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A B C literario S OBRE la necesidad de restaurar a Azorín en! a lectura de los españoAzorín les, he escrito aquí ya alguna Edic. J. Paya y M. Rigual. Prólogo: Andrés Trapiello. Pre- Textos. vez. El gran escritor domó nuestra lengua, la aquietó tras ios encrespamientos decimonónicos, apaciguó su sintaxis, enseñó propiedad léxica y buenos modales expresivos, y, mientras hacía éstas cosas, instauró en sus lectores una nueva sensibilidad. Si quienes trazan planes pedagógicos empleando champán en vez de gaseosa fueran capaces de arrepentimiento, impondrían en la adolescencia su lectura. Empezando a leer seriamente por él, la tropa juvenil aprendería algo que, en general, no sabe: cómo es el Idioma español. Por no estimular a su lectura en las aulas o por los implacables vaivenes de la moda, la industria editorial apenas apuesta por sus libros. El autor de Castilla no parece tener hoy muchos devotos. Por ello, debería alegrar a quienes lo son la aparición de éste, que patrocina la Fundación Caja del Mediterráneo, Pero yo, a quien nadie gana en admirar al gran maestro, no siento ni frío ni calor ante este puñado de páginas, impresas para conmemorar el centenario ae la cinematografía. Se reúnen en ellas más de cien artículos publicados entre 1921 y 1964 en ABC, La Prensa de Buenos Aires y Primer Plano seguidos de dos guiones- guioncilios más biendei propio Azorín. Gran parte de este material ya se había recogido en libro. Salvo cinco, Azorín no parece tener esos artículos fueron escritos a partir de 1950; cuando los escribía, el autor era ya muy setenhoy muchos devotos. Por tón y su agotamiento resultaba palpable. Había ello, debería alegrar a quienes salido alelado de la guerra. Lo visité en su casa y en vano intenté conversar con él: la imprelo son la aparición de este sión de sordomudez que producía era absolibro. Pero yo, a quien nadie luta. Lo mismo contaban sus interlocutores de entonces; y ios de antes. Se publicó una engana en cupriirar al maestro, trevista de Cela, que pareció cruel y sólo era fiel: todas las réplicas correspondientes al enno siento ni frío ni calor ante trevistado consistían en puntos suspensivos. este puñado de páginxxs El laconismo de Azorín fue siempre proverbial, pero ¿tanto? Fue en esos años de mocedad aún no perdida cuando yo leía o intentaba leer los artículos que ahora salen en el tomo de en el libro, si en la película. Temo declararme: Pre- Textos. Tenía- como ahora he tenido- que no quiero escandalizar a nadie si digo que el refugiarme en el gran Azorín de muchos lustros goce, en la película, me llena más que el goce antes para mantener intacta mi admiración. en el libro. He leído muchos libros, he estado Al asombroso escritor le había dado desde leyendo desde hace setenta y tantos años; no 1950 por meterse en las salas de cine, y eso es extraño que ahora me entregue a las películo llenaba de orgullo: He visto incontables pe- las. Dicen que el cine es el séptimo arte; yo lículas, una o dos diarias durante los últimos digo- sin empacho- que es el primero cinco meses escribía aquel año, en un articuNo faltan otras declaraciones tan tajantes. lillo que declaraba estar redactando bajo la im- Aquella, por ejemplo, en que proclama cómo la presión de un filme basado en los Cuentos de cultura del libro está en trance de ser arruinada la Alhambra de W. Irving. Confesaba allí que por el cine. ¿Qué calamidades para ella no hule había cautivado- es la palabra que usa- C. biera vaticinado, de haber previsto el auge imS. bonita, graciosa, simpática C. S. es Car- perial de la televisión? (Por cierto, habría acermen Sevilla, a la que, en crónica posterior, ca- tado en el réquiem) Todo en este arte sulifica de sin par (Aurora Bautista también le premo supera a lo alcanzado en la escena. parecía magnífica) Tan intensa aplicación al Considerando, por ejemplo, la interpretación, cine ofrece todos los síntomas de una manía ¿quién osará pensar que un actor o una actriz senil, alentada por los empresarios de las salas de teatro pueda llegar adonde han llegado un madrileñas que le resen aban diariamente una Errol FIynn, un Gregory Peck, un Walter Pidbutaca gratuita por si quería asistir. geon, una Greer Garson, una Barbara El Azorín de antes, incansable lector, agudo Stanwyck, una Lana Turner El arte no había exegeta de clásicos y modernos, a quien re- alcanzado con su poder educador y estético a sulta difícil imaginar sin un libro en las manos, tanta cantidad de gente: lo que en el teatro era escribe ahora, en 1950, cuando le ha aque- público es multitud en el cine. No sólo eso: jado el antojo cinefilo, estas palabras asombro- éste posee una eficacia civilizadora mundial, sas: Desde hace meses- creo que cuatro- puesto que en todos los países se exhiben los dedico la mañana a la lectura- de ocho a una- mismos modelos. Salvo en pocos casos, Azorín, en estas páy la tarde, desde las tres, al cine... No podré decir dónde encuentro mayor goce estético, si ginas, habla mucho menos de cine que de El cinematógrafo otras cosas, tratadas por el autor amena pero inconexamente, con finura y sabiduría, que no disimulan su na 339 págs. 2.500 ptas. turaleza de mera divagación. Y sin embargo, es también cierto que algunos pasajes permiten vislumbrar por entre la niebla de los años al amado Azorín. Guando compara el teatro con el cine, por ejemplo, o cuando defiende el doblaje frente a ios puristas del sonido intangible, o cuando señala la influencia del filme en la novela, perceptible ya en Blasco Ibáñez, sólo cinco años después de su invención. Con todo, el interés principal del libro reside en los cuatro artículos de los años veinte, en que Azorín llama la atención sobre la importancia que van a tener los filmes en la vida artística y social, frente a las opiniones, por ejemplo, de Anatole Franco o de Pío Baroja, tan despectivas. Llega a mucho más: en un artículo de 1928 sostiene que el cine tendrá que emanciparse de la literatura, de la cual se ha nutrido hasta entonces. Ei cinematógrafo debe vivir por su cuenta afirm. a; su vida debe marchar independientemente de! arte literario Chaplin, un Moliere moderno en su opinión, está demostrando cómo ello es DOSIble, Cree que el cine vivificará el arte escénico, y afirma, ingenuo o anárquico, cuánto gozo debe inspirar la destrucción de teatros para edificar salas de cine, porque amplía la posibilidad de representar lo humano. En el teatro, que ha sido cartesiano, dice, hasta entonces, era Imposible representar las fuerzas anímicas aún desconocidas, el subconsciente alumbrado por el psicoanálisis, El cine sí lo permite. Es curiosa esta temprana atracción de Azorín por Freud, coincidiendo, por cierto, con los Machado, que, por entonces, escribían y estrenaban Las Adelfas cuya trama se apoya explícitamente en las doctrinas del genial vienes. Esta temprana adhesión de Azorín al arte cinematográfico es admirable: revela hasta qué punto estaba alerta su espíritu. Le complacía haber inventado el verbo cinematografiar Y hasta él mismo escribió- sin pena ni gloriapara la pantalla. Parece que pasado el momento inicial del descubrimiento, con lo que tenía también de polémico, su entusiasmo se apaciguó, para encresparse, como hemos dicho, desde 1950. De este año son estas palabras lúcidas: No puede el escritor permanecer impasible a tan inmensa, variada y fecunda manifestación estética. El cine llega en su momento: en su tiempo y para su tiempo Nos gustaría que explicara por qué, pero esperamos en vano. Ocurre en casi todos los artículos: destella un pensamiento, una ¡dea feliz, tal vez fecunda; pero el autor toma otro rumbo, y se distrae, como aquí ocurre, por diversos meandros. A su perspicacia para defender el arte nuevo no corresponden los argumentos desarrollados en la mayor parte de las páginas aquí reunidas, donde lo cinematográfico sirve de mero apoyo para divagaciones que decepcionan a quien busca el cine en ellas. Incluso, muchas veces, a quien busca a Azorín. Sus notas de estética fílmica- el espacio, lo particular en lo general, el gesto... -poco dirán al lector actual. Casi nada hay sobre la revolucionaria aparición del sonoro. Libro, en suma, no imprescindible, cuando queda tanto Azorín por alumbrar. Fernando LÁZARO CARRETER de la fíe Academia Española