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A B C de la música -Diabolus in música i Música y músicos 62 millones E L Metropolitan se despide hoy de España. La primera visita del gran teatro neoyorquino ha sido todo un éxito, excepción hecha de la sala medio vacía en los conciertos de Fidelio (Dicen que, el primer día, la Expo tuvo que regalar seiscientas entradas para que el Teatro de la Maestranza apareciera con un poco de decoro) La visita del Met, con el extraordinario talento de James Levine, Plácido Domingo, Aprile Millo, Juan Pons, Piero Faggioni y tantos otros, nos ha hecho a todos algo más ricos. Quiero decir espiritualmente. Aunque algunos, no se sabe por qué, también se harán ricos de la otra manera. Un ejemplo: Según la partida de gastos del Metropolitan en Sevilla, la Expo- que ha pagado al teatro neoyorquino más de trescientos millones de pesetas por su actuación- abonó también otros 62 millones al agente argentino Alejandro Sterenfeld para servir de liaison con el Met. Y no se puede comprender que la División Cultural de la Expo, con sus 18.000 millones de presupuesto, tenga que contratar a una persona ajena para un trabajo que debería desempeñar, por un sueldo normal, cualquiera de los infinitos empleados de dicha división. Pagar más de sesenta millones por hacer de enlace logístlco no es sólo desmesurado. Es también sumamente sospechoso. O en los papeles de la Expo se ha colado un cero de más o en Sevilla hay alguien que tiene muy poca vergüenza. En uno u otro caso urge pedir responsabilidades. Conocí el otro día a Alejandro Sterenfeld. Es un hombre menudo, muy amable, ligeramente esWábico. Debe de conocer bien su oficio porque ya lo ha hecho antes con el Teatro de la Zarzuela en Argentina, México y Venezuela y lo volverá hacer el próximo otoño con la Orquesta Nacional en Estados Unidos. (Aunque, es curioso, siempre parecen contratarle las mismas personas, antes en unos puestos y ahora en otros) Sterenfeld será todo lo bueno que quiera pero me parece una barbaridad que sólo por cuidar de la logística del viaje cobre más que todas las figuras del Metropolitan, juntas. Como si el Met no supiera moverse sin un taca- taca. Pero lo más extraño de todo es que el pasado martes, al acabar el segundo Bailo en la Maestranza, Sterenfeld se fue a su hotel... en autobús. ¿Será por dinero? José Luis RUBIO Acústicas U NA carta abierta que me dirige, honrándome con ello, Teresa Berganza, artista querida y admirada, plantea cuestiones que, por no referirse a mi actividad profesional en relación con la suya de universal relieve y apuntar otros extremos acogidos al nombre del destinatario y firmados por el tan ilustre de quien los propone, me incitan a dedicarle este comentario. Dejo al margen las referencias sobre los empleados de sala del Auditorio Nacional de Música, aunque sólo siento el deber moral de afirmar que todos aquellos con los que diariamente he de sostener relación- porteros, acomodadores, guardarropíason conmigo un verdadero modelo de eficiencia y atención llevado al máximo. Me oriento a los juicios de la gran artista sobre la acústica de la sala y matizo que, al menos personalmente, no disimulo nunca impresiones, aunque (y creo que de ello todos pueden ser beneficiarios) procuro no formularlas de modo cruento: actitud que practico en general. El problema de la acústica es siempre el más conflictivo. Lo es y lo ha sido en todos los momentos. En y fuera de España. Locales madrileños que se construyeron pensados para servicio fundamental de la música, mostraron deficiencias en lo sonoro mientras que un cine de barrio, el Monumental, ofrecía condiciones magníficas, superiores las de entonces a las no desdeñables actuales, una vez realizado el acondicionamiento como casa filarmónica de la Orquesta de Radio Televisión Española. Cuando se inauguró el Real, no faltaron quienes ponían reparos a su acústica, si bien la gran mayoría se mostraba partidaria de ella. Zubin Mehta la celebró como una de las mejores que conocía y Herbert von Karajan me dijo que estábamos en la primera sala de conciertos de Europa. La manifestación me pareció tan rotunda que puntualicé para saber si se trataba de una frase circunstancial o podía ponerla en sus labios dentro de la entrevista que realizaba para ABC. La aceptación fue absoluta. Sobre el Auditorio Nacional hay opiniones para todos los gustos. Vaya por delante algo que debe admitirse fuera de cualquier discusión: una acústica no es algo intocable, que no pueda ser analizado, rectificado, mejorado una, cintío, diez, cuen- tas veces haga falta, hasta dar con lo que parezca perfecto. Lograrlo al primer intento ni es fácil, ni debe ser exigible. Pero no deja de resultar curioso que se puedan producir divergencias tan acusadas. Cito dos, de jerarquía incuestionable. Sergiu Celibidache censuró abiertamente y calificó la acústica de cursi con terminología curiosa. Ahora, Riccardo Muti afirma que ha encontrado espléndida la sonoridad de la sala, cuando actuó con su Orquesta de Filadelfia. Y nadie puede poner en duda la sensibilidad máxima del insigne maestro rumano para todo el fenómeno sonoro, ni discutir a un italiano habituado, entre otros templos de la calidad musical, a dirigir en proyectan mejor vueltas hacia el órgano, como se comprobó en el bello recital de Teresa Berganza. Muchos mayores problemas de acústica se observan en el Auditorio cuando se analiza la Sala de Cámara. La capacidad de recoger los envíos sonoros vence las posibilidades de espacio. Beneficia, sí, a la guitarra, el clavecín, el arpa, el cuarteto de cuerda, incluso una pequeña orquesta de cámara sin instrumentos de vientos; pero puede ser grave para el piano, ya no digamos los pianos, una orquesta con trompetas y timbales, percusión, etcétera. Se pierde claridad y la calidad queda vencida por lo cuantitativo. En la Sala Sinfónica, por el T la sala Musikverein, de Viena, que para muchos es la más bella del mundo. Hay una serie de factores influyentes. Y de matices. De una parte, en quienes asisten como público, el tipo de entrada y emplazamientos. Creo que no es lo mismo estar situado en el centro del primer anfitreatro que en un lateral de butacas. Y que bien puede ocurrir- porque ese hecho lo he comprobado en distintas oportunidades con manifestaciones de artistas del máximo crédito- que oyen distinto desde su lugar que como escucha el aficionado desde el suyo, hasta el punto de sentir sorpresa cuando, en otro concierto, dejan de intervenir y se convierten por un día en espectadores. En cualquier caso, en general, una aplastante mayoría considera buena la acústica de la sala sinfónica, no tan beneficiosa para la voz humana. Y no deja de ser curioso que las voces suenen mejor emplazadas al fondo, unidas al coro, que en el primer plano del estrado, entre concertino y director de orquesta. Y se contrario, los más grandes contingentes- una orquesta mahleriana, straussiana, con órgano y un amplio coro mixto- pueden brindar las tres fff y los acordes sonarán nítidos, rotundos y sin ecos ni reverberaciones peligrosas. Creo que es mucho, muy positivo, pero, al tiempo, creo que nunca debe darse por alcanzado el techo de lo perfecto. Y que en los periodos muertos, en las etapas de cierre veraniego, debieran seguir pruebas, cálculos, estudios. Se cerró con prisas el Real. Pronto hará cuatro años. ¿Será verdad que en noviembre del 93 lo tendremos en funciones como teatro lírico? ¿O existen esSs problemas subterráneos de los que se rumorea, sotto voce ¿Habremos perdido una gran sala de conciertos sin la garantía del gran teatro soñado? No lo q u i e r a D i o s P e r o p a s a el tiempo. Y para tranquilidad de todos, ¿por qué no alimentarnos con periódicas noticias? Antonio FERNÁNDE 2- CÍD 46