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TEATRO
H
nes últimas al cine español han dado cierto resultado. Ha sido como inyectar dinero en una industria, lo que ahora no parece el teatro. Pero el teatro también es una industria cultural, obligada igualmente a producir ciertos objetos de prestigio, o se hunde a la larga como industria y como cultura. El mantenimiento en punta de los teatros na Que el Gobierno gestione, pero que cionales, así como las no opine ni dicte la marcha del teatro. subvenciones a compañías de Eso sería lo más que se le puede acreditada profesionalidad, es el único modo de no rebajar más el pedir a im ejecutivo, para cambiar el listón, ya de por sí bastante bajo, aire de las cosas en estos momentos. Pero debiera cambiar el criterio de Reducir el gasto no es hacerlo peor los que han de dirimir en estas cuestiones. No seguir convirtiendo en sus resultados y obliga a una a los directores teatrales contratadecantación necesaria dos para regir los escenarios púVienen aquí a cuento los teatros subvencionados y las propias subvenciones al teatro. Está muy presente que, las subvencio 14
A resultado un tópico decir que la punta de la evolución en cultura ha sido un privilegio de la izquierda. ¿De qué izquierda? ¿De una izquierda liberal o de una dictadura de izquierdas? Lo más desdichado de todo esto es que, casi a todo lo largo del siglo XX en Europa, la política ha querido regimentar y distribuir la cultura teatral y pretendido convertir a los hombres que la producen en unos meros funcionarios, a cuenta del Estado. Nazismo y comunismo nos lo han dejado bien patente. Y también hemos visto que, en el próximo pasado del PSOE, el amiguismo y favoritismo a ios leales- fuera o no sincera su adhesión- ha enrarecido mucho la escena española. Una imparcialidad política en este sentido parece utópica y no son muchas nuestras esperanzas en esta nueva fase de nuestro devenir en política. Por prudencia e instinto de conservación- a mi edad, eso es disculpable y a- no quiero verter aquí la cantidad de errores que, en este sentido y a mi juicio, viene cometiendo desde hace varios años el propio Ayuntamiento de Madrid- que no es un Ayuntamiento de izquierdasatornillado en la más castiza mediocridad municipal, en cuanto se refiere al teatro. Haga el Ayuntamiento de Madrid lo que le parezca, si se siente pueblo tan pardo, pero si la derecha política, en general- con aspiraciones a ser centro -continúa por el mismo camino, no se las prometo felices al estado mayor de nuestros intelectuales y artistas. Se ha consagrado la opinión de que la actual derecha española tiene mal gusto y que no es culta ni imparcial en modo alguno.
blicos- sean ellos adictos o no -en filtros subjetivos e interesados de lo que es el estado actual del teatro español y de sus gustos, sino adoptar pequeños equipos de gestión y programación absolutamente imparciales y de probado conocimiento crítico de la literatura y las artes escénicas. Que el Gobierno gestione, pero que no opine ni dicte la marcha del teatro. Eso sería lo más que se le puede pedir a un ejecutivo, para cambiar el aire de las cosas en estos momentos. En ciertos casos, reducir el gasto no es hacerlo peor en sus resultados y obliga a una decantación necesaria. Menos triunfalismo y más eficacia. No esperar que vengan al Ministerio de Cultura y Educación los incondicionales avispados y trepadores a ofrecer sus servicios- ¿a qué causa, si no es a la suya? -sino buscar a los más aptos y convencerles de prestar su apoyo al mejor lucimiento de nuestra escena. Potenciar al máximo la red de los teatros públicos en las autonomías y que, a su vez, éstas produzcan un teatro de altura, hecho bajo los mismos parámetros, que pueda presentarse en Madrid y hasta exportarse con realizaciones que nos honren, además de interesarnos o apasionamos. Diciendo esto, me veo como un inocente frailecico aconsejando celestiales medidas administrativas y de tolerancia convivencial en el desierto. Los socialistas me han dejado sin la menor esperanza en los políticos, respecto a su acción determinante en al mundo de la cultura, y más aún en el del teatro, aunque alguna que otra vez la hayan tenido, mala o buena. La acción socialista, en este sentido, ha creado un innominable tapón en la escena española, privilegiando incluso cierto innmovilismo, dentro de una modernidad de circunstancias que casi ha insensibilizado al público y apartando de él a muchas gentes de la cultura en otros aspectos, creadores a su vez, artistas, escritores, científicos o simples intelectuales. Y, además, casi lo ha vaciado de autores españoles en manos de sus directores- funcionarios, muchos de ellos con bien poca preparación humanística, mal formados y mal informados. Pensar que todo puede cambiar de un momento a otro es utopía. Pero bueno es manifestarla, por lo que la utopía tiene de orientador hacia las cosas que nos faltan. Francisco NIEVA de la Real Academia Española
Y AHORA, ¿QUÉ OBilERA SERBIEAIRO?