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VIAJES En una nación como Noruega, cuya longitud ronda los mil setecientos kilómetros y que tan sólo cuenta con una población aproximada de cuatro millones y medio de habitantes, hoy por hoy, ponerse a la caza y captura de uno de los treinta mil samis o lapones de pura cepa cjue todavía quedan en estos territorios se puede terminar pareciendo a algo así como a encontrar una aguja en un pajar. Este difícil propósito tiene aún mayor mérito si se va con la copla de remotas historias, como la antes referida, que hablan de renos, de trineos tirados por perros y de una vida en t o m o al calor de un fuego tribal y primitivo, hasta de gentes que van vestidas con pieles y coloristas trajes como en una antiquísima estampa nórdica, virada ya a ese tono sepia a punto de descomposición. De todo esto queda algo, mucho más que vestigios, porque las costumbres son las costumbres y nadie quiere echarlas a perder. No puedo ser otra cosa sino sami dice la única ganadera de renos de la zona de Karasjok- capital de este pueblo donde se sitúa su parlamento- cuyo rostro, con incontables arrugas, planta cara a los trece o catorce grados bajo cero en medio de una empecinada inmensidad blanca. N o obstante, ¿por qué renunciar al teléfono móvil, a la moto de nieve o a la casa con calor de primera o al traje de fibra de última generación bajo el que ni sientes ni padeces las inclemencias de un tiempo duro y cortante como un témpano? Subsisten entre el pasado y el presente, porque las comodidades de la vida moderna son las comodidades de la vida moderna y ¿cómo se va a renunciar a todas ellas cuando aquí la más mínima mueca se petrifica mucho antes de que uno se quiera dar cuenta? Pese a todo, aún perdura el espíritu sami que entona antiguos cantos, como el disonante joik código de transmisión en las interminables distancias. La danza del fuego Dentro de su lawu la cabana típica con una base de ramas y de piel de reno, en cuyo interior se bambolea un intranquilo fuego, Arnc Isak cocina el guiso característico de esta zona, el víssu un denso potaje hecho a base de carne de reno, de patatas y de zanahorias. í se a que los ingredientes no denotan una especial sofistícación culinaria- nada de nouvelle cuisine y sí de sabrosas proteínas- se trata de un plato especial para festejos, cuya receta, varía en cada casa. La cantidad de carne que se incluya dependerá de la riqueza de cada familia apunta Arnt Isak. Él protagoniza una estampa que aparece reproducida en las postales que se venden en los hoteles de la región. El pasado y el presente conviven cuando el guión lo pide y si las exigencias del mismo especifican vestirse de fiesta, con las galas de los trajes tradicionales kofte y gákti son sus nombres) así se hará. Para qué engañamos: Un día cualquiera muy pocos son los samis que eligen la vestimenta popular con todos sus atributos. Acuden a las tierras del interior para cuidar sus reByN 7 6 Las iglesias de madera forman parte de la arquitectura tradicional. Los domingos los samís acuden a la ceremonia luterana vestidos con sus trajes típicos que destacan por sus vivos colares, sus adornos de plata y de piel de reno. En la imagen, una de las iglesias de Kautokeino baños de renos y van vestidos con un mono y unas botas de esquiador y pertrechos con un teléfono móvil, una moto de nieve y un cuchillo, tal vez el único recuerdo del pasado que destaca entre toda esta indumentaria deportiva. Sin embargo, los domingos nadie desentona en un mar de luminosos gorros de fieltro rojo y tiras de colores. Aunque el viento que corre esa mañana arremete con saña, una bofetada detrás de otra para despertar al abotargado rostro, la mayoría