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ABC- Cultural AMBIGÜEDADES DEL NACIONALISMD Nicolás López Calera. E (nacionalismo, ¿culpable o inocente? Tecnos, 1995. 1 Wpágs, 875 ptas. E L nacionalismo es un fenómeno complejo, que urge estudiar con seriedad, porque si hay alguien que no ayuda a entenderlo son los grupos nacionalistas radicales y los universalistas de pacotilla. Los primeros se encargan con todo esmero de desacreditar al nacionalismo con sus acciones violentas, criminales, injustificables a todas luces. Los otros, los que creen que la universalidad se construye arrasando diferencias, se oponen a cualquier nacionalismo y con eso no consiguen sino crispar los ánimos, agudizar las contradicciones Por eso importa analizar cuándo el nacionalismo es realidad humanizadora insoslayable, y cuándo no lo es, separando el trigo de la cizaña: esto es lo que intenta Nicolás López Calera en su excelente libro. Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Granada, director de los Anales de la Cátedra Francisco Suárez, con una larga trayectoria como Director de la Sociedad Española de Filosofía Social y Jurídica, López Calera lleva a cabo su tarea desde un riguroso bagaje del que ha venido ya dando muestra en su Introducción al Estudio del Derecho en sus trabajos sobre Hegel y en el penúltimo de sus libros, Yo, el Estado (Madrid, Trotta, 1992) Su meta es clara desde el comienzo: arrojar luz sobre el fenómeno nacionalista, para aventurar sobre él, más que un veredicto de inocencia o culpabilidad, una valoración moral de sus efectos positivos o negativos a finales del siglo XX. Instituir un tribunal popular no parece tener mucho sentido, más parece tenerlo tratar de comprobar desde una ética mínima que los países occidentales comparten, si el nacionalismo es algo bueno o malo, positivo o negativo para que los seres humanos puedan vivir en paz, en justicia, en libertad o igualdad (pág. 13) Con este objetivo recorre el libro cuatro etapas: en la primera intenta aclarar qué es el nacionalismo, qué una nación y un pueblo, y qué relación guardan con la exigencia de autodeterminación; en el capítulo 6 enfrentamos el problema de valorar el hecho nacionalista hoy, para pasar en los capítulos 7 y 8 a inquirir el sentido de un fe- Isabel Uceda nómeno semejante en la época de la globalización y la interdependencia entre los Estados. El último capítulo lanza por fin la pregunta que el lector venía planteándose: a fines del siglo XX, ¿es legítima la violencia para defender el derecho a la autodeterminación de una nación? ¿Es un caso de violencia legítima o de guerra justa Pertrechado de una bibliografía tan abundante como reciente, sitúa el autor el problema en el contexto en que deviene más comprensible: el resurgir de los nacionalismos se explica en parte por la insatisfacción que causan tanto el individualismo liberal, incapaz de aceptar que somos comunitarios, como el colectivismo maodsta, empeñado en disolvernos en colectividades. Más allá de uno y otro, necesitamos las personas cobrar nuestra identidad en comunidades, y una de ellas, mecida en brazos de la tradición y la historia, acuñada por una cultura, tal vez arropada por una etnia o una lengua, es la nación. Sólo que aquí empiezan también las dificultades, porque ni la lengua, ni la etnia, ni la historia son criterios suficientes para determinar qué es una nación. Por eso, nó hay un registro de naciones o de identidades nacionales como no hay tampoco un tribunal de apelación para decidir quién es y hasta dónde llega o comienza una nación u otra (pág. 65) Con lo cual se hace prácticamente inviable aclarar cuándo una comunidad puede reclamar convertirse en Estado, aduciendo que es una nación. La tesis de que el poder político obtiene su legitimidad de que una nación se lo haya conferido es una forma de hacer política, pero no es una exigencia ética en el sentido de que, si una nación no es un Estado, se haya cometido un delito de lesa humanidad Moralmente hablando, distintas naciones pueden componer un Estado multinacional, sin que por eso pierdan un ápice de su dignidad, siempre que el Estado cuide de que las tradiciones culturales queden protegidas y puedan impregnar también los procesos de socialización de las generaciones futuras. ¿No parecen contradecir estas afirmaciones la Resolución de Naciones Unidas de 1960 sobre el derecho de los pueblos a la libre determinación, ratificada en Nueva York en 1966? Aparte de que tales resoluciones no son palabra de Dios, López Calera sitúa las dos mencionadas en el contexto oportuno, que es el de la descolonización, no el de la quiebra de los Estados soberanos ya existentes. Son las colonias las que pueden reclamar autodeterminarse, y no porque lo digan Naciones Unidas, sino porque les asisten derechos morales. En cuanto a los Estados existentes, su posición es correcta mientras respeten las peculiaridades diferenciales; y puede llegarse más lejos si los grupos nacionales que así lo reclaman toman el camino democrático, jamás la violencia. A la pregunta nacionalismo, ¿moral o inmoral? no cabe, pues, más respuesta razonable que depende depende de que sea compatible con la solidaridad; depende de que se oriente por una ética mínima, depende de que recuerde que somos ciudadanos del mundo y que para quien es hombre- mujer, varón- nada de lo humano puede resultarle ajeno. Cuando se dice que determinados problemas requieren otras soluciones además de las policiales, se piensa normalmente en las políticas. Yo creo, sin embargo, que urge pensar también en medidas intelectuales en la aportación de trabajos informados, rigurosos y claros como el de Nicolás López Calera. A. C. O RGANIZAR un curso sobre bioética implica incluir en el programa temas como la eutanasia, el consejo genético, las biotecnologías, el sida, el aborto y todos esos asuntos que resultan provocativos porque llaman la atención. Pero basta con pasar unos días en un hospital para percatarse de que, aun sacando una gloriosa matrícula en todas esas materias, el aspirante al título de medicina o enfermería debería quedarse sin él si no obtiene al menos un aprobado raso en una asignatura mucho menos espectacular: profesionalidad en la práctica cotidiaria. Igual que el valor se supone en la marina, la profesionalidad se da por supuesta cuando el personal de medicina y enfermería recibe su licencia para curar y cuidar. Por eso en los cursos de reciclaje se piensa sólo en temas sensacionales, o por lo menos bastante más extraordinarios de lo que suele encontrarse el profesional en su planta día a día. Lo que se encuentra son personas- pacientes- debilitadas por dos causas: por la enfermedad y por su ignorancia en materia sanitaria. Esperan la información del médico como agua de mayo, confían en que con su saber sabrá sacaries del mal paso, se ponen en manos de las enfermeras y de ellas esperan que prevendrán las llagas, curarán las heridas, comprenderán que su caso es distinto del del enfermo contiguo. Nada espectacular. Ni petición de ayuda para morir, ni consejo genético. El cuidado cotidiano, la relación competente y cordial de cada jornada. Pero, por desgracia, también a las relaciones sanitarias afecta el virus de la funcionarización del personal. También al hospital, excepciones aparte, ha llegado la plaga de rebsyar la vocación a functonariado. Y, como recuerda Diego Gracia, el funcionario procura no ser tan negligente como para verse en problemas judiciales, pero ha perdido ese sentido de la profesión como vocación que exige una buena dosis de entrega. Bueno sería, pues, antes de hablar de deontología profesional defensiva y de temas llamativos, insertar en los curricula una modesta pero ineludible asignatura: Medicina Enfermería como vocación Adela CORTINA 63