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ABC literario 30 de enero de 1998 Alarcos, sabio de la palabra y la amistad UNA HHUVnSA VIDA A Josefina Martínez, sin! a que nada habría sido posible T VMBIÉN una vida, con su inextricable mezcla de azar y destino, de tiempo y de palabras, puede ser una obra de arte. Pocas vidas tan liermosas, tan lúcidas y ejemplares como la de Emilio Alarcos, el sabio, el amigo de sus amigos, el hombre cabal. Un hombre, sin embargo, que no se atenía a patrón alguno, que desdeñaba las vacuas solemnidades, que desconcertaba a muchos con su socarronería, su encogerse de hombros, su aparente laissezfaire Todavía no había cumplido los diecinueve años- era en 1941 cuando publicaba sus primeros estudios literarios: unas notas sobre Montengón y sobre el olvidado poeta romántico Jacinto de Salas y Quiroga. En aquel tiempo, al que muy pronto sería precoz maestro de filólogos, lo que le apetecía y preocupaba era escribir novelas No parece que llegara a concluir ninguno de los borradores que empezó por entonces, aunque la vocación literaria no le abandonaría nunca: escribió versos (rigurosamente inéditos los de temática amorosa, publicada una mínima muestra de los satíricos en la revista asturiana Luna de Abajo dos de los cuales se reproducen en estas páginas) gustó de jugar con las pa- labras, de alternar la seca precisión de la ciencia lingüística con cutrapélicas muestras de su absoluto dominio de todos los registros de la lengua. Su contestación al dis 9 ürso de ingreso en la Academia de Ángel González comenzaba llamándole redrojo y alalo para pasmo de muchos. Pero lo que parecía pedantesco arcaísmo era sólo un rasgo de humor: Quería obligar a algunos académicos a tener que consultar el diccionario nos dijo en un aparte. ¡Cuántas veces asoma la oreja el lúdico escritor por detrás del serio crítico que aparentaba hacer precisión y no literatura! Así comienza el prólogo que le puso a los cuentos de su buen amigo Francisco García Pavón, ese apreciable narrador que quiso jugar, sin demasiada fortuna, a ser una especie de Simenon manchego: En el año de gracia de 1941, en los primeros días de un octubre soleado y tristísimo, en el Madrid apacible de entonces (frío de aires del Guadarrama, puro de cielos altos, chirriante de tran 18 vías desvencijados, sombrío de pan de estraperto en las bocas del Metro, ficticiamente luminoso del Capítol a Chicote) desembarcó sobre la carbonilla de los andenes de Príncipe Pío un estudiantino gafudo, pálido y menudo, incapaz de manejar con brío el maletón de fibra en que a presión se albergaban sus mudas, sus saberes y un par de hogazas para obviar el régimen dietético impuesto por el racionamiento y la parsimonia hospederii. Iba como tantos otros a in- troducirse en el (visto desde provincias) bullicioso tráfago mundano de la ex corte, y a aprender las lecciones de los sabios maestros de la Central Llegaba con un cargamento ingrávido de ilusiones, de sabidurías librescas y a la vez con la nostalgia de abandonar las tierras durienses en que había descubierto la vida entre ardorosos y ocres estíos y grises y escarchados inviernos. Sintió la soledad de la inmensa y ajena compañía de la urbe. Y en su aislamiento inicial, mientras HomoffispanieiisOffieiaaHs Hacéis que trabajáis de ocho a quince, entre quinielas y café a las once. Al véspero, aunquehastío gris os tronce, regresad al redil con cauto esguince. Escruta conyugal ojo de lince vuestras ojeras. Un perfil de bronce adoptáis. Mantenéis enhiesto el gonce de la columna, aun cuando tedio os pince. Ya con sonrisa conejil el trance, que- tras deberes- a la tele os unce, pasáis. Ya veces- sabatino lancecedéis ai ceño opuesto, que se. frunce, para que en junta múltiple se trence droga de olvido, que rutina vence. disponía sus cosas en el ascético cuarto de la pensión y se adaptaba a la rutina rígida de sus horarios, se dedicó hasta que empezasen las clases a patear la ciudad y a seguir leyendo en las bibliotecas. Era grato, tras el parvo condumio, deslizarse al solecillo membrillero y dorado por el Prado hasta el Hipódromo, o remontar suavemente hasta el Retiro y contemplar el lento y cobrizo deshoje de los árboles hasta que la atardecida dejaba penetrar una fría y nítida luz casi invernal que destacaba sobre el aire limpio y azulado las ramas desnudas y recias. Era también grato reducirse al silencio de Medinaceli o del Ateneo y descubrir libros, tomar notas y observar de reojo las figuras femeninas que daban algo de calor y luminosidad en el torvo conjunto de encarnizados opositores o aspirantes a lo mismo que- barba morena y cerrada- encorvaban oscuramente su desastrado torso sobre folios más o menos lúgubres D Descanse en paz decís ¿De qué? ¿De quiénes? ¿No descansó en el tráfago por gusto durante cuatro décadas? ¿No es justo vivir uno conforme caí sus genes? Segó cizaña, paz sembró y rehenes amontonó sin prisa en silo adusto. Y mientras- a la sombra de su busto- cucas urracas condensaban bienes. ¿Descansa? Descansamos los que ahora surgimos de la lóbrega mastaba. Qué peso de cuarenta años o siglos sacudimos gozosos. ¿Por fin dora benigno sol la desolada nave de esta tierra y ahuyenta ios vestiglos Emilio ALARCOS de la Real Academia Española IEZ años después aquel estudiantino- el propio autor, que evoca su juventud en tercera persona en uno de sus característicos ejercicios de humor, melancolía y pudor- ya era catedrático de la Universidad de Oviedo e introductor en España de las más renovadoras teorías lingüísticas. Alarcos trajo rigor a los estudios gramaticales, pero no fue responsable del caos terminológico y conceptual que pronto se adueñaría de la enseñanza española, incluso en el nivel primario: a los niños, casi antes de enseñárseles a leer y a escribir, se les atiborraba la cabeza de fonemas y lexemas, de conceptos abstractos de los que sólo podía memorizar, con inútil esfuerzo, el abstruso significante. Alarcos ni siquiera en cuestiones científicas, al contrario que tantos, tuvo nunca un rígido catecismo que imponer: Prefiero, con criterio ecléctico, por adhesión o por rechazo, tomar de unas y otras posiciones metodológicas aquello que me convenga para esbozar lo que yo entiendo y pretendo practicar como método estructural y funcional. Se dirá que el eclecticismo, que tiende a ser conciliador de diversos y aún de opuestos, no es una buena actitud científica. Pero soy apenas dogmático, y creo que así, sin rigidez,