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Ppimepa palaliPie DE s H ARIE MQDBINO A sido Fierre Bourdteu quien recientemente fia vuelto a insistir en la capacidad del Museo, como institución moderna, para orientar y iegitimar el gusto de una época, sus valores estéticos y aquellos otros que acompañan a la obra de arte y que van de ser referente simbólico de la memoria de una cultura a la consolidación mi na de valoraciones económicas y comerciales. Las observaciones de Bourdieu trascienden el análisis de una consabida sociología del arte, para intervenir en la creciente polémica actual no sólo sobre la función del museo- y en particular de los museos de arte contemporáneo- sino más precisamente sobre el sentido y valor del arte más reciente. Curados de ingenuidades posibles y ajenos a ciertas aventuras del gusto, los últimos números de ta pensée y Actes de la Ftecherche plantean de manera frontal esta po- iémtca. En el contexto de una cultura profundamente estetizada, resultado obvio de los comportamientos inducidos por (os gustos posmodernos, el Museo se ha convertido en los últimos años en uno de los referentes culturales más importantes a la hora de decidir los criterios de valoración no sólo del arte sino también de las formas de la cultura en general. Inscrito en una institución fuertemente hipertrofiada como es el arte contemporáneo, sus comportamientos se han hecho cada vez más eclécticos, dejando en evidencia! a dificultad para establecer criterios frente a una complejidad creciente. Y si, por una parte, a ausencia de criterios ha favorecido programaciones. cada vez más próximas a los valores legitimados, por otra, el discutible sistema de las convenciones ha terminado generalizándose, reproduciendo desde un inconfesado mimetismo los rituales de un cierto gusto internacionai, próximo, como sabemos, a los nuevos estándares de ía industria cultural. Posiblemente sea éste el momento de repensar los modelos y programas de los Museos de arte contemporáneo. Para los autores de la arriba citada polémica no se trata de reorientar ios programas, una vez que! a supuesta unidad de las culturas metropolitanas occidentaies es hoy bien discutible, sino que Id urgente es reorientar la mirada del Museo, sus sistemas de percepción y de sensi- bilidad, de comprensión y crítica. Una cierta continuidad con los modelos heredados de las últimas décadas hoy resulta problemática. El gusto e interés por la representación, la rituaílzación del prestigio social añadido a una supuesta modernidad, han terminado siendo hoy apenas gestos. Por otra parte, el mundo del arte se ha transformado profundamente y esta realidad parece escapar a quienes administen las instituciones. La crisis de los géneros ha an- astrado el orden tradicional de las disciplinas artísticas. En su lugar han crecido nuevos espacios, nuevas interferencias discursivas, que no podemos interpretar como simples líneas de fuga, sino lugares de experimentación y propuesta de nuevos saberes y discursos. Pertenece a esta nueva sensifcslidad la disposición ética de quien interpreta las nuevas formas de la cultura y de la vida modernas, marcadas una y otra por el descentramiento de todo aquello que ha venido a llamarse políticas de la identidad. Y es en este sentido en el que se hace más evidente la necesidad de una reorientación de- la mirada del Museo. Asistimos a un proceso en el que las relaciones tradicionales de centro y periferia se han modificado cualitativamente. La recuperación de un cierto cosmopolitismo ha permitido, junto a la emergencia de las periferias, que los discursos, las culturas, vuelvan a encontrarse, dando lugar a formas nuevas de interculturalidad. Las reservas frente a un creciente multiculturaSismo han resultado hace tiempo anacrónicas. Dar cuenta de esta situación, construir a partir de esta nueva complejidad nuevas cartografías, nuevos mapas, debe ser asumida como una de las tareas principales del Museo de arte contemporáneo. Éste, en tanto institución moderna, debe repensar su función de acuerdo a la complejidad de la época a la que pertenece. De lo contrario, su legitimidad será cada vez más discutible, convirtiéndose, diría Lévi- Strauss, en el confortable lugar del ritual que ha olvidado su historia. Frente a este olvido cabe la posibilidad de una nueva mirada capaz de registrar, como si de un sensibilísimo sismógrafo se tratara, las tensiones y complejidades, las búsquedas y proyectos que el arte contemporáneo hace suyos en un diálogo crítico con su época. Francisco JARAUTA