Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ÍW Por Alfonso Ussía La confesión A sí que estaban los alumnos de Preu Letras estudiando cuando el Jefe de Estudios, señor Falcón, irrumpió en el aula. Los que deseen confesarse, pueden ir a la capilla. El resto, que se mantenga estudiando Todos nos fuimos a confesar. El confesionario del Alameda de Osuna era moderno. Se accedía al interior del quiosco por la Sacristía y aunque de varones, separaba al confesor y al penitente una rejilla aliviadora de timideces. Alonso de Ltodio, después de quince minutos de espera, y al comprobar que no había sacerdotes en el horizonte, por aquello de gastar una broma a sus compañeros, se introdujo en el confesionario, cambió el tono de voz y proclamó imperativamente: ¡El primero! El primero era Javier Gilhou, un asturiano listo y simpático, gran traductor de Latín e insuperable pescador de salmones y truchas en los broncos ríos de su tierra. Los pecados de aquellos jóvenes, incluido el impostor que confesaba, eran de niños ricos, no en vano nos llamaban en otros centros los niños que mean colonia para distinguirnos de los alumnos del Colegio de Santa María de Rosales que eran conocidos como los niños del pis de oro -Ave María Purísima- dijo Javier Gilhou; -Sin Pecado concebida- respondí yo con mi recién estrenada voz de cura. -Me acuso de haberle quitado algo de dinero a mi padre, de no tratar en más de una ocasión con consideración al servicio, y de no estudiar con la debida concentración- A mí aquellos pecados no me importaban nada. En plena edad del pavo, lo fundamental era lo otro. ¿Cuántos autogozos diarios practicas en tu cuerpo? inquirí de sopetón. Javier Gilhou quedó paralizado. -Siete, padre- ¡Qué tío! me dije a mí mismo, con emoción admirativa) Pues por guarro, por lujurioso, por pecar gravemente contra el Sexto buscando la mala compañía del placer, te pongo de penitencia el rezo de cuarenta Rosarios- Gilhou salió de la confesión más que atribulado. l segundo fue Florentino García, hijo del propietario de los almacenes de confección Flogar Florentino, al que motejábamos como la razón social que presidía su padre, era repetidor de varios cursos y mucho mayor que los demás. Se daba la circunstancia de que conocía mujer, ilusión inalcanzable para nosotros en aquellos momentos. Su confesión se inició por los mismos derroteros. -Me acuso de haber mentido a mi padre para sacarle una pasta gansa, de tratar con destemplanza al chófer de casa y de no rendir en los estudios- ¿De nada más, hijo mío? le pregunté con las del Beri. -Bueno, sí, de haber fornicado con la señorita Dolores, una de las monitoras de los pequeños- (ijoé, qué suerte! ¡Y con Dolores! -En vista de tus graves pecados, setenta Rosarios, hijo mío- Me disponía a confesar al tercero cuando se abrió la puerta de la sacristía. Fui sorprendido por el padre Cacho, que así se llamaba el buen dominico. Desastre total, cuasi- excomunión, expulsión del Colegio, petición de perdón en público y demás zarandajas. Al cabo de los años, la experiencia me ha servido de mucho. Nada más divertido que confesar a cus compañeros de clase. Sobre E todo, de sus autogozos. BXN 74