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ací el doce de febrero de 1948 en el sanatorio de San Francisco de Asís de Madrid, calle de Velázquez esquina con Joaquín Costa. Fueron mis padrinos de bautizo dos ancianos tíos que se lo tomaron con bascante resignación y mucha indiferencia. Me habían precedido seis hermanos y eres más me seguirían. Del año de mi nacimiento nada recuerdo, y del posterior tampoco. Sí ráfagas del tercero, en blanco y negro y sol de invierno. Un ama de Betanzos y otra de Alcobendas. La gallega, el ama Rosa, nos quería a todos, y la de Alcobendas, Antonia, sólo a mí. Gran intuición la de aquella mujer que supo distinguir lo magnífico de lo bueno desde el pimpollar de la vida. N bamos acerca del tono amarillento de su rostro de cera. De cueka a casa, nuestra madre nos regañó, pero ya era tarde. En apenas dos días, conocí la ruina y me enfrenté a la muerte. Sólo me faltaba el amor. Llegó pronto. Tes años tenía cuando me enamoré locamente por vez primera. N o me atreví a confesárselo dada mi condición de arruinado. Carlota era mayor que yo y llevaba unas polainas azules, un abrigo beige y un gorrito. -Cuando tenga bultitos va a estar estupenda- me dije a mi mismo con una pena que no se puede describir. C a r l o t a me había enseñado que el amor existe, pero también la tristeza y la melancolía. D e g o l p e la r u i n a la muerte, el amor, la tristeza y la melancolía. A mi manera, me estaba haciendo un hombre. T n nterminables paseos. En la calle de Serrano, la primera ilusión de mi vida. Un artilugio ingenioso que vendía un personaje con los rasgos b o rrados: el Marinerito don Periquito. Se apostaba junto al Paraíso de los N i ñ o s una juguetería abarrotada de tesoros inaccesibles. El Marinerito don Periquito costaba dos pesetas. Un timo de dos pesetas, porque fuera de las manos del vendedor, el M a r i n e r i t o don Periquito no subía por el hilito, que era su sola gracia. Ahí me di cuenta de que mi camino en la vida no estaría marcado por la buena inversión y los ahorros. Mis primeras dos pesetas de papel desaparecieron con el Marinerito don Periquito. Lloré mucho en casa cuando me apercibí del engaño. Todos mis hermanos mantuvieron su fortuna. Yo me arruiné. I quel año vi el primer muerto de mi vida. Mi hermana Rocío tuvo la feliz idea de invitarme a rezar por el alma de un carmelita que había fallecido la noche antes. Recuerdo su cadáver rodeado de señoras que lloraban mucho mientras mi hermana y yo comentá- A arlota iba a misa de doce los domingos acompañada de sus padres, y a mí me entró la vocación religiosa. A mis años no tenía obligación de ir a misa. Con tres más, a los seis, ya era pecado mortal. N o obstante, sólo para ver a Carlota iba con mi madre a misa. Una mañana, al salir de la iglesia, mi madre saludó a los padres de Carlota, y le dio un beso a mi amor, y yo me puse como un tomate y apenas pude abrir la boca. Aquello no fue acto de timidez, y sí de cobardía. Así que conocí de repente la sensación de ser cobarde, que me dejó un mal gusto en el alma que todavía me vuelve de cuando en cuando. Y la decepción. Cuando mi madre le preguntó: ¿Cómo te llamas, mona? y mi amor le respondió: -Carlota- se me cayeron los palos del sombrajo. Tenía una voz de pito espantosa. Y así conseguí llegar a los cuatro años, con la ruina, la muerte, el amor, la tristeza, la melancolía, la cobardía y la decepción compitiendo con mi á n i m o c J ByN 04