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ABC literario Ensayo Reinas de Francia Jean Cocteau Parsifal, 1995. 136 páginas, I. SOOpesetasPanamá Al Brown. Galaxia Gutemberg Círculo de Lectores, 1995. 144 páginas, 4.995 pesetas VN Cocteau es a la historia cultural del medio siglo algo así como lo que fue Coco Chanel a la historia de la elegancia: su instrumento. Un instrumento privilegiado, único, versátil, y sobre todo, nómada: poeta, autor teatral, locutor, dibujante, director de cine, novelista... Sus armas, la curiosidad y el talento, su mundo, la ruina del siglo y su segundo renacimiento: las vanguardias. Las dos obras que hoy le traen a la actualidad en los escaparates de las librerías españolas son, por su propia concepción, menores. Algo así como una plaquette del genio de Cocteau, que gustaba perderse en vericuetos de poca monta justamente para hallar su lado sorprendente, único, maravilloso; el lado, la visión, el sesgo de Jean Cocteau. Ahí, en esa pequeña transgresión de lo cotidiano, de lo familiar, de lo común, reside gran parte de su talento. Ese talante excursionista del genio que hallaría su mejor expresión en la mixtura lograda entre realismo y surrealismo, una opción en su momento esquizoide, pues todos estaban donde se suponía que debían estar. Una elección a medias compartida por los más grandes: Picasso y Paul Eluard. Reinas de Francia es un homenaje a la feminidad. Por el litxito, que en un principio apareció en edición de lujo acompañado por grabados de Christian Bérard, desfilan una veintena de reinas, coronadas unas por el azar de la historia y otras por la elección, en absoluto derrracrática, del escritor. Desde Santa Genoveva hasta La mujer de mañana, Cocteau hace pasar por su imaginación y por el hilván de la historia a unos personajes que, finalmente, destilan de sí mismos aquello que al escritor le apetece salvar: la fortaleza de la Duquesa D Étampes, la gracia de Blanca de Castilla, el orgullo y la ambición de Anne- Marie- Louise D Orléans duquesa de Montpensler, o el aura trágica de Sarah Bemhardt. La escritura exquisita, transparente como el agua, se sirve del poso de la historia, de lo indeterminado de las palabras que atraBrovm) fue según los aficionados a este deporte un boxeador excepcional, campeón del mundo de tos pesos gallos, ganador y gastador de fortunas. Cuando Jean Cocteau lo conoció animaba una orquestina de negros en el Caprice Viennois de Paris. El deportista era una ruina física y económica, no repuesto de la pérdida del título mundial en Valencia frente a Baltasar Berenguer (Sangchilli) El escritor logrará que el deportista vuelva a subir a un ring, vuelva a ganar y sienta que la vida vuelve a él antes de desaparecer con la troupe de un Oiganería en la Diócesis de Granada Juan Ruiz Jiménez Dip. Provincial de Granada Junta de Andalucía Granada, 1995. 226 páginas, 2.100 pesetas E Estas dos obras son, por su propia concepción, menores. Algo así como una plaquette del genio de Cocteau, que gustaba perderse en vericuetos de poca manía para haUar su lado único, maravilloso; la visión, el sesgo de Jean Cocteau viesan tos siglos, para que no falte ese fondo nebuloso, movedizo, sustancial en toda pintura de Cocteau. La aventura de Cocteau como amigo, rnentor y sparring sentimental del boxeador panarrieño Al Brown, forma parte de (al margen de privadas emoctones que desconozco y nada sustancial añaden a la historia) la obsesión del escritor p a la salvación, por el rectolaje moral, por hacer brotar la vida allí donde, aparentemente, ya ha desaparecido. Al Brov n (Alfonso 14 circo. B deportista inspirará al escritor hermosos textos que defienden no sólo al amigo, no soto al deportista resucitado, sino, COTTK) siempre, una corx pción del mundo según la cual lo evidente es to menos importante. Por eso quizás admirará de Al Brown su capacidad para rx) estar en el ring su habilidad para zafarse de susrivales su carácter de fantasma. En su discurso de ingreso en la Academia Francesa, Cocteau sorprendió a la vetusta audiencia al citar en su discurso a Ai Brown: CuarxJo admiro a un pintor me dicen: de acuerdo, pero eso no es pintura. Cuando admiro a un deportista me dicen: de acuerdo, pero eso no es deporte. (Y es to que me decían tras cada combate de Al Brown) Todos me decían: eso es... otra cosa. Con el tiempo comprendí que esa otra cosa es la mejor defintoión de poesía B libro contiene además de una introducción del pintor Eduardo Arroyo (biógrafo, con fortuna, de Al Brown) una colección de fotografías que lo convierten en un álbum de excepcional edictón. Entre tos textos merece especial interés para incondicionales de Cocteau, una breve conversación con Roger Sttiéphane, en la que se descutiren pequeñas claves del autor. José MÉNDEZ SPAÑA es el paraíso de los órganos barrocos. Mientras la Iglesia mantuvo su poder económico, construyó y renovó con terca constancia los instrumentos antiguos, por lo que no han quedado muchos de etapas anteriores, salvo las cajas y algunos juegos de tubos utilizados en las restauraciones. La pérdida del poder económico tras la francesada y las desamortizaciones aminoró la actividad organera, por to que tos viejos artilugios del XVII y del XVIII permanecieron en sus sitbs, muchas veces mudos. Sabemos bastante sobre estos órganos, hoy HTo hay mal que por bien no venga- un auténtico tesoro mundial. Pero satDemos mucho menos sobre órganos del otoño medieval o del siglo XVI. A falta de tos instrumentos, sólo cabe el rastreo por los archivos. Es lo que ha hecho con notable diligencia Juan Ruiz Jiménez respecto atosconstruidos en la diócesis granadina entre 1492 y 1625. Es de agradecer que el estudio se haya extendido a toda la diócesis (que obviamente no coincide con la actual provincia) y no sólo a la capital y a su catedral, que ya fue objeto de una imponente monografía del P. López- Calo en 1963. Las dificultades eran múltiples, muchas de ellas originadas por los incendios del archivo de protocolos notariales en el XIX y el de la Curia Arzobispal hace algo más de una década. Sin embargo, el autor ha logrado encontrar documentación en 39 focos eclesiásticos distintos, y aunque no todos tienen la misma importancia, traza un parrarama cronológico bastante completo y, lo más interesante, muy verosímil. Algurras de estos documentos han sido reproducidos en los apéndices, y todo ello animará seguramente a otros investigadores para que nos ayuden a completar la historia de la organeria española en el siglo XVI. Pero el efecto multiplicador que conlleva todo trabajo de erudición bien logrado puede tener en esta caso más importancia de to que en principio parece. No es soto el acopio de datos documentales to que hace estimable este libro. Si antes escribí que el resultado parecía muy verosímil es, fundamentalmente, porque el autor no se ha limitado a recopilar datos y a ofrecerios de manera ordenada, sino porque tos ha analizado y ha pensado sobre ellos, to que en la musicolog a española- anclada aún en tos viejos moldes positivistas- no es muy frecuente. B cuerpx) fundamental del libro indaga con éxito en las condiciones sociales y artísticas que rodean esta actividad: el proceso administrativo de la construcción de órganos, la organización gremial de sus artífices, incluyendo por supuesto a los constructores de las cajas- verdaderos retablos sonoros cuya impatancia señaló hace años Antonto Bonet Correa- la tipología instrumental en relación con la disposición espacial del buque del templo, y hasta la texicografía utilizada en los documentos, incluyendo un índice de términos de organeria no por parco menos útil. El trabajo de Ruiz Jiménez se constituye así en un modelo digno de análisis y de imitación. No sólo tiene interés por el contenido sino por el método utilizado. Interesa al historiador de la música, pero también al del arte, al de la lengua y a cualquiera que sea sensible a nuestro pasado cultural. Antonio GALLEGO