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6 de febrero de 1998 A B C de las artes CRISTINA IGLESIAS, LA HIJA PRODIGA Palacio de Velázquez Parque del Retiro Hasta el 20 de abril Madrid I MPRESCINDIBLEMENTE, el nombre de Cristina Iglesias (San Sebastián, 1956) figura en la apretada nómina de artistas españoles que, en la segunda mitad de la década de los ochenta, protagonizaron la salida y el reconocimiento internacional del arte español de la democracia. Sin embargo, su producción ha sido mucho menos conocida y difundida en España que la de sus compañeros Miquel Barceló, José María Sicilia, Ferrán García Sevilla, Susana Solano y, aunque en menor medida, y no sólo por razones de parentesco, Juan Muñoz. Un alejamiento el suyo, que procede incluso de sus años de formación, que realizó en la Chelsea School of Art, de Londres, ciudad en la que celebró su primera exposición en 1982. De este modo, después de quince años de actividad pública, ésta es su primera muestra individual en un museo español y, también, la primera que tiene lugar en Madrid desde hace ocho años. Si se me permite decirlo, los años de madurez y consolidación de una artista cuyo despegue, si no tan fulminante y de elevada altura como el de otros, sí en progresivo y calmo ascenso, al tiempo que se ha abismado en su vuelo hacia profundidades que, de manera fascinadora y sin necesidad de confabulación ni de fácil entrega, atañen a todo aquel que contempla sus obras o, cuando menos, le requieren. Sirva esta razón preliminar para afirmar la importancia de lo que puede verse en el tan extraordinario como complicado ámbito del Palacio de Velázquez y que, en mi opinión, da cuenta fiel del qué, del quién y del por qué de Cristina Iglesias en la escultura internacional. Su acierto procede de la resolución que se ha dado al recinto y de cómo se ha resuelto el montaje, pues ambos se ajustan perfectamente a un entendimiento de la escultura según su capacidad de crear espacio y, a la vez, dialogar con ese espacio creado. Prima ante los ojos una sensación de denso vacío, argumentada mediante la sorpresa del Techo suspendido inclinado (1997) primera y única pieza que queda ante los ojos del visitante cuando entra, y la solitaria, aunque doble presencia, a izquierda y derecha, de dos invitadoras cámaras, blancas como ios muros blancos, y que vetan la visión de lo que ocultan. Una visión que sólo alcanza sus objetivos en un recorrido laberíntico, que impone al visitante la fijeza e intimidad de la mirada y, también, una sucesión de sorpresas, de modos distintos de explayarse, si no de una misma idea, sí de una misma relación y un idéntico vínculo con la memoria personal y con la escultura propia. Obras fechadas entre 1993- cuando representó a España en la Bienal de Venecia- y 1997. Varias de ellas especialmente concebidas para Madrid, pese a que la exposición iniciase, el año pasado, su itinerario en el Guggenheim de Nueva York- comisariada por Carmen Giménez- y tenga que continuar hasta su homónimo de Bilbao en el próximo otoño. Me incitan, particularmente, la profusión, la originalidad y la elegancia de los materiales que usa el artista. No por sí mismos, sino por su adecuación a determinados conceptos, uno de los cuales me parece vertebral a su trabajo. Para ella, la escultura no es sólo algo exterior dado a la apreciación, sino un a modo de piel- rígida, rugosa, impredecible en su bullente y secreta vida interior, no pocas veces ligada a lo vegetal o al humus terreno- que tanto puede constituirse en cubículo habitable como en dilatación, a veces penetrable, de la pared. Sin título CTtíptico) (200 x 250 x 50) De un modo u otro, el espectador siente que está en el interior de la escultura, que la pieza le rodea y que, con una ambigüedad cargada de sentido, perceptible en muchas de sus obras, sus propiedades son las cualificadoras de la pintura, por más que nada esteticistamente pictórico le resulte reconocible. Piezas en las que la textura se despliega en todas las variedades del tacto. Hasta el punto, incluso, de hacer de la luz, de la transparencia y de lo traslúcido, en su variable juego de colores, palpadura de la mirada. Cuyo cosquilleo máximo creo puede recibirse, ya sea en el interior, ya en el exterior, de las dos Celosía Una de las cuales, añade, además, caligráficamente disimuladas en el entramado de sus listones de madera, finamente dibujadas, palabras descifrables. Mensajes privados de Cristina Iglesias. Mariano NAVARRO Cristina Iglesias (San Sebastián, 1956) es una de las artistas con mayor proyección internacional. Esta exposición- la primera de la escultora en un museo españolproviene del Museo Guggenheim de Nueva York y reúne más de una treintena de piezas en las que se pone de manifiesto el sentido escultórico de su obra, a través de materiales como el hierro, zinc, cemento o cristal. Iglesias, que desarrolló sus estudios en la Chelsea School ofArts londinense, enseña como artista invitada en la Academia de Munich. Representó a España junto con Antoni Tapies en la Bienal de Venecia de 1993 31