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Deseo Crimina l pavor, el encogimiento del alma que puede causar la novela de Bret Easton ElUs American Psycho o la película que se ha hecho con ella y cuyo procagonisca es comparado con brillance precisión por Alfonso Armada con un Dorian Gray de Nueva York (alma podrida y cuerpo bello del personaje de Osear Wilde) es la sofisticada culminación de un sentido del crimen que nace del gran conflicto entre el hombre y la prohibición y que viene ya planteado desde el Prometeo de Esquilo y la Antígona de Sófocles. Edgar Morin habla del hombre ordenado, reglamentado, burocratizado, el hombre que obedece a los guardias y que se libera atreviéndose a matar, a obedecer a su propia violencia. Es el sueño maldito del individuo reprimido que se instala en el reino secreto de la libertad infrasocial y al que corresponden muy bien aquellas palabras de Hegel, la libertad, o sea, el crimen Por otra parte y según un estudio que data ya de los años setenta, de cada cuatro obras de ficción en los Estados Unidos, una es un murder mystery y ello sólo en los comic- books de forma que cada niño americano, en aquellos años, absorbía un mínimo de 18.000 imágenes de golpes, heridas, estrangulaciones y torturas. En ese espeso caldo de cultivo, hoy quizá más espeso, el asesino frío y en serie escondido bajo la piel de un ciudadano exquisito y cumplidor engrosa la tipología criminal de medio m u n d o Ese tipo adopta en cada sociedad la forma más adecuada, pues si en la sociedad opulenta es como el de Easton Eílis, en las sociedades subdesarroUadas adopta la forma del vagab u n d o que aparece y desaparece. Recuerdo que en los setenta se habló mucho de un vendedor ambulante colombiano, Pedro Alonso López, d e 3 I años, hijo de una prostituta de la que era el cuarto hijo entre trece hermanos, que violó y asesinó a 3 0 0 niñas. Fue conocido como El estrangulador de los Andes Es el criminal típico del subdesarroUo. Por el contrario, el cri- E minal de American Psycho es el impecable ejecutivo de gustos refinados que mima su cuerpo y cuyo agradable aspecto oculta su nocturna ferocidad. Desde luego hay un fondo de violencia en el ser h u m a n o que es anterior a toda civilización. La conciencia es una película delgada, demasiado delgada, bajo la cual existen porciones enormes de violencia sofrenada. Cuando la delgada película se rompe, la violencia se precipita al primer plano, pero ya no en estado puro, como la de las fieras, sino transida por la voluptuosidad que la misma civilización y la cultura otorgan y que se concentra en el sadismo y la frialdad. Cuando Paul Valéry dice que todos nuestros deseos son criminales p o r esencia está aludiendo al fermento de agresión permanente que el ser humano lleva en sí, que se desarrolla o no se desarrolla hasta el crimen. U n criminal como el de Easton Ellís no soporta la mediocridad de la existencia real en la que los instintos están reprimidos, los deseos censurados, los miedos camuflados, el escalofrío agotado en los placeres plausibles. A medida que avanza en su calculada violencia el placer pierde capacidad de embriaguez y ya agrede, viola, descuartiza, tortura en medio de un desesperado bostezo, como en American Psycho no como en un acto excepcional de horror y de maldad, sino con la rutinaria m i n u c i o sidad con la que una mantis religiosa descuartiza al insecto vivo que ha paralizado con su veneno. sa sintomatología es la que aparece en los juegos de rol. Toda la supuración violenta de la sociedad, transformada en especie de c o n s u m o por la civilización industrial, superficialmente pacificada, amainada, por la estructura convencional del juego mismo, irrumpe de p r o n t o en el esquema reprimido del jugador y en vez de proyectar en el juego su instinto criminal, utiliza el juego para matar en la vida real. Es al mismo tiempo una mitología y una praxis. B N s s E