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A B C literario Novela 20 de febrero de 1998 Relatos Lenguas muertas Marta Sanz Debate. Madrid, 1997. 213 páginas, 1.900 pesetas El temor del cielo Fleur Jaeggy Traduc. Flavia Company. Tusquets, 1998 136 páginas, 1.600 pesetas C ON otro título, El frío que abrigaba un discurso poético precioso y preciso, debutó Marta Sanz como novelista íiace algo más de dos años. Tan breve y rotunda metáfora pronosticaba la gélida sensación de oquedad y extrañeza que asolaba a su protagonista al sentir la ausencia, por abandono, del otro. Era el discurso de una mujer rota, viajando entre el pasado y el futuro, en dirección a sí misma con la única decisión de recomponerse; y era un lenguaje tan rico en intimidad que no era difícil arriesgar que aquella voz no callaría. Lenguas muertas nos la devuelve reafirmada bajo el parapeto de nuevos tonos y mayor sutileza en sus matices, con otra historia más larga, más reflexiva, más ambiciosa y más consistente. Quizá no tanto en la peripecia argumental, con menos fuerza en esta clase de escritos cuya aventura primordial consiste en batallar con las palabras y en dejarnos cautivados frente al descubrimiento de inesperadas relaciones entre ellas. La razón se la dan los fueros de estos pagos literarios, entre los que no sólo priman los valores poéticos del lenguaje- por encima de los valores narrativos, sino que sobre aquellos descansa la estructura de la novela, y sobre ésta la tensión sostenida por las palabras. Así, este nuevo libro significa un paso más, no porque enrede su trama entre las diferentes tonalidades de varias voces femeninas discutiéndose el recuerdo de un íiombre; o porque consiga encadenar cuatro grandes secuencias al discurso de una memoria que pugna por la palabra, que es el lugar escogido para explicarse. Tal ejercicio de perspectivas no hace sino enriquecer un relato cuyo argumento consiste en una voz de mujer que reflexiona sobre su historia escribiéndola, y escribiendo llega al fondo mismo de su historia. No es un galimatías semántico, es la trama de un ejercicio mental que busca recuperar el pasado para evitarlo definitivamente en un con su vehemencia al estrechar, de manera tan original, la relación nunca explícita, y siempre latente, entre vida y literatura. Aquí arranca la voz de Eva cuando ya no importa el frío de todo lo que desencadenó la muerte de Juan: en su vida, en la de Teresa- después de cinco años de relación- en la de Ménica- su primera mujer- y en la de Elvira- la hija que tuvo con ésta. Todas quieren ser dueñas de una razón que otorgue derechos a la posesión de su ausencia, porque todas han vivido el significado de su presencia y cada una ha sentido el peso de las múltiples caras del abandono. Eva supo digerirlo y sacarle partido al sufrimiento a Elvira sólo le queda E La autora alcanza con su segunda novela nuevos tonos y mayor sutileza en sus matices, con otra historia más larga, más reflexiva, más ambiciosa y más consistente presente que precisa del lenguaje para pasar página sobre fragmentos que significaron su vida y determinaron su caída en una dolencia necesitada de tratamiento de choque. Su discurso será un medio de reconquistarse, cuando se estaba quedando sin historia propia y con la triste sensación de no tener las espaldas cubiertas. Y en él la autora vuelve a sorprendernos al esquivar cualquier roce con tópicos expresivos, al desatarse con una inusitada retahila de imágenes y de sugerentes metáforas que dan fuerza al resbaladizo territorio de lo emocional. Y vuelve a embaucarnos una perspectiva que no es física y un hilo de voz con el que dibujar escorzos de lo que un día se le echó encima cuando entendió de golpe Pero Teresa no. A Teresa se le partió el horizonte de cuajo y Eva, su amiga desde la infancia, que conoce su larga historia de no saber sufrir decide una vez más prestarle sus fuerzas para ayudarla a recuperarse Y una vez más este gesto se vuelve contra ella, sin que medien palabras, sólo reproches mudos, porque Teresa nunca supo hablar de frente y cuando toma la palabra es para callarse Y Eva se cansó de emborronar palabras que nunca llegaron a decirse. Hasta que de pronto tanta rabia interior estalló en una negación que le vino como un vómito y le instó a mirarse las heridas y a intentar cosérselas con palabras. A poner un nombre al rencor, al abandono, a sus culpas acumuladas... a rechazar convenciones y significados que nada significan y, por eso mismo, matan la posibilidad de ser de otra manera. La que ella busca descifrando el lenguaje de sus estados en un escrutinio por las palabras tan necesarias a una lengua viva. En la que amor no quería decir carga ni compañía sacrificio ni miedo a la soledad pueda tener la solución de caer en la soledad de otros La que le ayuda a subir el tono de su voz hasta gritar el fondo mismo de su historia. Pilar CASTRO L peligro es dulce. Su frialdad nos tienta y envuelve, y nos ofrece el engaño como respuesta. La brisa de estos relatos crea una atmósfera prematuramente estancada, se materializa en unos escenarios siempre extraños, a pesar, o tal vez, precisamente, por su inquietante cotidianeidad, como si faltara el aire, y se detuviera la vida en el instante más terrible. Pero sólo la ironía nos salva, y el conflicto impregna esas habitaciones que tienen el sabor dulce del azar. Aunque nacida en Zurich, Fleur Jaeggy vive en Milán desde 1968, y publica en italiano. Tiene en su haber II dito en bocea (1968) Le statue d acqua (1980) y en castellano, han aparecido, en Tusquets Editores, El ángel de la guarda y Los hermosos años del castigo Esta última novela obtuvo el premio Bagutta 1990 y también el Boccaccio Europa 1994. El temor del cielo ganó el premio Moravia 1994. Todo su quehacer narrativo no ha pasado desapercibido. La crítica ha resaltado las magníficas cualidades de aeggy para esculpir la realidad, para grabar en el lector la esencia inanimada de las cosas que atrapan la memoria. Una ironía violenta y sutil discurre por la prosa de esta escritora a lo largo de estos siete cuentos. El delirio calculado, la indefinición de las acciones aparentemente cotidianas, se cargan de una fuerza terrible y cómplice a la vez, que en forma de contrapunto narrativo se alternan a lo largo de El temor... Los personajes quieren expiar sus culpas con calma, tienen toda la vida para practicar esa atracción repulsión por lo elevado, por ese cielo que se teme como a lo diariamente desconocido. Jaeggy hace un recorrido a través de estos relatos por los temas más universales: las relaciones interpersonales en todas sus variantes, desde el problema de la aceptación de la maternidad hasta el estigma de la afectividad en sus distintos aspectos. En definitiva: las dificultades del ser humano en relación con los otros. Hay reproches que ascienden en silencio desde la tierra, se expanden como una bruma corrompida y se apoderan de los objetos. Jaeggy sabe muy bien conjugar esa doble significación de las formas materiales que nos invaden, creando desazón y domesticidad en el ser humano. Sabe resaltar ese poder, creando una atmósfera en los relatos, que sin llegar a los recursos, y a los excesos, de la novela gótica al uso, demuestra su eficacia con economía lingüística y enorme precisión. Tal vez el ejemplo más perfecto sea el último cuento, La vieja vanidosa donde un matrimonio octogenario se observa en silencio, y ve discurrir su trayectoria vital coincidiendo con el medio siglo de convivencia. Con buril lento y de enorme exactitud, Jaeggly esculpe y disecciona, como si fuera una entomóloga, esos seres que atrapan y crean su espacio indefinido e inquietante en la memoria del lector. El peligro se oculta en cualquier pliegue engañoso del ser humano. La atracción que ejerce el riesgo ofrece el jugarse la vida a una sola carta, la seducción inevitable del tártaro, que es el espejo negro donde se refleja ese temblor del cielo que estremece e inquieta para siempre. Beatriz HERNANZ 14