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A B C Gran angular LO POLÍTICAMENTE CORRECTO Normalización de ia mirada B IZARRA apuesta la de Harold Bloom al intentar escribir su canon particular, es decir, al fijar os nombres y lugares indispensables de una tradición que, de Homero a Beckett, ha represen- ¿Cómo está afectando lo políticamente correcto a la literatura, al arte, a la estética contemporáneas? ¿Es un peligro real para la verdadera obra de arte? ¿Y el público, está indefenso? Creadores y críticos toman la palabra Un mundo en negro y Illanco L Coppección política y corrección canónica 1 0 políticamente correcto es un vago concepto sociológico inventado en los Estados Unidos para navegar- sin ofender demasiado visiblemente a nadie- el proceloso mar del multiculturalismo. Concepto, o mejor dicho, instrumento verbal, para encubrir el inmenso fracaso del melting pot de grupos étnicos o sociales o culturales irremediablemente no aglutinados. Instrumento, en tal sentido, profundamente superficial o hipócrita. Como reacción a los resultados- ciertamente nef a s t o s- de ese multiculturalismo de la no aglutinación, el profesor Harold Bloom ha inventado una noción opuesta, pero de igual superficialidad, que seria la de lo canónicamente correcto La noción se presenta- o se impone con absoluta arrogancia- en un libro titulado The Western canon que ha sido publicado fuera del circuito universitario por una editorial comercial con todas las características de lo que constituye un best seller Como tal fue prefabricado. Todo el libro va encaminado al establecimiento de listas finales de autores canónicos y no canónicos. Los que están y los que no están. Los inluidos van de Dante a Beckett, teniendo como punto capital a Shakespeare, seguido a cierta distancia por Cervantes. A propósito del primer autor del canon, Dante, quizá convenga indicar que el profesor Bloom lo lee y cita por una traducción inglesa en prosa. Uno de los significados de canon -según recuerda Robert M. Adams a propósito de este libro en The New York Review- -es un nivel de corrección- -correctness -derivado de un modelo. De ahí que hablásemos antes de una fórmula de contrapartida a la corrección como norma de una determinada política. El canon de la entera tradición de Occidente- ¿por qué, nos preguntamos, excluir a Oriente, que ha tenido tantas interacciones con el canon occidental? -está compuesto por veintiséis autores, la mitad de los cuales son, curiosamente, de lengua inglesa. Además, y eso es grave, el canon está constituido por autores, no por obras, como bien ha señalado el profesor Dennis Donoghue en el TLS y de autores escogidos en una sola dirección. El libro de Bloom pertenece en buena medida a la historia del mari eting Por lo demás, las citas erróneas son abundante pasto en el texto del profesor de Yate. Por citar un solo ejempto, el Lazarillo de Termes queda atribuido a Femando de Rojas. A Emily Dickinson- a pesar de ser uno de sus fetichesla cita Bloom dos veces equivocadamente y sobre ese texto erróneo construye su interpretación. No podríamos entrar ahora en mayores detalles. Baste añadir que Mallarmé se menciona de paso una sola vez en las casi 600 páginas del canon- el de Bloom, claro- y Rilke otra vez muy casualmente; no se menciona en absoluto a Leopardi, Novalis, San Juan de la Cruz, Valle- Inclán y casi no tienen existencia Hólderlin, Flaubert, Coleridge, T. S. Eliot, Baudelaire o Rimbaud. A ese y otros propósitos quisiéramos cerrar nuestro comentario con estas palabras de Robert M. Adams en el New York Review Oh, come on Harold José Ángol VALENTE A historia demuestra que los juicios políticos, del mismo modo que las hogueras, no pueden dominar una obra literaria e impedir que sigan su tado el saber literario occidental. Si, por una parte, la crítica e toriografía contemporáneas an preferido orientar su trabajo n la dirección de reconstruir el espacio cultural de las épocas 1 las que las formas de arte ergían y se configuraban, oloom, en un alarde olímpico tJe le sitúa más allá de la crítica y cerca de su gustos particula s, sanciona la tradición literaria estableciendo una especie de Santuario de las letras en el que econocerse y practicar la devoción. Dante o Shakespeare, Milton o Goethe, Joyce o Rilke, se Pi esentan casi como extremos niinantes de una tradición y un imaginario que la literatura a representado, Esta especie de normalización la mirada sobre la propia histo a no creo que conduzca a refor u n a Idea perdida de la identi occidental, siempre discutible ni a reorganizar el imaginario una cultura de siglos, pero sí f que aspira a producir la ilusión de una seguridad a la que i t i r s e en esa especie de juicio Paris que es nuestra época. Francisco JARAUTA camino un poema o una novela. Es poco conveniente que un escritor critique la novela de un colega. Estoy leyendo Ein weites Feld la novela de Grass; está escrita en un lenguaje muy hermoso y la encuentro muy interesante. La crítica politizada, la verdad, no me interesa. Divide al mundo en negro y blanco y no tiene competencia alguna para evaluar una obra en el plano literario y apreciar su alcance. Le es imposible no desnaturalizar los trazos y falsear el contenido. La polémica se encarga de lo demás. Me gustaría que en Alemania el estado de espíritu de la crítica se acercara un poco más al existente en Francia, donde los debates contradictorios en que se enfrentan los escritores de opiniones diferentes no interfieren sistemáticamente en el átfnbito propiamente literario, en el que la dimensión de lo escrito sigue siendo lo esencial. Además, ésta es una cuestión sobre la que los escritores se entienden mutuamente. EmstJÜNGER