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ntre los signos más reveladores del papanatismo contemporáneo encontramos la obcecada devoción al progreso. Cada vez que se nos intenta vender algo, no importa que sea un chalé adosado o una maquinilla de afeitar, la propaganda hace incapié en que cuenta con los últimos adelantos tecnológicos uno echa en falta, entonces, que cuente también con algunos de esos atrasos que han contribuido a hacernos la vida más respirable, pero la ferocidad del progreso aniquila cualquier posibilidad de nostalgia. Entre las proclamas más difundidas durante los últimos años por los políticos figura la promesa de introducir Internet en todas las escuelas, incluidas las más recónditas y rurales; seguramente, esas mismas escuelas jamás hayan poseído una biblioteca mínimamente abastecida, pero existe la convicción alucinada y rematadamente pollina de que Internet, esa suerte de enciclopedia instantánea para imbéciles, puede sustituir cualquier biblioteca, empleando además mucho menos espacio y menos esfuerzo. El progreso exige que formemos analfabetos conectados a Internet, y nadie parece dispuesto a contrariar al progreso. E lizada por nuestras autoridades, ha sido, además, beneficiaria de unas medidas liberalizadoras que ofenden nuestra inceligencia y contribuyen a exterminar los últimos vestigios de humanidad y raciocinio que guiaban nuestros hábitos comerciales. Hasta hace unos años, bajar a hacer la compra significaba darse un paseo por el barrio, intercambiar comentarios meteorológicos con el dueño de la tienda de ultramarinos, regatearle un poco al carnicero, discutir el turno en la pescadería, enterarse en la mercería de los últimos cotielleos y lanzarle un piropo a la dependienta de la frutería, mientras se agachaba para pesar un kilo de cerezas (su culo entonces adquiría volumen, empaquetado por la bata) Bajar a hacer U compra, pues, era mcorporarse a la vida, saludar el palpito de la calle, anegarse en una marea de olores y sabores y ruidos que proclamaban la salud del mundo. O t r o ámbito donde el progreso ha contribuido a envilecer nuestra vida, haciéndola más sórdida y gregaria, es el comercio. Aquellas tiendas de antaño, capillas donde se recogían los aromas más suculentos y vernáculos, aquellas tiendas de escaparates abigarrados y dependientes que conocían a su clientela por su nombre de pila, han sido sustituidas por hangares comerciales de luz aséptica, donde la mercancía se expone con una rutina casi castrense a la rapacidad de un público que carga provisiones para tres o cuatro meses, con esa imperiosidad un poco histérica de quien se siente asediado y necesita colmar un bunker, para asegurarse un invierno bien abastecido. Esta forma oligofrénica de comercio, en lugar de ser reprimida y obstacuBXN 6 ualquier gobernante que apreciase los fundamentos de la cultura europea potenciaría el pequeño comercio, pues en su subsistencia se cifra la pervivencia de unos hábitos civilizados. Para nuestra desgracia, nos ha tocado en suerte un atajo de neoliberales tontitos, tma panda de pitufos que anteponen la macroeconomía a la vida, y así nos luce el pelo. A veces me doy un garbeo por esos hangares comerciales que afloran a las afueras de las ciudades, para constatar los abismos de degradación que animan a sus clientelas multitudinarias. Los clientes de los hangares comerciales cargan sus carritos con mercancías inútiles o prolijas, como si se avecinase una catástrofe nuclear; no hace falta dedcir que en los pasillos de los hangares no se cruzan la palabra, ni siquiera se miran a los ojos, ocupados com o están en recolectar chismes que ni síquieran tienen el aspecto de alimentos. ¡Hasta la fruta viene empaquetada en un envoltorio profiláctico, algo así como un condón destinado a impedir que se magulle y sepa a fruta! A la vista de este espectáculo degtadance e inhumano, evoco aquellas tiendas de mi infancia, ahora en peligro de extinción o ya extinguidas, con bacalaos en salazón que colgaban del techo como estandartes de la felicidad, aquellas tiendas lujuriosas de fruta fresca, embriagadas de especies, perfumadas por el palpito de la vida y me cago en el puco neolibetalismo, esa religión para tullidos mentales. C