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ABC literario Dos mil años de Horacio P O E S Í A lírica fue entre los griegos aquella compuesta para ser cantada o recitada con el acompañamiento de la lira, bien por una sola voz- monodia- bien por un coro- lírica cor a l- No se definía por el contenido, no era, como hoy se entiende, la expresión poética de lo individual y lo subjetivo, sino que, como es propio de los géneros antiguos, se caracterizaba por la forma en que se componía, unos versos precisos que se organizaban en unas estrofas precisas. Los grandes poetas de la lírica griega forman una teoría de nombres cuyo propio sonido emociona: Alemán, Estesícoro, Alceo, Safo, Simónides, íbico, Anacreonte, Píndaro, Baquílides. Pero en la historia de las literaturas occidentales esos nombres no fueron casi más que eso, puros nombres, hasta que, a impulsos del neohelenismo que alumbra hacia fines del siglo XVIII, fueron, los poetas, paulatinamente redescubiertos, cultivados e imitados. Garcilaso o Fray Luis o Lope; Ronsard o Du Bellay; h Iilton o Pope o Tennyson; Tasso o Carducci; KIopstock o Goethe ¡qué otra teoría de nombres ilustres! tuvieron como modelo y ejemplo la obra de un romano, Quinto Horacio Flaco, poeta de soberana vitalidad estética, hombre de cordial vitalidad humana. Del hombre- para ser exactos, del hombrecillo hablaba así hace dos mil años Augusto, el señor del mundo: Me trajo Onisio tu librito, Horacio, y, aunque él mismo se excusa por lo pequeño que es, lo tomo por bueno. Me parece que temes que tus libros sean más grandes de lo que tú mismo eres. Pero a ti lo que te falta es estatura, no cuerpo. Así que deberías escribir en papiro bien grueso, para que tus libros abulten mucho, como tu tripita. Horacio y la lírica quetes. Su contemporánea. Safo, utilizó parecido estilo y la misma técnica para componer una poesía amorosa mucho más íntima, recogida sobre las emociones de sí misma y de su propio círculo. Si bien Cafulo ya había experimentado especialmente con la imitación de Safo, Horacio se propone naturalizar en Roma la poesía lírica de los griegos y, concretamente, la de los poetas eolios. De esa empresa Horacio es perfectamente consciente, en ella cifra su máximo orgullo yo, siendo humilde, me torné en maestro y el primero fui que unió a ritmos ítalos los cantos eolios. Mis sienes, Melpómene, con el laurel deifico ciña de buen grado tu orgullo legítimo traducción de Fernández Galilano y gracias a ella sabe que alcanzará la inmortalidad He hecho una obra más perenne que el bronce, no la destruirán ni la voraz lluvia ni el fuerte Aquilón ni la innumerable serie de los años en que escapa el tiempo. No moriré entero... id. No moriré yo todo... -como también podemos traducir el célebre non omnis moriar horaciano- el afable hombrecillo ha dejado paso al artista consciente de la magnitud de su esfuerzo. gloria fue la oda, la oda horaciana, y ése también su legado inmortal a las literaturas de Occidente. Los antiguos poetas griegos habían gozado del privilegio irrepetible de referir su literatura a la vida, a la Naturaleza, al mito. Ellos los cantaban realmente y directamente. Pero, desde la cultura helenística, esa gozosa ingenuidad ya no era posible; la literatura se refería a otra literatura; la helenística a la griega antigua, la romana a aquellas dos. Horacio ya no canta: cantar y lira en sus poemas ya no son más que una convención por la que se refieren tenazmente a su antiguo origen y modelo. Horacio construye sabiamente su oda, la modela como un escultor su escultura y le insufla el hálito de su personal inspiración y su profunda humanidad. Nosotros, los lectores, ya no podemos cantarla ni siquiera la recitamos en voz alta, como hacían los romanos. Leemos las odas despacio y en silencio, intentando buscar la clave de su tersa belleza. La belleza de la oda horaciana no descansa, si se apura, en la estrofa, ni siquiera en el verso, sino en la palabra. Ésta es la unidad estética sobre la que se alza el monumento deliberadamente sucinto de su lírica: la palabra escogida por su peso y colocada en su lugar estratégico. Incluso en una lengua sintética, como es el latín, ORACIO trabajó intensala oda horaciana destaca por su mente para lograr la gloria exquisita economía poética- ¡y personal, la gloria de los que el lector me perdone por esta poetas y la inmortalidad que ella bárbara i u n c t u r a Pero, les concede. El instrumento de su cuando queremos traducirla a una lengua moderna, el reto es casi insalvable. No en vano uno de los más acertados traductores de Horacio al castellano, el padre Espinosa Pólit, nos avisa del efecto difícil al principio y sorprendente que produce una poesía que, en vez de fluir risueña y despreocupada, arrastrando al lector distraído en su ritmo halagador, le obliga a una lectura concentrada en que se detenga a dar valor a cada palabra de por sí, porque cada una confiere algo concreto a la síntesis emocional E H Bibliografía esencial Ediciones Odas En las Obras completas de Fray Luis de León. Edición del padre Félix García. Biblioteca de Autores Cristianos (Madrid, 1957) Odas Traducción de Miguel Romero Martínez. Agrupación Editora de Amigos de Horacio (Sevilla, 1950) Obras completas de Horacio y Virgilio Prólogo, interpretación, edición y traducción de Lorenzo Riber. Ed. Aguilar (Madrid, 1967) Odas Traducción de Javier Roca Ferrer. Ed. Lumen (Barcelona, 1975) Epodos y odas Traducción de Vicente Cristóbal. Ed. Alianza (Madrid, 1985) Odas y epodos Prólogo de Vicente Cristóbal. Traducción de Manuel Fernández Galiano. Ed. Cátedra (Madrid, 1989) O p e r a e d i c i ó n de E. C. Wickham- H. W. Garrod (Oxford, 1912 (1957 O u v r e s e d i c i ó n de F. Plessis, P. Lejay y E. Galletier (París, 1924) O p e r a e d i c i ó n de M. Lenchantin de Gubernatis (Turln, 1945) Arte poética edición de A. Rostagni (Turín, 1930) B r i e c e e d i c i ó n de A. K i e s s i i n g R. Heinze y E. Burke (Berlín, 1961) SE hombre, jovial, achaparrado y afable, ya había adquirido celebridad como escritor de mordaces invectivas, salpicadas de alusiones personales, políticas o eróticas (los Epodos o de ágiles poemas que reproducían viñetas de la vida cotidiana o que se ocupaban de crítica literaria o de costumbres (las Sátiras cuando, en torno al año 30 antes de Cristo, vuelve sus ojos hacia dos excelsos representantes de la lírica monódica griega, Alceo y Safo, los poetas eolios, que flore cieron al final del siglo Vil antes de Cristo. Alceo era un exquisito representante de la aristocracia de Lesbos, arrojada del poder por una tiranía populista. Desdeñoso, buscó refugio en la composición de una serie de intensos poemas en los que canta los temas que eran par excellence los de su clase: el amor, la guerra, la política, los ban 24 E Estudios críticos Horacio en España en Bibliografía hispano- latina clásica de Marcelino Menéndez y Pelayo (Santander, 1951) Horaz de Eduard Fraenkel (Darmstatt, 1963) Das Spátwerk des Horaz de C. Becker (Góttinger, 1963) SE instrumento de una belleza difícil que es la oda, Horacio lo manejó con destreza, flexibilidad y variedad casi increíbles. Cierto que tanto forma como temas los sacó, como ya se ha dicho, de sus modelos griegos. Pero Horacio, gracias a su sutil imaginación y a su insobornable personalidad, modela y transfigura el impulso emocional, tanto si procede de la vida como de la literatura, en una poesía fresca y viva, pero serena y pulida. Extremadamente consciente de la restauración de la grandeza romana y de los esfuerzos y logros de Augusto en esa empresa, Horacio ha dedicado algunas de sus más acabadas odas a cantar a Roma y Augusto; otras veces, en cambio, su poesía responde a una moda del momento o se refiere a sus amigos, al amor, y, tanto de joven como ya maduro, nunca se olvida de celebrar el vino y la buena compañía, la belleza de la Naturaleza, el efímero esplendor de la primavera. En unos casos como en otros gran parte del encanto de su poesía deriva de esa mezcla única de la sensualidad con el buen sentido, de la pasión con la ironía, de la risueña despreocupación con una meditada filosofía de la vida. Y, al sen icio de todo ello, su profundo conocimiento y posesión de la lengua poética latina, con su intensa brevedad, con la riqueza de matices conseguida por el flexible y cambiante orden de palabras, con su rotunda sonoridad. La oda horaciana es la manifestación más acabada de un lirismo disciplinado, una nueva economía de las palabras, una inagotable virtuosidad métrica. Pero también está vivificada siempre por la cordial huma- nidad de Horacio. Es, sin duda, lo que entendía y lo que sentía un entrañable poeta nuestro, horaciano él mismo, Miquel Costa i Llobera, cuando así saludaba a Horacio: Princep afable de la docta lira mestre i custodi de la forma bella... ¡Que Horacio, desde la eternidad, vele, entre afable e irónico, por el latín nuestro de- todavía, así lo espero- cada día! José Luis VIDAL