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VIAJES de los habitantes de Masi asiste a la ceremonia luterana que se prolonga durante largas horas sin excesivas rigideces. Los fieles entran y salen continuamente de la iglesia tal vez para escribir sus plegarias en el vaho que salpica el aire. Sol de medianoche Con extensiones tan descomunales a su alcance, cada habitante de Noruega tiene el privilegio de poder sentirse como un pequeño terrateniente, cuyas posesiones nunca se acaban y en las que puede perderse sí le viene en gana para dialogar en estricta intimidad con su sombra que sobre la nieve se dibuja alargada como la de un gigante. Nunca la soledad tuvo una presencia tan real, ante la evidente tentación de darle la mano y de matar un poco el rato con una charla. A los noruegos les pertenecen algo más que su casa y alrededores: puestos a ambicionar, hasta el horizonte. Aquí, la BXN 7 8 vista se pierde en una interminable extensión fundida en blanco con un cielo que se enciende y se apaga según la época del año en ese fenómeno natural que se llama el sol de medianoche o que lanza destellos cuando le viene en gana en esa otra psicodelia solar que son las auroras boreales La presencia del astro rey se esfuma en diciembre y en enero. Noruega estira su forma, su dibujo, sus miles de kilómetros en el mapa. Al final de la estrecha franja, se encuentra Finmark el territorio exclusivo de los samis, que, a su vez, pierde su nombre en el Cabo Norte, el punto más septentrional del continente europeo. Más allá, se acabó la tierra, excepto las islas Svalbard, y el frío sólo puede conquistar la inmensidad del mar de Noruega (1.547.000 kilómetros cuadrados) El paisaje está helado. Nadie puede creerse, por mucho que se lo digan y se lo repitan hasta la saciedad, que bien entrado el mes de junio no queda ni una go-