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ABC literario Novela Primero hay que aprender a remar Richard Bode ION el tiempo llegamos a destino, si puede decirse que lo hacemos en algún momento. Lo cierto es que después de recalar en una costa se nos presentan destinos nuevos, por eso el auténtico marino sigue virando eternamente Parece una cita extraída del mítico Viaje a ítaca pero no, se trata de una de las innumerables reflexiones expresadas en First you have to row a little boat (1993) Primero hay que aprender a remar del autor norteamericano Richard Bode. Se trata de su segunda novela- aunque tal término no resulta el más apropiado- con anterioridad escribió Blue Sloop at Dawn y su artículo Montar al viento fue galardonado con el Excellence in Writing Award de la Sociedad Norteamericana de Periodistas y Escritores. Narrada en primera persona, esta novela relata las vicisitudes del propio autor cuando, durante su infancia, se inició en el arte de la navegación. Temporalmente la narración de la historia se enmarca en el período en el que fue propietario de un balandro; pero pese a ello y a conocer distintos datos de su vida, como su condición de huérfano o, ya en el presente, su situación familiar y laboral, no se puede hablar de un argumento desde un punto de vista ortodoxo. La obra es más bien un libro de memorias, de añorados recuerdos infantiles cargados de implicaciones filosóficas. Nos encontramos ante una singular versión de bildungsroman donde la evolución existencial del héroe se sobreentiende implícitamente a través de su desarrollo como marino. Los acontecimientos del pasado son contrastados con situaciones y vivencias actuales en un intento de destilar posibles lecciones vitales. El propio título de la obra apunta en sí mismo a un doble significado: antes de emprender grandes empresas es necesario adiestrarse en los asuntos más ordinarios. El mar resulta ser una fuente inagotable de enseñanzas y la actitud del marino ante los posibles contratiempos no responde sino a la dimensión catártica que, según el autor, es una de las características fundamentales del mar. A lo largo del relato irán apareciendo innumerables referencias a los grandes autores norteamericanos, sobre todo a Henry David Thoreau. La identificación del autor con su antecesor se da tanto a nivel conceptual como formal. Al igual que el trascendentallsta, Bode entiende que es en los actos cotidianos, como una simple virada, donde el hombre puede alcanzar las más altas cotas de perfección. Sin duda es por ello que cada acción, por sencilla que pueda parecer (por ejemplo, evitar un gran buque que se aproxima a lo lejos) sea narrada como una auténtica aventura, como si se tratara de una epopeya digna de los mejores relatos épicos. La obra no parece albergar grandes ambiciones literarias. Sin embargo, se trata de un delicioso relato, bien escrito, con significados que tal vez se le escapen a alguien de tierra adentro, como quien suscribe, pero que, desde ego, alcanzará una particular dimensión para los aficionados a la navegación. La traducción, sobre todo en lo relacionado a la terminología iTriarina, es excelente. José Antonio GURPEGUI La Última princesa de Maiichuria Lilian Lee Traducción de V. Pozanco. Ediciones B. Barcelona, 1995. 245 páginas, 2.200 pesetas c Traducción Vf, Eugenia Ciocchini. Ed. Alba Barcelona, 1995. 175 páginas, 1.200 pesetas P OCO después de que el historiador Paul Presten recordara en una Tercera de ABC el papel desarrollado por Salvador de Madariaga en la Sociedad de Naciones, a propósito de la que se denominó crisis de Manchuria y su denuncia de la agresión japonesa al territorio chino, llega al lector español esta nueva entrega novelística de Lilian Lee cuyo centro de la acción se sitúa, precisamente, en esos años, los treinta, y en ese lugar, Manchuria. Un asunto, por demás, harto curioso, que dio paso al expansionismo japonés en Asia, al desgajamiento del debilitado poder político chino y a la intervención de los comunistas chinos en el reordenamiento de la inmensa nación. Lilian Lee es bien conocida en España tras la publicación el año pasado de Adiós, a mi concubina y el éxito, si no literario sí cinematográfico, que obtuvo la adaptación realizada por el director chino Chen Kaige de su novela. De nuevo, nos convoca en La última princesa de Manchuria a una suerte de novela histórica, unos personajes atrapados en las invisibles y sinuosas madejas de los acontecimientos políticos, de las convulsiones sociales; zigzagueantes destinos que han sido fijados mucho tiempo atrás, huidas y encuentros, traiciones e intereses lanzados en la humillación, sumidos en la pasión del poder, de la ambición; en fin, un minucioso laberinto político mostrado desde la perspectiva de uno de sus perso- en sus más vivos colores LA ISLA DEL DÍA DE ANTES UmbertoEco Eco najes más enigmáticos. La novela trata, claro está, de la intervención japonesa en la que fue Manchuha- Manchukuo, tras la invasión nipona- y de las tramas chinas de apoyo a esa Invasión; del desmoronamiento de la dinastía manchú- con alguna aparición espectral del último emperador Pu Yi y de la cohorte que le jalea y le sigue en su esperpéntico reinado a las órdenes japonesas- y del conjunto de Intereses reunidos en torno a lo que iba a ser el Imperio del Sol Naciente. Para ello, la novelista, que controla de manera exquisita el tiempo de la narración, el velado perfil de los personajes y la ambientación del espacio, ilustra cada paso de la protagonista como si se tratara de relámpagos intermitentes que Iluminan determinadas zonas oscuras para el lector. Porque toda la historia gira en torno a un personaje; Hsientzu Aisin- Gloro, hija de la cuarta concubina del príncipe Su, de la familia imperial Qing, nacida en decimocuarto lugar entre los ventiún príncipes y las diecisiete princesas; quien con el tiempo, y como resultado de una espeluznante estrategia familiar, debería formarse en Tokyo, bajo la tutela del aventurero y espía Nanlwa Kowoshima. La niña, trasladada a la capital japonesa cuando apenas cuenta con seis años, se convierte así en el instrumento de la ambición del príncipe Su de restaurar la corte imperial, y en la excusa del Gobiemo militar japonés para convencer a Pu Yi, que ya lo estaba de suyo, de que en Manchuria, bajo el protectorado nipón, volvería a reinar el Hijo del Cielo. Esta es la trama de fondo, los asuntos que mueven las Incrédulas fichas del ajedrez. Pero, vayamos al tablero. Y es que el centro de la novela gira alrededor de esa joven ¿china? ¿japonesa? que adopta el nombre de Yoshlko Kawashima, La Venus de uniforme la última princesa de Manchuria; quien se convertirá, tras la máscara trágica del destino, en un objeto al servicio de intereses que escapan a su control. Lilian Lee vuelve a narrar un episodio, extendido a lo largo de más de cuarenta años, que desmadeja la historia, desvela los siniestros resortes de la política japonesa aplicada en esos años en China y concluye con un poso de sabia ambigüedad, porque, tal vez, esa criminal de guerra a sueldo de los japoneses, como se dicta en la sentencia china tras la conclusión de la II Guerra Mundial, ha jugado una partida con los ojos vendados, las manos atadas a la espalda y los pies suspendidos en el aire. Recordaba Mario Vargas Llosa en La verdad de las mentiras que la novela es un género amoral, o más bien, de una ética sui géneris, para la cual verdad o mentira son conceptos exclusivamente estéticos Lilian Lee ha logrado una novela profundamente amoral en la que la verdad y la mentira de su personaje se diluyen al paso de los convulsos acontecimientos. ¿Quién podría salvarse de la quema? Femando R. U FUENTE 11 Editorial Lumen Editorial Lumen