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f riscas hasta el campamento en un recorrido de dos horas por las pistas de arena. Cinco lujosas tiendas acogen a los viajeros venidos para un safari fuera de lo corriente: el de Randall Moore se hace a lomos de elefante, de sus elefantes, domesticados tras años de paciencia y perseverancia. Una experiencia única en el mundo, ya que al eletante africano, contrariamente a lo que ocurre con su primo de Asia, empleado en todo tipo de tareas cotidianas, nunca se le ha podido amaestrar. La salida está anunciada para mañana. Algunos privilegiados, una decena de turistas, van a penetrar en la maleza a lomos de elefante, en busca de los animales salvajes de la reserva. En efecto, la mejor forma de acercarse a los animales, sigue siendo el engaño. Encaramados sobre Abu Cathy Benni o Bibi a más de tres metros de altura, se descubre una de las más bellas regiones del África austral, que se revela en todo su esplendor. Tierras hasta el infinito, donde el agua y la selva ya no se distinguen, un reino del que sólo los animales salvajes tienen la clave, entre los innumerables brazos del Okavango, el gran río señor de Botswana. Las cortinas de papiros gigantes que bordean el curso de agua se hacen un poco más tupidas, los árboles reverBMsl 6 8 decen y los cañaverales se vuelven impenetrables. Aquí empieza el territorio de las cebras salvajes, de las jirafas moteadas, de los leones y de los guepardos reales, de los hipopótamos que se sumergen en las ciénagas del río y de los antílopes de arena q u e se confunden con ella. Ruidosas bandas de monos grises pueblan las orillas de los canales abiertos por los hipopótamos. Los cocodrilos son ahora escasos, pero todavía se pueden divisar algunos calentándose al sol en las pequeñas playas de arena blanca escondidas entre los meandros de los ríos. Los brazos de agua encierran una infinita variedad de islas, que van desde el puñado de árboles hasta las amplias bandas de tierra en las que viven los wattr bucks o antílopes de pantano, que nadan asomando por encima del agua sólo los cuernos y la punta del hocico. Luego se organiza un lujoso pif- iiiV, con el aire nostálgico de Memorias de África En estas paradas, los elefantes, excelentes nadadores, aprovechan para retozar en las aguas del río Xhenaga. La noche cae deprisa, la caravana regresa al campamento al paso tranquilo de los paquidermos, imponente y majestuoso. La maleza resuena con los ruidos de la noche, el Okavango va a morir más al sur, en el desierto de Kalahari.