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ABC literario Ensayo Crónica El planeta americano Vicente Verdú Premio Anagrama de Ensayo. Anagrama. Barcelona, 1996. 172 páginas, 1.800 pesetas E. UU irrita y fascina, seduce y repele, pero a casi nadie deja indiferente. La preocupación por el ser americano agobia quizá más a los extranjeros que a los nacionales. Estos se limitan a ejercerlo. Pese a sus limitaciones- pocas- y a los efectos del tiempo transcurrido sobre sus tesis centrales- escasos- la manera como Tocqueville entendió la sociedad norteamericana no ha sido igualada. Robert N. Bellah y los demás coautores del excelente libro Hábitos del corazón afirman que nadie ha mejorado su análisis del significado moral y político del experimento norteamericano Quizá sólo el individualismo haya influido tanto en América como su pasión por la igualdad. Un individualismo que puede conducir a la pérdida de la comunidad y a la disgregación social, a la forja de un individuo encerrado en la soledad de su propio corazón del que habló el pensador francés. Ya lo anticipó Matthew Arnold en sus versos de 1852: Aislados en el mar de la vida... Millones de mortales vivimos solos Esa infinita sensación de gozosa libertad que cantó Whitman A pie y con el corazón gozoso salgo al camino público. Saludable, libre, siento que el mundo se extiende ante mi. El largo y pardo sendero ante mí me lleva al lugar que yo elija. podría, sino se atempera, conducir a la ruina de lo público y, con ella, al final de las instituciones libres. En América se juega mucho más que el destino sanitario de un puñado de obesos comedores compulsivos de hamburguesas. Quizá cabría decir que América es algo demasiado serio para dejárselo a los americanos. Vicente Verdú ha escrito un ensayo, El planeta americano en el que narra sus impresiones de una estancia de tres años en Estados Unidos y que ha sido distinguido con el XXIV Premio Anagrama de Ensayo. En él podemos encontrar más información y descripción del modo de vida americano que análisis o interpretación. Ya en la introducción reconoce una intención terapéutica que apenas encubre su abierta y más tarde confirmada hostilidad. América es tan fascinante en su capacidad de contagio como lo son los procesos epidémicos. A mí no me parece bien que el mundo contraiga este virus sin una defensa crítica ni de cualquier otro modo Más que de un país se diría que se trata de una grave patología. De este modo, se recrea en la descripción de unos síntomas que deberíamos evitar, más que en un afán de entender y de ver las cosas claras. Digamos, por seguir con el símil clínico, que hay más de Anatomía patológica que de Anatomía sin más. Más que el diagnóstico de un país, parece el diagnóstico de un morbo. En suma, que a Vicente Verdú no le 14 gusta América. Naturalmente, esta legítima actitud no impide que nos ofrezca un caudal muy valioso de información, aderezado con una muy elevada dosis de penetración y de ironía que el lector agradece. A través de sus páginas, sabemos del orgullo americano y de su ensimismamiento (que no les impide ser portadores de un virus tan altamiente contagioso) de su profunda y renaciente religiosidad (no queda claro si esto forma parte del mal) de su amor al dinero, de su miedo al crimien y de su amor al miedo, su obscenidad radical y su antiintelecíualismo visceral, de su infantilismo, de las características de El viaje prodigioso iUlanuel Leguineche y M Antonia Veiasco Alfaguara. Madrid, 1996 325 páginas, 1.700 pesetas OMA un cuchillo para abrirme en canal; saca mis visceras, luego frota con sal mi cuerpo por dentro y por fuera, llenando bien mis ojos, mis orejas y boca. Anda, ve y no escatimes la sal... Eran las últimas palabras de Balduino I, el bigamo, rey de Jerusaiem, excomulgado por la Santa Madre Iglesia y temido desde El Cairo hasta Damasco. Era, también, el final de una aventura que había empezado hace ahora 900 años, el 27 de noviembre de 1095 en Clermont, tras la llamada tensa, apasionada y vibrante de Urbano II, el pontífice que abrió la ruta de las caravanas hacia la conquista de Jerusaiem. Habría siete cruzadas más a lo largo de dos siglos y sería el principio de una historia que hoy continúa. Tal vez fuera inevitable. Siglos más tarde, entre otros muchos, el español e ilustrado Alí Bey- Domingo Badía- el francés y romántico Chateaubriand y el británico y contemporáneo Lawrence de Arabia apenas tendieron los puentes que la pasión religiosa dinamitó. La mecha había sido encendida en las brumas de la Edad Media europea, mientras en España, los príncipes cristianos luchaban por recuperar un territorio supuestamente arrebatado por el Islam. Fue la peregrinación armada, los Milites Christi, en busca de los santos lugares que la cristiandad debía custodiar por los siglos de los siglos. Vidas, hazañas, tropelías, gestos heroicos y mezquinos se mezclaron en el guirigay de la confusión, de la fe, de los iluminados que huían, en la mayoría de los casos, de sí mismos. Nadie escatimó la sangre. Después vendrían los cantares de la gesta, pocos; los mitos y las leyendas, las vidas ejemplares; vendrían las letanías plañideras de Pedro el Ermitaño, la arrogancia envidiable de Ricardo Corazón de León, las páginas que comenzarían la construcción de Europa, la cruz y la espada que acompañarían durante 200 largos años la sombra indeleble de ios caballeros cruzados. Después, 900 años transcurridos desde el grito monótono, unánime Deus vult! Deus vult! que conmovió la población de la Auvernia en el corazón mismo de la Francia cristiana, la historia se ha confundido con la ficción. E T sus nuevas generaciones Y de la topografía de sus ciudades y de la apoteosis del cibercapitalismo Todo concluye en unas advertencias para evitar que el mundo llegue a ser fatalmente una parodia del planeta americano. La extensión del concepto americano de la vida conlleva la perturbación de más de media humanidad y el empobrecimiento cultural de casi cualquier mundo La idílica Revolución norteamericana se encuentra a estas alturas tan humanamente fracasada como la de la URSS No hay grandeza ideológica que autorice a América para arrogarse el liderazgo de la Humanidad Sólo con la intención de contribuir a completar el panorama, me permitiría apuntar la existencia, junto a estos males, de algunos bienes: movimientos que reivindican las Humanidades y la cultura clásica, un puñado de excelentes universidades, cierto desarrollo de la investigación científica, algunas contribuciones estéticas y pasables instituciones democráticas. El apasionante ensayo de Verdú es una penetrante contribución al antiamericanismo. Ignacio SÁNCHEZ CÁIUIARA Ya advirtió el gran medievalista Jacques Le Goff ante los acontecimientos que se sucedían con espanto en los Balcanes que hoy el historiador debe convertirse en periodista y el periodista en historiador. Cuánta razón. Porque este libro de Manuel Leguineche y María Antonia Veiasco es exactamente eso: la crónica periodística, narrada de manera impecable sobre unos hechos que sucedieron hace casi mil años, en el lenguaje, perspectiva, temperamento y clima de los tiempos presentes. ¿Hay mayor mérito? El ejercicio realizado por los autores merece la atención del lector, por cuanto a la documentación exhibida, sabiamente oculta en la narración, se une la sagacidad en cuanto al relato de los acontecimientos, las actitudes y los protagonistas. Una nueva incitación al viaje, una crónica de dos enviados especiales a los brumosos. hechos que tal vez sucedieron así, una lectura grata y sorprendente. Fernando R. LAFUENTE