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Por Mónica Fernández- Acevtuno El ladrón de palabras ace tres días que estoy escribiendo este artículo. N o quiero pensar que haya p o d i d o perder las palabras, que, con t a n t o puente y tornapuente, con este ir y venir de los días sin un m o m e n t o para la calma, ya no sea capaz de expresar lo que vi en la playa, lo que no me gustó nada. Tal vez, por lo poco que me ha gustado, llevan tres días perdidos los engarces de las frases. Para empezar me pregunto si tiene dueño una playa: ¿de quién puede ser algo que está hecho de tiempo y de caracolas y de rocas de cuarzo, de vieiras volanderas cortadas en tres, en mil, en un millón de pedazos por el cristal de las olas? ¿cómo puede tener dueño u n a p l a y a si la playa es la arena del t i e m p o y el t i e m p o es de nadie? H ntonces, ¿quién está colocando en las playas m o n t o nes de arena robada? ¿quién envió a los barcos a sacar de madrugada la arena del fondo de los mares en n o m bre del verano que llega, del t u r i s m o que nos mantiene, del vamos a agrandar la zona de baño? Y la arena, ay la arena, distinta en cada lugar, hecha de moluscos vivos y de moluscos muertos, no deja a los paleadores que igualen en una jornada lo que hizo el mar en siglos, y cuanto más remueven la nueva arena, más rara se ve la playa que empieza a parecerse a una hoja escrita por un ladrón de palabras que robó a los vivos y robó a los muertos. U n ladrón que robaría a su madre si escribiera. E tas, c o m o esas algas q u e se quedan varadas o van y vienen con el agua, n o crece allí n i n g u n a sino en otros fondos m u c h o más estables, porque no hay vegetal que pueda agarrarse en esa mezcla de olas y de arena, ni animal que soporte este siroco de agua. La vida necesita un lugar de anclaje. N o hay más que mirar las rocas d o n d e lapas, erizos, esponjas, aguantan las mareas y las olas sólo porque tienen algo a lo que agarrarse. Aunque, a veces, las núcelas, unas pequeñas caracolas que se arraciman en los acantilados, se desprenden de la roca, y ruedan, tratando de llegar a otro sitio aún a riesgo de quedar destruidas en el camino por el roce de la arena. Y así se hacen las playas: a golp e de vida m u riendo, de azar, y de tiempo. N o se hace una playa en un día. Y yo, como un arqueólogo q u e a p r e n d i ó a ver en un monte cubierto de tojos las tumbas celtas, veo cada grano de arena robada, y me m o lesta la improvisación, la prisa, del que agrandó la playa. Pero no p u e d o decir, p u e s t o que en la arena casi t o d o está m u e r t o que se hizo daño a la vida, y, sin embargo, ¿a quién no le duele que el artificio sepulte el trabajo de los años? o m o si el mar pudiera enfadarse por t o d o s los que callamos, se crean en la orilla nuevas corrientes y nuevos remolinos, rebelándose el agua a esa playa que, más que una hoja, parece hoy un libro de palabras robadas, que ya no dice nada: sólo apabulla. Pero el ladrón de palabras no existe, es una pesadilla. A veces sueño que viene hasta mi playa dando zancadas, con su c u b i t o de n i ñ o en la mano, y se lleva cuatro frases de arena. Y entonces, como un mar al que ya se le robó toda la claridad del agua, entonces, ya n o me queda n a d a l C s verdad que sobre un fondo tan d e s m e n u z a d o como el de las playas, la vida es casi imposible; la playa, en realidad, es un desierto, un cementerio de rocas y moluscos. Casi nada de lo que vemos vivo pertenece a sus orillas: son sólo restos de las tormen- E BXN 60