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fpiínera Dalahra BRECHT E CUMPLE CIEN AÑOS L pobre Beríolt Brecht es poco afortunado en España: se barrunta su importancia- sobre todo ahora, a tenor de la ingente conmemoración aíemanapero se representa poco. Existe una excelente y ampüa edición de sus obras en Alianza- obras dramáticas, lírica, narrativa- mas su ausencia de tos escenarios sobrecogería a cualquier observador imparcial de... la Unión Europea. No en vano se trata de uno de los autores más influyentes de nuestro tiempo: hay quien lo considera el Shakespeare de! siglo XX. ¡Seguramente tenemos aún tantas asignaturas por aprobar! Adicto de Valle, no dejo de sentirme fascinado por el caudal inacabable de inteligencia y poesía que fluye por ias obras del genio de Augsburgo; y muchas veces, ciaro está, asombrado y a disgusto con su fe de carbonero en la infalibilidad de! sistema político al que subordinó su talento. Pero es fácil disgustarse a toro pasado y sin pasar por el río: es decir, sin mojarse y con la inmerecida ventaja de vivir una perspectiva histórica, por el momento, provisional. No hay duda: Brecht es ya un clásico. No estoy muy seguro de que él desdeñara semejante pretensión, pero es bien probable que sus escritos fueron pensados como flagelo y burla de burgueses, la caída del Muro. Durante untiempola obra del gran poeta y dramaturgo sufrió parecido estigma con el que se condenó, en justicia, al comunismo soviético. Pero, pese a Fukuyama, la Historia no terminó, la riqueza en términos globales aumentó y la pobreza se multiplicó no sé cuántas veces. El esfuerzo y el compromiso con la justicia será cada vez más necesario, aunque sólo sea para sobrevivir como especie. Brecht sigue estimulando a ias gentes de teatro a construir imágenes utllizabtes- ¡para mejorarla! -de la realidad. Dejemos a un lado, por el momento, los. aspectos de su compromiso político; dejemos a un lado la huella indeleble que dejó en los mejores, en Strehler, en Stein y otros muchos, y recordemos con Peter Brook: Brecht, el hombre de teatro rriás influyente, más radical y de la mayor person idad de nuestro tiempo. Nadie interesado seriamente por el teatro puede pasar por alto este nombre. Brecht es la figura clave de esta época y todo el quehacer teatral de hoy arranca, en algún punto, de los enunciados y logros del dramaturgo alemán o vuelve a ellos En el 75, despidiéndose el franquismo, convencí a un inolvidable grupo de actores para formar una cooperativa con la que abordar la puesta en escena de La resistible ascensión de Arturo Ui La versión de Cela, la generosidad de Conrado Blanco, la escenografía del Equipo Crónica, la dirección de Peter Fitzi y nuestro entusiasmo hicieron posible el alegato contra el fascismo que llenó el Teatro Lara durante un año. En casi diez años- me comentó más tarde E. Schait, protagonista del Arturo Ui en el Berliner Ensemble y yerno de Brecht- se llegaron a hacer en el Theater am Schiffbauerdamm, sede del Berliner, semejante número de funciones en aquella legendaria puesta én escena. El recuerdo suena ya a batalla del abuelo pero más bien es ejemplo de la fuerza de una poética de autor en cierta circunstancia histórica. El mundo cambió, las democracias, por fortuna, se abrieron camino, la lucha de clases casi terminó, pero las diferencias, sobre todo a nivel mundial no sólo subsisten sino que aumentan. La obra de Brecht no se justifica, aunque alguien pudiera entenderlo así, desde su compromiso político, sino desde. su extraordinario formato y compromiso civil y poético. Pobres de nosotros, pobre Bertolt Brecht. Sería bueno poder dar unos golpes en la lápida de su tumba en Berlín e inquirirle, a toro pasado, acerca de todo esto. Quizá nos contestara, como sólo puede hacerlo un poeta de hoy, con versos como estos: Estoy sentado al borde de la carretera. el conductor cambia la rueda. No me gusta el lugar de donde vengo. No me gusta el lugar adonde voy. ¿Por qué miro el cambio de rueda con impaciencia? A principios de los 60, cuando ingresé en el Instituto de Arte Dramático de WestfaÜa, Brecht no era moneda corriente en su propio país; quizá fuera comprensible, unos pocos 15 años habían transcurrido desde el final de la il Guerra Mundial. Mis profesores nos hablaban de que existía una alternativa actoral stanistavskiana y otra brechtiana falso, Brecht era un gran admirador de Stanislavski y se confesó más de una vez deudor de sus grandes discípulos, Wactangow y Meyerhold. Brecht aportó una nueva escritura, con puntos de vista precisos y comprometidos con la Historia y los conflictos sociales, y una práctica escénica que buscaba respuestas concretas de un público al que quería servir y al que respetaba como pocos artistas lo han hecho. La famosa distanciación no es sino una llamada al espectador para que no sea pasivo, para que trabaje por sí mismo y se haga cada vez más responsable de lo que ve: una exigencia que, gracias a él, los mejores hombres del teatro y del cine del mundo hace tiempo que han asumido. Pese a que las actuaciones del Berliner Ensemble tuvieron un impacto inmenso en París, Londres y Nueva York durante los 50, en la RFA de Adenauer y sus continuadores la obra de Brecht tuvo que abrirse paso con dificultades. Si mal no recuerdo, fue Harry Buckwitz, en Francfort, quien dirigió el primer estreno de ia posguerra. Después hubo goleada... hasta el paulatino desenmascaramiento del llamado socialismo real y José Luis GÓMEZ