y voluntariedad literaria, y quizá haya que recordar aquella frase de nuestro poeta de que por mucho que un hombre aprenda nunca aprende a ser quien no es. La vida duele cuanto más se inventa, escribió Pessoa, y él creó los agonistas de su drama em gente para expresar el dolor, el hastío, el sinsentido, y para acompañarse en la soledad metafísica de sus días, en el tiempo de su tragedia. Tabucchi muestra aquí su visión de Pessoa, de un Pessoa íntimo, aferrador la vida, pero donde dominan sobre todos Alvaro de Campos y Bernardo Soares, dos autores que hicieron de su obra un largo soliloquio, y, como quiere Tabucchi, E La obra, que nos invita al deslumbramiento y al goce en muchos de sus juicios, es desigual, porque no todo en ella está tratado con la misma pasión, con la misma profundidad poética intencionada. Por tanto, basarse exclusivamente, como aquí se hace, en la famosa carta a Adolfo Casáis Monteiro es ver sólo lo que Pessoa, ese profundo orgulloso, quería que la posteridad viera. ¿Por qué no tener en cuenta, por ejemplo, las palabras dirigidas a Fernandes Lopes donde le recomienda que en el caso de usar pseudónimos diese a cada personaje un número de atribuciones constantes, nombres que pareciesen reales, para mantener el carácter dramático y distinguirlos de las diversas personas Como dijo Prado Coelho, hay en este problema de la he 22 una autobiografía. Porque en ellos, junto al Pessoa ortónimo con el que forman trinidad, encontramos ese horror a pensar la realidad, un horror que sentimos palpitante como un corazón y una verdad humana de la que nace toda su obra, aunque sea desde los complementarios puntos de vista de cada una de las personalidades que creó. Pessoa fue un inadaptado para la vida real, para sus asuntos cotidianos. Sensible en extremo, las cosas del día le parecían un universo inabarcable. Como el amor, que es donde la vida se sublima. Un amor que vivió y abandonó por la literatura, porque la literatura era el reflejo narcisista de sí mismo. Al estudiar las cartas a Ophélia, Tabucchi sitúa la relación en una perspectiva psicológica y sexual, y ve en ellas de forma brillante una dimensión más del mundo heteronímico, pues éste era una actitud hacia lo real Libro desigual decíamos porque no todo en él está tratado con la misma pasión, con la misma profundidad. Quizá se deba más a su carácter de reunión de artículos, artículos que aclaran, que amplían hasta cierto punto la imagen de Pessoa, pero en el que encontramos grandes carencias: la carencia de haber querido más. Más sobre un poeta que nos mostró en carne viva algunas verdades nuestras muy profundas, nunca antes expresadas, sin que para eso haya que situarlo en ninguna línea negativa, porque lo empequeñece. Diego DONCEL N 1954 Bateson le envió una carta a Wiener en la que sentaba las bases de la teoría del doble vínculo, teoría que años más tarde haría célebre en todo el mundo al grupo de profesores y terapeutas de la californiana escuela de Palo Alto. Bateson, Watziawick y el conjunto de la teoría de sistemas pusieron de manifiesto que la enfermedad mental podía afectar a familias enteras aun cuando los problemas sólo se manifestaran en uno de los miembros del grupo familiar. De este modo una madre que ama y rechaza a la vez crea las bases de un trastorno psicológico que puede cristalizar en cualquier miembro de la familia. El escenario de anormalidad psíquica descrito por Raquel Heredia en este libro parece una ilustración preparada por cualquiera de los investigadores de Palo Alto para sus alumnos de doctorado. En principio estamos ante el relato que una madre periodista escribe para narrar la vida de la mayor de sus cuatro hijos, que, nacida al filo de la década de los 60, se convierte en heroinómana y muere, tras contagiarse de sida. Esta línea narrativa constituye en sí misma justificación suficiente para pringarse en la lectura de este volumen. 1. a hija mayor de Raquel Heredia parece un personaje salido de las páginas del marqués de Sade: un ser angelical sometido a toda clase de desventuras. El lector se espeluzna cuando contempla el temprano y sofisticado ejercicio de la sexualidad de la adolescente, la ausencia de su padre, el aborto a que se ve sometida en Amsterdam y su adicción a las drogas, una de las cuales, la heroína, se la lleva tras encadenaría a una de las formas de morir más crueles del mundo postindustrial: la del sida. Planeta acaba de reeditar el testimonio de Elena Soriano, otra madre que no pudo impedir que la guadaña mortal de la heroína hiciera presa en un ser salido de sus entrañas. Tras la muerte de Franco y con la euforia de las nuevas libertades, creció con rapidez el consumo de la heroína de tal manera que en pocos años Madrid se convirtió en la capital mundial de los atracos a bancos por parte de heroinómanos necesitados de dinero a la vez que se conformaba una bolsa de prostitución a cargo de toxicómanas muy jóvenes. La expansión del consumo de heroína sorprendió a mucha gente que sabía poco, o nada, de sus brutales efectos y a esto se añadió la aparición del virus del sida, transmitido a partir de las jeringuillas compartidas, lo cual completó una tragedia que no ha provocado más que reacciones individuales y sociales escasas, miopes y acobardadas. Lo que no puede perderse de La agenda... es lo que se atisba como confesión autobiográfica de la autora: Ahí aparece la equivocación, el fracaso, la maldad de una familia o, dicho de otro modo, la enfermedad de un sistema familiar. Heredia desvela las patologías de una familia y a la vez muestra, aunque con cicatería, un retablo íntimo de periodistas y políticos de los primeros tiempos de la transición que no deja de espantar por su frivolidad y apetito desmesurado de intoxicaciones. Con más detalle y profundidad reflexiva estaríamos ante unas páginas emparentadas con Las confesiones de un comedor de opio de Thomas de Qulncey. Bernabé SARABIA