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A B C literario Novela Algún amor que no mate Dulce Chacón Plaza Janes. Barcelona, 1996. 110 páginas, 1.650 pesetas Veo veo Gabriela Bustelo Anagrama. Barcelona, 1996 175 páginas, 1.500 pesetas A opera prima de Gabriela Bustelo (Madrid, 1962) es miembro de una familia numerosa: la de las primeras novelas, generalmente urbanas, con influencias cinematográficas clarísimas, altas dosis de violencia, referencias a la más contemporánea actualidad y protagonista arrastrado- en este caso, arrastrada- por todas sus circunstancias- que suelen tener que ver con las drogas y o el alcohol. Al parecer, y según los editores, ésta es la literatura que quieren consumir -odiosa palabra- las nuevas generaciones de lectores. (Anécdota sin desperdicio al hilo de esta cuestión: cierto librero comentó una vez a Enrique Murillo, editor de Plaza Janes, que le costaba saber si ciertos lectores de Ray Loriga venían a comprar el libro o a llevarse la recaudación del día) La novela de Bustelo tiene algunos elementos que la individualizan del resto de los miembros del clan- como si entre quintillizos hubiera salido un hermano más guapo que el otro- y que la vuelven un relato intrínsecamente eficaz. El humor con que la historia es contada desde el prisma de la narradora en primera persona, una yuppie marchosa, es el primer acierto. Y, cuestión inseparable de la anterior: la creación del lenguaje que propone la autora, haciendo hablar a su protagonista una jerga urbana y contemporánea, modelna por usar su mismo vocabulario, resulta lo más interesante de todo el relato. Interesante y divertido, y para demostrarlo propongo un breve catálogo valo, rativo y alfabético: basca cul (frío) cutrosa diyeis (pinchadiscos) espich (discurso) estropiciar exotiqueces japuta jevi (duro) lait (suave) lúxuri (lujo) modeluquis (guapos) ordenata plastez (pesadez) paralante sopocientas En resumen, Bustelo literaturiza el habla coloquial del momento hasta las máximas consecuencias: castellaniza los anglicismos, trascribe los errores de pronunciación más frecuentes y algunos coloquialismos muy extendidos, junto a palabras y frases hechas de otros contextos: de las tribus urbanas- trullo perico maderos -hasta algunas de sello más castizo- jamacuco por ejemplo. El lenguaje y el tono en que se narra la acción proporciona motivos sobrados para leer esta novela. H AY títulos que merecen una pausa en su lectura porque lo que dicen sugiere muchas historias posibles, o porque el propio enunciado encierra la doble posibilidad de una pregunta, cuya respuesta estará contenida entre las páginas que de él parten, o una afirmación que se niega a sí misma y lo que sus páginas pronuncian, entonces, es el argumento en el que ella se sostiene. Algún amor que no mate pertenece a esa categoría que permite formular expresiones de diferente significado y ensanchar, así, las posibilidades de la intención que lo secunda. Sobre él puede leerse que un deseo solicita la realidad que contiene el enunciado, o puede entenderse la terrible sentencia que supone interrogar sobre un asunto al que rondan demasiadas dudas como para esperar que una respuesta la satisfaga. A Ellos y a ellas- mencionadas en una apretada lista de nombres femeninos- avisados lectores, posibles sujetos de esa frase que inquiere y desea, va dirigida esta irreconciliable semántica de solicitudes. Una cita de Osear Wilde congela su definición y deja abierto su sentido: porque todos los hombres matan lo que aman, pero no todos mueren por ello El resto lo dice una voz de mujer, algo que adquiere cada vez más frecuencia en nuestra literatura, y que remite a discursos que dieron salida a la voz de otras muchas mujeres. No es ir muy lejos el llamar al recuerdo del largo y doliente monólogo de Carmen Sotillo ante el cuerpo sin vida de Mario. En sus palabras, y en su forma de rendir cuentas a una vida no vivida, hallaron otras la expresión de lo que dejaban que les sucediera por no buscarse en sus vidas y abandonarse a un papel asignado sin discusiones. Lo que ésta dice se sirve también de un monólogo que discurre sobre ella misma, sin sofisticados procedimientos y sin aparentes complicaciones constructivas. Toma la pala- que algo fallaba en el cálculo al que sometió los pormenores de su vida para proporcionar placer y agrado al otro. Más tarde fueron apareciendo otros síntomas, en él y en ella. Ahora, después de 15 años, piensa que no se sabe qué la retuvo en ese sitio mientras él sigue mirando hacia otro lado. Hace tiempo que surgió en ella una voz crítica que la juzga con dureza mientras ella se compadece y admite sus dudas dejando que los días se consuman con nada. Las dos conviven sin querer escucharse. Una cree que pensar demasiado estropea las cosas; no sabe muy bien cuándo se cansó de ofrecer L La actitud poética de Chacón permanece en este discurso que dictan las leyes de una memoria rigurosa con los fragmentos de interior a los que apela para expresar su estado bra para desnudarse en nombre de un tono femenino que nunca se permitió variaciones ni otras licencias que las derivadas de una costumbre conyugal que le obligó a ser neutro y a no levantarse para afirmar su necesidad. Ella enfoca, aquí, la verdad de todas aquellas a quienes remite el familiar lenguaje con el que expone su caso. Lleva mucho tiempo a vueltas con lo que viene ocurriendo en su historia de dos desde que la costumbre ausentó la ternura y el deseo se manifestó forzado. Primero sintió 10 y cuándo dejó de preguntar y de pedir, ni si perdió antes el amor o el respeto al que éste obliga. No busca respuestas, aprendió a esperar y asume su vacío. La otra le persigue con afán de averiguar cómo es posible que lo entregue todo sin dejar un hueco para llenario con ella misma. Llevan años encontrándose pero no quieren entenderse. Ahora una de ellas ha tomado una decisión. La otra se siente aliviada y le acompaña en ese sueño que tanto se parece al abandono. Es ésta la primera historia que Dulce Chacón (Badajoz, 1954) cuenta a través de una novela. Hasta ahora sólo había hablado en libros de versos que, desde aquel Querrán ponerie nombre (1992) hasta El desprestigio de la altura (1995) han recogido elogiosos comentarios. Su actitud poética permanece en este discurso que dictan las leyes de una memoria rigurosa y selectiva con los fragmentos de interior a los que apela para expresar su estado. Detrás está su experiencia, conocedora de las palabras esenciales, las que necesita una trama que no quiere recrearse en el proceso porque lo que pretende es llamar la atención sobre ese estado de ánimo en el que dos voces se discuten la respuesta de aquel enunciado- interrogación o deseo- que se escondía en el título que anunciaba su historia. Pilar CASTRO El argumento, por su parte, no es gran cosa: la protagonista amanece una mañana convencida de que alguien la sigue y la observa. Visita a un psiquiatra y a un detective privado y empieza una acción trepidante que desembocará en un enamoramiento, tres muertos y la confirmación de que sus sospechas eran ciertas: alguien ha desplegado todos sus esfuerzos para espiaria, incluyendo falsos espejos y micrófonos. La historia parece una exageración a lo James Bond, que incluso se le escapa un poco de las manos a la autora, hasta que la protagonista es internada en un sanatorio, con un diagnóstico de paranoia. El final abierto hace que la novela sea casi reversible: el lector puede creer lo que quiera: que todo fue verdad o un delirio. Las dos soluciones serán ciertas. Y eso salvará, por fin, y al llegar a la última página, el argumento completo. Care SANTOS