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A B C literario 12 de diciembre de 1997 Novela Adiós, Padre Eterno Pedro Molina Temboury Alfaguara. Madrid, 1997. 332 páginas, 2.500 pesetas Los potrítos Mariano Aguayo Otero Ediciones. Madrid, 1997 179 páginas, 2.250 pesetas E L franquismo ha recibido en nuestra novela ios más diversos tratamientos literarios por vía realista, humorística, satírica, metafórica, simbólica y esperpéntica, con cada uno de estos enfoques por separado y por medio de la combinación de algunas de estas técnicas. En las últimas décadas la revisión crítica de nuestra historia cercana ha alcanzado también, con parecidas actitudes narrativas, a los movimientos revolucionarios antifranquistas. Y el proceso ha llegado ya a los tiempos de la transición y la democracia, cuando en España empiezan a contarse más de veinte años desde que acabó aquella interminable posguerra. La mención de algunos autores nos situará mejor en este panorama narrativo. Franquismo y antifranquismo han surtido de materiales a varias novelas de Marsé, Umbral e Isaac Montero. De la movilización política contra la dictadura en sus dos postreras décadas y de la situación o desarraigo de aquellos revolucionarios en la democracia se han ocupado varias novelas generacionales que han visto la luz en los diez últimos años, desde La quincena soviética (1988) de V. Molina Foix, y Los dioses de sí mismos (1989) de J. J. Armas Marcelo, hasta Muchos años después (1991) de J. A. Gabriel y Galán, y algunas novelas posteriores de Andrés Trapiello y Rafael Chirbes, entre otros. En esta amplia y diversa corriente se sitúa la última novela de Pedro Molina Temboury (Málaga, 1955) la cuarta que publica este autor. Adiós, Padre Eterno abarca un largo período que va desde 1931, año en que se llevan a cabo algunos preparativos auspiciados por organizaciones fascistas, hasta 1975, cuando se produce la esperada muerte del dictador y, con ella, el ocaso del régimen franquista. Los acontecimientos de ambas fechas tuvieron honda repercusión en el padre del narrador y protagonista de esta novela. En los albores de la República era un niño que vio a su familia deshecha y tuvo que salir adelante nombre, en cierto modo, emblemático de un personaje cuya existencia resulta estafada por la historia. Todo es sometido a un enfoque degradante que busca la caricatura, la burla y aun el esperpento, más allá de las limitaciones técnicas de la primera persona, que el narrador vulnera cuando le conviene en su visión deformante (y sabe hacerlo sin quebrantar la validez de su testimonio) Pero hay en su narración fundamentales cambios de visión. Pues, con más distanciamiento en los años de su infancia y adolescencia en la posguerra, la mirada grotesca se centra en los valores y tabúes del franquismo asumidos por el padre P ESE a que la bibliografía de Mariano Aguayo (Córdoba, 1932) cuenta ya con cuatro títulos anteriores, ésta es no sólo su primera novela sino también la que podríamos considerar su prtmera obra de ficción. Las anteriores, como ésta, giran en torno a un tema clave en la producción de su autor: el mundo montero y rural de las sierras andaluzas, que ha abordado ya desde el artículo o la crónica en sus anteriores entregas. Hay que aclarar, sin embargo, que Aguayo es conocido, sobre todo, por su producción pictórica, casi toda centrada, asimismo, en tema serranos y poblada por personajes de la sierra cordobesa y andaluza. En Los potritos pues, insiste su autor en un tema que- lo ha dejado clarísimo- le interesa, y lo hace desde una visión diferente a las anteriores: la del novelista, la del inventor de ficciones a partir de ciertas realidades, pero no puede evitar que el libro resulte, en cierto modo, deudor de su faceta pictórica: la obra de un amante del detalle, de un fiel retratista de una realidad que ama y conoce sobradamente. No sería exagerado afirmar que uno de los principales valores de esta novela es su carácter testimonial. Los trabajos propios de la campiña, el ritual de la montería, la vida en los cortijos, el cuidado de los perros cazadores y la diferencia de clases generada entre los propietarios y los trabajadores son pormenorizadamente reflejados en esta historia que habla, sobre todo, de relaciones personales: las de dos hombres separados por su condición social- uno de ellos es el señorito del cortijo y el otro un sencillo trabajador del mismo, aunque han compartido su niñez- y las de un hombre y una mujer, unidos en una relación tormentosa. La madeja de la ficción se desteje a partir de un hecho violento- un asesinato- desmenuzado algunos años más tarde por alguien que lo presenció. Para contar esa historia, pues, el autor se vale de algunas estratagemas formales y estilísticas. Entre las primeras, hay que mencionar el truco argumental que le sirve para poner la historia en boca de un narrador- testigo en forma de un enorme flash- back que conforma casi toda la novela. En cuanto al estilo, es obligado destacar el uso que hace Aguayo de gran cantidad de vocabulario propio del mundo montero y campesino, junto a términos locales y regionales, que no sólo da credibilidad a las anécdotas contadas a la vez que refuerza su efectividad, sino que aporta a la novela una gran riqueza que sorprenderá a cualquier lector. Sólo a modo de ejemplos, valgan los siguientes: calzonas, abancalar, balbuendo, musgaño, jiyuelo, pitraco, alúa, rehala... En resumen. Aguayo plasma en sus páginas lo mismo que en sus lienzos y lo hace- a juzgar por el breve retrato de un cazador que se aprecia en la portada de la presente edición- de un modo similar: siendo fiel a lo que perciben sus sentidos, no apartándose demasiado de la realidad que le sirve como materia prima. En Aguayo, desde luego, se cumple aquello que dijo Azorín de que la Influencia del campo, del entorno rural, es la mayor que recibe un escritor, por encima de la que le dan las lecturas o los viajes al extranjero. Care SANTOS El autor logra una obra ingeniosa al aplicar la irania a la esperpentización de las excentricidades del franquismo y de ciertas organizaciones antifranquistas por cuenta propia. Y en las postrimerías del franquismo, reducido ya a una caricatura de lo que había sido, une su destino al del dictador en un desenlace significativo de una opresión que desaparece y la libertad que empieza. Entre aquel comienzo y este final se desarrolla la andadura conjunta del padre, que ha hecho carrera- primero militar y después económica- en las filas del Régimen, y de sus seis hijos adoptados, uno de los cuales. Agonías, es el narrador y protagonista. -Todo está contado desde el punto de vista de Agonías, en el falansterio masculino que ha creado en su casa, en explícita correspondencia con lo impuesto en la nación por el Padre de la Patria. Y, con mayor implicación del narrador y protagonista en la apertura de los años 60 y 70, su estilización deformante resulta igualmente grotesca en la representación de los movimientos revolucionarios antifranquistas, ahora a la sombra del marxismo- leninismo y del Padre Rojo (Mao) En ambas mitades de la novela abundan las situaciones que provocan la risa y aun la carcajada. Suelen producirse en torno a los mismos temas, como son la política y sus lugares comunes, la educación, la religión y el sexo. El resultado ofrece un rápido y desenfadado recorrido por una historia colectiva no olvidada por varias generaciones de españoles en la cual se desarrolla la distorsionada peripecia sentimental e ideológica de un individuo zarandeado por el azar hecho destino. La novela tenía que sortear el peligro de caer en partidismos ideológicos y tesis preconcebidas. El autor ha sabido superarte con acierto. Lo ha conseguido aplicando la parodia, la caricatura, el humor, la ironía y el sarcasmo a la esperpentización grotesca de las excentricidades del franquismo y de ciertas organizaciones antifranquistas. Y con ello ha logrado un texto ingenioso y divertido que será del agrado de muchos lectores. Ángel BASANTA 14