Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A B C literario Dos mil a ñ o s de Horacio Entre el placer y la virtud L A Leucónoe del poema es, sin duda, personaje y nombre inventado por el propio poeta para tener así un fingido oyente de sus reflexiones. Y a dicho coyuntural álter ego, entretenido en horóscopos y averiguaciones inútiles, falto de cordura, se le llama no en vano mente ingenua pues eso es lo que en griego significa Leucónoe. Es un consejo muy propio de Horacio este de poner el futuro entre paréntesis y limitar al presente los horizontes. A lo largo de toda su obra poética, tanto en la satírica y epistolar como en la lírica, se repite, con infinita variedad de Imágenes y formulaciones, la misma advertencia: agárrate al hoy porque el mañana es incierto. No es ésta, ya lo sabemos, ninguna nueva sabiduría, ni para nosotros, hombres del siglo XX, ni para los coetáneos del poeta. Es el vulgar pájaro en mano del refranero, preferido a los ciento volando Es el mismo consejo que tal vez hayamos recibido muchas veces de nuestros amigos. Un reclamo que sirve incluso a los comerciantes. Un pensamiento que leemos escrito en paredes y libros. El poema de Gilgamés, los líricos griegos, el Eclesiastés eran, antes de Horacio, partícipes de la misma convicción. La fórmula consabida de la oda a Leucónoe (así como las otras del mismo tópico que salpican los versos de Horacio) constituye una muestra más, entre muchas, de concreción literaria de ese mandamiento del saber vulgar. Una muestra más, aunque de singular fortuna, pues sirve de título, por ejemplo, a una novela del norteamericano Saúl Bellow; es leit- motiv como muchos recordarán, de la película El club de los poetas muertos y luce airosamente, en fin, como ilustración de camisetas, sobre pechos adolescentes, convertidos así, sin conciencia de ello, en posibles apóstoles de horacianismo. Esa predicada cosecha del día la suele orientar Horacio hacia los placeres de los sentidos, el vino y el amor especialmente. La invitación, circunscrita con tanta frecuencia al goce sensual, nos hace pensar, razonablemente, en un Horacio básicamente hedonista. Y no estamos con ello lejos de la realidad. La biografía antigua nos da una imagen consonante con esos testimonios de su poesía. Él mismo se autodenomina en una ocasión cerdo de la piara de Epicuro Los elogios del vino, el constante desfile de amoríos a lo largo de su lírica, todo ello literatura, hija de anterior literatura, sí, pero a lo que el autor prestaba su asentimiento, no hace sino reforzar esta semblanza. Tampoco, sin embargo, es exclusiva en él tal orientación y a veces Debía de rondar Horacio los cuarenta años cuando escribió la famosa oda dirigida a Leucónoe (I 1) en la que se encierra esa fórmula, carpe diem aprovéchate del día de hoy tantas veces repetida por los hiombres de su posteridad: Tú no preguntes- ¡prohibido saberlo! qué fín a mí, cuál a ti, dieron los dioses, Leucónoe, ni consultes cabalas, las de Babilonia. ¡C jiánto mejor soportar lo que sobrevenga, ya si inviernos muchos nos envía Júpiter o si éste es el último, el que deja ahora contra los escollos al Tirreno mar debilitado! Si tienes cordura, haz filtrar el vino y, breve la vida, corta la esperanza demasiado larga. Mientras conversamos, celoso ya el tiempo se habrá escabullido. Cosecha este día, fiando lo menos del que ha de venir. (Versión de V. Cristóbal) da a sus avisos sobre vivir al día una referencia más amplia y menos discriminada. Como cuando, conversando con su amigo Mecenas (oda III 29) le instaba a olvidarse de las zozobras inherentes al gobierno de Roma y de las amenazas que sobre ella se cernían: el dios providente del tiempo futuro oculta el desenlace bajo una noche de tinieblas... Lo que tienes frente a ti, no te olvides de ponerte en orden convenientemente; lo demás es arrastrado como por un río esto es lo mismo que decir: cada día tiene su afán, una jornada ofrece ya materia suficiente para estar entretenido. apartándose ya totalmente de este alegre y olvidadizo abandono, de este fácil y somero epicureismo, no le faltan palabras a nuestro poeta para pregonar la virtud y el racional designio de la existencia, palabras para aconsejar la imperturbabilidad, la templanza, la paciencia, la austeridad, la mesura, y que han cuajado en fórmulas tan célebres como la del carpe diem así el concepto proverbial de la mediocritas áurea o clorada medianía (o, si se quiere, ideal término medio que sirve como regla de conducta. En los momentos difíciles, muéstrate animoso y fuerte, mas también aprende a replegar las velas hinchadas por un viento demasiado favorable vive bien con poca cosa aquel en cuya sobria mesa brilla el salero de sus padres, y el temor o la innoble ambición no interrumpen sus sueños ligeros en pos de la fortuna creciente va la inquietud y el hambre de riquezas cuanto más se haya negado cada uno a sí mismo, más le ofrecerán los dioses y muchos otros manifiestos por el estilo. Y u 7- -w- D HOMBRE era Horacio y nada humano le resultaba ajeno. Y esta amplia dimensión de su humanidad le sirvió como fundamento y excusa para su obra poética, que cifra su precio, sin embargo, en otras razones: en la magia de un arte exquisito, por decirlo brevemente El poeta nos muestra, pues, esta su doble faz de moralista y vividor; auténticos son ambos rostros y no hay ninguna contradicción entre ellos. Horacio se mueve entre estos dos polos, y tan pronto se acerca a uno como se desplaza hacía el otro. Ni epicúreo ni estoico propiamente. Hombre era y nada humano- podria decir tal vez- le resultaba ajeno. Y esta amplia dimensión de su humanidad le sirvió como fundamento y excusa para su obra poética, que cifra su precio, sin embargo, en otras razones: en la magia de un arte exquisito, por decirio brevemente. Todos entendemos su materia; sus inquietudes son probablemente las de muchos hombres, y eso podría facilitar nuestro acercamiento a él. Porque Horacio llevaba dentro, prefigurándolos, a un Petronio y a un Séneca al mismo tiempo. Vicente CRISTÓBAL 25