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SOMBRAS DE NUEVA El verdadero Oeste Un magistral montaje de la obra en que Sam Shepard muestra el envés del sueno americano ALFONSO Anr POTOORAFÍA N MARCUS la hora de explorar rutas alternativas al teatro convencional, a! a hora de tirar por la ventana la construcción lineal, el infundio de que hay siempre una causa y sus efectos, un procedimiento lógico, unos personajes coherentes y consistentes, como enumera Richard Gilman en su esclarecedora introducción a Siete obras Sam Shepard, quien siempre ha proclamado que le hubiera gustado ser, por encima de todas las cosas, un cantante de rock and rol! ha adoptado la pose del escritor que no se ciñe a lo previsible, que se maneja en el desorden, que cuando mira en torno pretende hacerlo desde un lugar desenfocado que enfoque aspectos que no suelen ocupar el escenario. En ese afán, sin embargo, y a su pesar, ha seguido la misma estrategia de muchos otros escritores y dramaturgos que no han querido leer o reconocer a sus predecesores para no tener que descubrir que su revolución es vieja y ha sido derrotada. Uno de los espectáculos de la agonizante temporada de Broadway que más entusiastas y unánimes bendiciones ha cosechado, que ha logrado que el público neoyorquino, siempre reticente a los excesos de entusiasmo, salte como un resorte al final de cada representación, ha sido la reposición de True West Dos actores se dejan literalmente la piel en escena, dos actores de la nueva y caliente hornada de Hollywood, apenas avezados en la treintena, que ya han demostrado tanto en el cine como el teatro su capacidad para ponerse al servicio de sus personajes hasta el punto de suscitar la sospecha de que el diablo se ha apropiado de sus almas. Ambos han forjado una amistad dentro del celuloide, no en vano aparecieron juntos en tres películas de Paul Thomas Anderson: Sidney (Hard eight) Boogie y, la más reciente y corrosiva, Magnolia Pero es tal vez en este tourde forcé llamado True West donde Philip Seymour Hoffinan y John C. ReÜly han logrado dar lo mejor de sí, no sólo porque la obra en la que Shepard demuestra que el verdadero Oeste es una fantasía y que la placentera vida de los suburbios (donde los coyotes devoran a los Spaniels y las familias se cuecen en un hastío a fuego lento) es un espanto, sino porque cada tres representaciones los dos actores Intercambian sus papeles. Ahora que los españoles han destilado un profundo temor a la paternidad hasta el punto de que la media por familia es de 1,3 hijos y bajando, acaso resulte más arduo jugar a ponerse en la piel de Lee y Austin, saber lo que es convivir, compartir, pelear, amar y odiar a un verdadero hermano. Lee (un marginado, bebedor empedernido de cerveza, que sobrevive entre chapuzas y robos y que acaba de regresar de una temporada en el vacío del desierto de Mojave) y Austin (un ejemplar de la Ivy League, el circuito de las mejores universidades de Estados Unidos, vinculado a la industria del cine y que ultima la venta de un guión en Hollywood) se vuelven a encontrar y acaban intercambiando frustraciones y deseos (cada uno quiere ser el otro, vivir la vida del otro) Con su descenso a los infiernos de la vida familiar provocan un incendio en la conciencia que ilumina no sólo lo que queda del verdadero Oeste sino probablemente del sueño americano y su corolario de pesadillas cuando las fauces del fracaso asoman y la noche cae irremediable. Entonces la risa que ha coloreado toda la obra se convierte en una mueca dolorosa. Dirigidos por Matthew Warchus como si fuera un minucioso experto en huracanes, cuando Philip Seymour Hoffman y John C. Rellly, que tienen nombres tan atípleos para triunfar en Hollywood como su vitrióllco talento, se desprenden de sus personajes para saludar parece como si se les hubiera pegado la masilla del teatro en las uñas del alma. SI Shepard gana finalmente la partida, a ellos principalmente se lo debe. Los actores principales intercambian sus papeles en True west A la izquierda de izquierda a derecha, Philip Seymour Hoffman como Lee y John C. Reilly con Austin; a la derecha, a la inversa; entre ellos, Celia Weston como su mad Byrsi 19