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A B C literario El Plenilunio de Muñoz Molina- suntuoso, que se proclama bandera de causas remotas. Yo prefiero al hombre de letras según el término acuñado por Henry James, y reivindico el rescate del sentido común, esa virtud tan mal considerada: hoy en día, quedas mucho mejor si defiendes a Sendero Luminoso que si defiendes una seguridad social razonable, por ejemplo. de Derecho Mercantil de Garhgues. A mí eso antes me parecía una boutade pero en este tipo de libros he aprendido que precisión y expresión son una misma cosa, frente a lo que pudiera parecer. Ortega decía que o se hace literatura o se hace precisión una frase que para mí encubre una trampa, porque la literatura es sobre todo precisión, lo cual no quiere decir que la precisión esté reñida con el estilo; Proust, por ejemplo, sobre quien planeo escribir pronto un ensayo, es todo precisión. Muñoz Molina habla con una voz leal a sus orígenes, con una afabilidad que parece remansarse en sus mofletes. Elvira Lindo, su mujer, acaba de traerle un café que beberá muy parsimoniosamente, como si estuviese enjuagándose las palabras. Intensidad y precisión Si algo agradece el lector a Muñoz Molina, ahora que las posturas literarias se enconan, es que haya sabido conciliar el arte de contar historias con el decoro estilístico, esos dos compañeros que algunos pretenden irreconciliables. ¿Cómo se obtiene esa rara alquimia? -Siempre he tenido muy clara la idea de no querer elegir. Cuando empecé a escribir, recién entrado en la universidad, sufrí algunas experiencias poco gratificantes; te imponían, aparte de unas coacciones exteriores, unas coacciones culturales terribles e innecesarias. Tenías que elegir entre ser cosmopolita y ser castizo, una disyuntiva completamente falsa, puesto que muy pocos escritores (y no reconocerlo es una injusticia frecuente, incluso entre personas de talento) fueron tan cosmopolitas como Galdós o Baroja. Quienes no los han leído los motejan de castizos, pero tanto Galdós como Baroja, aparte de viajeros frenéticos, estuvieron siempre ai tanto de lo que se publicaba en Europa. Recuerdo que también había que elegir entre narrar historias y hacer experimentación; había que elegir entre ser comprometido o frivolo... Durante mucho tiempo, estos dilemas me ocasionaron una esterilidad insoportable. ¿Y cómo cree usted que un escritor puede lograr ese impacto expresivo? -Reuniendo intensidad y precisión. -Para ello, recomendaría leer obras que no sean novelas; a mí me ha alimentado mucho, por ejemplo, la lectura de libros de poesía. Recuerdo que el año pasado, Saiman Rusdhie me aseguró que él, mientras trabajaba, leía mucha poesía; La poesía- me dijo- te sirve para estar en guardia Como la novela, por naturaleza, tiende a un cierto desarreglo, la poesía actúa de contrapeso y nos mantiene vigilantes. Por otro lado, me gusta leer cosas que no tengan que ver con la literatura pero sí con la precisión, como los libros de historia o de ciencia. Aquí podríamos recordar a Stendhal, que afirmaba haber aprendido a escribir leyendo el Código Napoleónico; o a Delibes, que confiesa su deuda con el manual El desprecio al otro Plenilunio tiene un arranque de novela policiaca, pero deriva hacia una reflexión sobre la violencia y los desarreglos vitales que su irrupción ocasiona en un grupo de personajes. -Y es que esa reflexión siempre me ha interesado mucho. En las sociedades donde desaparecen los vínculos de solidaridad, inmediatamente surge la violencia. Creo que ha triunfado una ideología muy dañina, que es la ideología del desprecio al otro, consistente en erigirse uno mismo en dueño de las cosas. Yo no sabría dar un diagnóstico de este fenómeno porque no es mi trabajo; lo que sí sé es que nunca había estado tan claro como hoy que toda vida humana es sagrada y, sin embargo, parece que nunca ha existido tanta complacencia en su destrucción, nunca ha habido tanta celebración de la crueldad, tanta gente dispuesta a encontrar argumentos y legitimidades dudosas para justificar la muerte. -Usted ha llegado a denunciar en más de una ocasión el exhibicionismo de la violencia con que se nos bombardea desde el cine o la televisión. -Habría que estudiar muy seriamente la confluencia entre la crueldad real y la fascinación que en muchas personas produce el espectáculo de la crueldad. Entramos en un terreno muy resbaladizo, porque no se puede asegurar que haya una relación directa, si bien tampoco me parece que pueda descartarse. Es muy ingrato opinar sobre estos asuntos, porque enseguida todo el mundo quiere sentirse moderno a costa tuya, que es un deporte que se practica mucho; te atreves a disentir de una cosa que está de 19 lOCOS están disjmestos a reconocerlo, pero si hubieran triunfado nmchas de las ideas que tenían las personas de izquierdas en los años setenta esto hubiera sido horroroso. Vaya, me estoy moviendo en un terreno plagado de minas: aquí disientes y enseguida parece que te has pasado a la derecha