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A B C literario El próximo martes se cumplen doscientos años del nacimiento de John Keats, poeta de tan breve vida como intensa obra. Melancólico- Soy un cobarde. No puedo soportar el sufrimiento de ser feliz -y lleno de humor, su romanticismo exacerbado, que jugueteaba con modernidad y tradición, fue presagio de una edad nueva de símbolos y desgarro. ABC Cultural, de la mano de Carlos Pujol y Jaime Siles, intenta iluminar la dimensión literaria y humana de un poeta al que siempre hay que volver Sobre todo con sus Sonetos y Odas que, en versión de Alejandro Valero, lanza la próxima semana Hiperión K EATS es un poeta que ha sufrido admiraciones un poco empalagosas, éxtasis, grititos de entusiasmo, océanos de sensibilidad desbordada; y como reacción muchos se pusieron a buscar algo que pareciera más serio o menos contaminado por sentimientos tan efusivos. Pero la verdad es que no lo encontraron: no hay en toda la poesía inglesa moderna nada que esté a su altura, y de una forma u otra siempre hay que volver a Keats. A sus contemporáneos también les irritaba aquel jovencito, que por otra parte no se metía con nadie, que sólo aspiraba a escribir versos, y nos dejaron un repertorio sañudo y rencoroso de alusiones: así Byron, que en el canto undécimo del Don Juan se permite lucir no se sabe si compasión o desdén; triste suerte la suya dice, Poor fellowl ¡Pobre diablo! Pero en sus cartas se quita la careta y le Insulta rabiosamente. Sus hermanos mayores de la edad romántica- Shelley le llevaba tres años, Byron siete- sobrecargaban la poesía con el peso de todas las añadiduras: vidas terribles, escándalos, aparatosas gesticulaciones, ideas e ideales, aquella fue una época de mucho estruendo en la que los poetas echaban mano de todos los postizos a su alcance para mejorar su perfil y hacerse más llamativamente poéticos. Pero Keats pasó por su breve vida casi de puntillas, con una fama de fragilidad que parecía asociar la tuberculosis con un modo de ser tan impresionable y delicado que un comentario adverso podía ocasionarle la muerte John Keats, a Cjuien mató una critica como dejó escrito Byron) Él lo negaba, asegurando que lo peor que podían decir de sus versos no era nada al lado de su propio juicio, que era muy severo e inapelable. Soy mi único juez, venía a decir, para bien y para mal, y los ataques más atroces no me alteran ni debilitan la fe que tengo en mí mismo. Nos admira su estupenda seguridad, cuando era aún tan joven, como en julio de 1816, a los veintiún años, al renunciar a su modus vivendi, el oficio de cirujano (modalidad entonces muy modesta e inferior de la medicina, por otra parte sigo que parece lo menos adecuado para un poeta lírico) porque me propongo contar únicamenta nns sici ns nFSPiiFS U U O O l P L U l I I l L U f U L O con mis dotes para la poesía No nos extraña que su profesor le llamase loco o necio pero en esta anécdota de vocación exclusiva tan arriesgada está todo el secreto de Keats, que necesitó vivir solamente para la poesía como expresión esencial de las cosas; en la vida, en el amor, en la fama (como nos dice en el irónico soneto que dedica a la memoria de Bums, sonríe entre las sombras, porque la fama es esto no cree mucho, su religión es la fantasía poética, sólo tiene una fe absoluta en sus palabras. A los veinticinco años los poetas suelen andar aún en trabajosos balbuceos, aprendiendo qué es lo que quieren decir y cómo, y soltando enfáticas tonterías: Keats a esta edad ya había escrito toda su obra, que a menudo es desigual, pero que contiene maravillosos hallazgos. Sin tener nada que ver por ejemplo con las actitudes del fulgurante Rimbaud, porque Keats, tal como se muestra en sus interesantísimas cartas, no es un rebelde alucinado, sino un hombre muy consciente y reflexivo, lleno de humor. También muy melancólico (en un poema Yeats te vio con el corazón insatisfecho como un colegial con la nariz pegada al escaparate de una confitería presintiendo, y no sin justificados motivos, que tenía muy poco tiempo por delante, y JOHN KEATS que la felicidad se le iba a escurrir de entre las manos. En una carta a Fanny Brawne cifra la dicha en la sencillez de unas cuantas cosas, libros, fruta, vino francés y buen tiempo- algo no fácil de encontrar en Inglaterra, pensamos- y un poco de música al aire libre La tisis le llevó a Roma, en busca de una imposible curación, y allí dictó a su fiel amigo el pintor Sevem la frase que quería como epitafio: Aquí yace alguien cuyo nombre se escribió en el agua así se veía él, descorazonado, poco antes de morir pareció que entraba en el sueño dice Sevem en una carta al describir su muerte) pero nada menos cierto; su poesía está ahí, perdura a pesar de sus enemigos de ayer y de hoy, de sus admiradores no siempre discretos, de tantos como le han imitado. Y, ay, también de sus traductores, peleando con una materia verbal que se resiste a los trasvases, y que tiene como un toque angélico que es dificilísimo reproducir en cualquier otra lengua. Porque Keats no está en ningún mensaje suyo un poeta es lo más apoético que existe, ya que carece de identidad avisó) no quena hacer ninguna revelación ni ilustrar gallarda o airosamente un convencimiento, una idea lo que horroriza al grave filósofo es una delicia para el camaleónico poeta algo transmisible que en manos de un traductor pudiese meterse en otro molde. F P -C i y telto posible lo que (Xieden decir las palabras por que no mas, seguro de que todo lo sí mlses estríctamente poesía es un error decirio en verso, porque sería mucho más adecuado usar la prosa. Y esta exclusividad poética sumirme a mí mismo en poesía dijo, cano quien se sumerge para ahogarse en su propia voz) es lo que le ha asegurado la perennidad, lo que le ha hecho ser el poeta por antonomasia. Nada más que eso, el que renuncia trágicamente a todo para convertirse en un nuevo mundo de palabras, una vida y un arte que se transforman en música significativa. Por eso recordamos hoy aquel 31 de octubre de 1795, hace doscientos años, en que nació John Keats. Garios PUJOL 15